viernes, octubre 24, 2014



jueves, octubre 23, 2014

163

Una mañana, como la de hoy, decides picar algunas páginas de La ciudad y los perros. Haces memoria, de cuándo fue la primera vez que leíste la novela, pero eres incapaz de dar con la fecha exacta. Lo que sí recuerdas es que el primer libro de Marito que leíste fue El pez en el agua. Aún lo tienes presente. Tenías cerca de trece años y estabas castigado en el salón de actos del colegio. No recuerdas qué habías hecho, pero usabas buzo y a lo mejor tu presencia en ese frío salón se debía a una trifulca que armaste en el recreo. No eras el único en esa sala, estaban los que te miraban con admiración y los otros, los otros que te miraban con odio, esos idiotas que jamás perdonarían ni olvidarían. 
Por esa época leías lo que tenías que leer. Te gustaban las novelas de aventuras. Además, sabías que le caías bien al profesor de Lengua y Literatura, Teófilo Flores. A lo mejor él fue quien te entregó las memorias de Marito, como para que te calmes y no te pelearas con aquellos que nunca te olvidarían ni perdonarían. 
Hacía tres años el Chino había llegado al poder y no pocos decían que Marito escribió ese libro porque andaba resentido por haber perdido las elecciones presidenciales del 90. Empezaste a leer con ese prejuicio, pero a medida que avanzabas, te diste cuenta que te gustaba lo que leías. Te llevaste el libro a casa y no pudiste despegarte de sus páginas. Por esa lectura dejaste de ir a tus clases de inglés en el ICPNA y dejaste plantado a tu enamoradita cuatro años mayor que tú, porque desde los 13 tienes la misma talla de hoy, aunque últimamente te dicen que has crecido un par de centímetros más, y ellas creían que no tenías precisamente 13 años, te alucinaban de 17, 18, 19. Pero no te engañes, no es que seas muy alto, no G, lo que ocurre es que el peruano es demasiado bajo. 
Por eso hoy, después de más de veinte años recuerdas con furia ese libro de Marito. En la noche buscarás un bar en San Borja, uno con vista a la Aviación. Pedirás una chela y prenderás un Pall Mall rojo y ante tus ojos desfilarán párrafos enteros de esas memorias. Pensarás a qué se debe que lo recuerdas, y luego de un rato darás con la respuesta, que será la respuesta a una pregunta que no sabes quién te la formuló, seguramente el fin de semana, sí, seguramente el fin de semana. Y la pregunta no es la gran cosa, no se trata de una rebuscada, sino sencilla, hasta simplona, pero con mucho poder: ¿Qué libro fue el que marcó como persona, aquel que inició tu floja voracidad lectora?


162

Algunas ferias de libro me sorprenden en estos últimos días. La semana pasada estuve en la Villarreal y ahora esta, hasta el viernes, en la Facultad de Letras y Ciencias Humanas de la PUCP. 
A ambas ferias no pensaba ir, pero en ellas estoy, vendiendo libros y hablando de literatura y rock con los estudiantes y profesores. Para mi buena suerte, ahora estoy bajo la sombra y debido a ello no tengo la nariz roja. 
Leo mucho y en cualquier lugar, aprovechando las horas muertas, como siempre, y decido, mientras sorbo un café sin azúcar, el libro que voy a reseñar para LPG. Se trata de un libro que me ha gustado mucho, de un escritor a quien aprecio bastante como persona y a quien también considero mi maestro. 
Se deduce, entonces, que la reseña será positiva. Y trataré de explicar por qué su libro está de la putamadre. 
A lo mejor, más de uno dirá que se trata de amiguismo, pero no, no es amiguismo por ningún lado, solo se trata de aquello que se conoce como “Rigor generoso”, el cual debemos desplegar en los libros que nos gustan y que nos revitalizan interiormente. 
Termino el cafecito de máquina y me pongo a pensar en el Amiguismo/Relacionismo que desde hace varios meses noto en las reseñas de libros peruanos. Claro, el Amiguismo/Relacionismo siempre ha existido, pero nunca a este nivel en el que se ha perdido el más mínimo pudor, un nivel que se presenta de decente, pero que no es más que infame y ridículo. 
Veo la situación en frío y llego a una triste conclusión: ningún medio, sea virtual o físico, se salva del Amiguismo/Relacionismo. 
En distintos niveles percibo el esplendor del Amiguismo/Relacionismo en las reseñas de libros peruanos. 
Eso: distintos niveles. 
Felizmente, el lector no es un ningún idiota, se da cuenta cuando le quieren vender gato por liebre. El lector es mucho más cuidadoso que un comprador de celulares. El lector revisa, pregunta, compara. El lector no solo pone en riesgo su dinero, sino también algo más importante: su tiempo. 
Sigamos. 
El lector habitual de este blog sabe que yo presento no pocos libros, sean de autores peruanos y extranjeros. 
También reseño libros. También escribo notas de contratapas que firmo. Y de cuando en cuando prologo. 
Se podría decir, bajo la sospecha de algún intrigante que nunca falta, que yo también soy partícipe de ese Relacionismo/Amiguismo. 
Si algo tuviera que decir al respecto, sería lo siguiente: es cierto que presento no pocos libros de autores peruanos y extranjeros, y también es cierto que no pocos de estos autores son amigos y conocidos míos. Pero también es cierto que los libros que presento y recomiendo son buenos libros, apreciación que también me alegra ver en los lectores que se acercan a esos libros y me dicen que sí les gustó el libro X; otros, puesto que no todos pensamos igual, me dicen que el libro X no les gustó pero que no les pareció malo y que sintieron que no perdieron el tiempo mientras lo leían. 
Eso es lo que me gusta: generar una cadena: el que no te guste un libro no significa que ese libro sea malo. Son dos cosas distintas. 
A lo largo de los años, muchos escritores que aprecio me han pedido que presente sus libros y les he dicho que no, con todo el cariño y respeto posibles. Siempre pido leer antes el libro y es su lectura la que me lleva a presentarlo o escribir sobre él. 
Cuento lo siguiente: yo admiro a Miguel Gutiérrez. He leído toda su obra. Cuando me pidieron que presentara la reedición de su novela Poderes secretos, pedí leerla antes porque no sabía absolutamente nada de ella, solo de esa leyenda negra que la ubicaba como el texto más subliminal de Gutiérrez. Finalmente, terminé presentando el libro porque me gustó mucho pese a que no se ubicaba en mis gustos estéticos como lector. 
Es por eso que me sorprende ver a lectores preparados, dueños de una buena formación académica tanto en Perú y el extranjero, profesores de importantes universidades privadas y nacionales, practicando el reseñismo insincero, el reseñismo descriptivo, el reseñismo buenagente, el reseñismo infame, el reseñismo idiota que mina su credibilidad (de nada te valen los cartones si no tienes credibilidad/legitimidad). 
Lean aquí, un irrebatible ejemplo de lo que digo. 
Lo que me apena de los ejecutores de estas reseñas, es que no son tipos de dudoso y cuestionado nivel crítico, sino tipos de los que tengo muy buenas referencias personales, gracias a los conocidos y amigos que tenemos en común, como Alonso Rabí. Lamentablemente, Rabí es un involuntario practicante del buenagentismo, buenagentismo que lo llevó a publicar una reseña de un libro malísimo de un autor de quien también tengo buenas referencias personales. 
O sea, imagino que estamos hablando de literatura, no de amistad o compañerismo laboral, que para esas cosas tenemos los bares. 
Por ello, estimado, AR, lo que no te dicen los demás, te lo digo yo en buena onda: mata tu buenagentismo, ese buenagentismo que te llevó a formar una (también involuntaria) argollita en El Dominical, argollita dedicada al reseñismo cruzado que veíamos domingo a domingo en el 2008, a excepción, claro está, de los números dedicados a Martín Adán y Ribeyro. 
La gente captaba en una esas reseñas cruzadas, si no lo sabías. 
Una vez aniquilado tu buenagentismo, accederemos a ese buen lector que eres y así marcarás una real diferencia en el panorama de la crítica literaria en medios, una diferencia que hace tanta falta, por cierto. 
El buenagentismo se mata con carácter. 
Esto es lo que suelo hacer: 
Autor: G, ¿puedes presentar mi libro? Pero si no puedes, ¿puedes escribir una reseña? 
G: Primero lo leo. Si me gusta, y dependiendo de mi tiempo, lo presento. Si no me gusta, ni presentación ni reseña. Así de simple. 
Autor: Pero, G, somos patas. Yo siempre leo tu blog, leo tu blog desde cuando nadie lo leía. 
G: Sabes que agradezco tu generosidad. Pero esto es literatura. Verdad emocional. Si tu libro es malo, ten en cuenta que esto es como el fútbol: este partido quizá lo puedas perder, pero podrías golear en el siguiente partido.





lunes, octubre 20, 2014



161


Desde hace unos días vengo leyendo Jardines de la Disidencia. Si hay un autor de quien espero fagocitar absolutamente todo, ese es precisamente Jonathan Lethem. 
Esta lectura me lleva también a repasar la obra de este autor, como quien intenta forjar una especie de cartografía, como quien ubica su privilegiado sitial en la narrativa contemporánea. No hay que pensarlo mucho: estamos ante uno de los autores que hacen de la epifanía una marca registrada y se hace menester seguir esta epifanía, no dependiendo del aura de su condición de novedad, es decir, no limitarnos a comentar los libros de los autores que nos gustan a razón de su último libro. A veces resulta gratificante retroceder un poco para poder avanzar con paso firme, para darnos cuenta del valor de su epifanía. 
Por eso regreso a su penúltima novela. Una novela que se me ha revelado de manera muy especial gracias a su oculta relación con la librería Brazenhead Bookstore, en donde Lethem trabajó durante un tiempo. 
A esto sumemos una idea que vengo barajando desde hace un tiempo y que ahora me permito compartir: la crítica literaria no debe suscribirse a las novedades, no debe ser esclava de lo llamado “último”. En este sentido, bien nos podemos preguntar por todos aquellos libros buenos que leemos y que pasan desapercibidos debido a que nos acercamos a ellos a destiempo. Para quien esto escribe, esta realidad no es más que una injusticia. Tampoco sugiero que reseñemos libros publicados hace más de treinta años, no, esa no es la idea. La idea es la de ayer, hoy y también mañana: recomendar buenas lecturas. 
Empecemos: Jonathan Lethem no tiene lectores. Jonathan Lethem tiene hinchas. Fue a inicios de 2006 que leí La fortaleza de la soledad y decidí seguirle el rastro en cada uno de sus títulos. No todos, obviamente, me significaron una maravilla, pero en cada acercamiento quedaba hechizado por su coherencia narrativa, que descansaba en la exploración formal y su variopinta fuerza nutricia que recogía en demasía del rock, el comic, el cine, las artes plásticas y las novelitas de kiosko. Ni hablemos de su prosa, premunida de un extraño respiro radiactivo que no pocos escribas quisieran exhibir. 
Hay que ser un alucinado para escribir una novela como Chronic City (Mondadori, 2011). No todos están dispuestos a proyectar en los lectores la condición de hijo mimado no reconocido de David Lynch. Esta última novela, más allá de su clave autobiográfica, no solo es para los seguidores del autor, sino también para los que quieran a llevar a cabo, en 446 páginas, una sesión psicotrópica en la experiencia de la palabra. 
En ella tenemos pues a dos personajes que se complementan, tanto Chase Insteadman y Perkus Tooth cumplen en sus roles de disidentes de la soporífera cotidianidad. De lejos parecen poseros insoportables, pero de cerca no son más que fisonomías morales rubricadas por la extravagancia y el sino desdichado (carencia de plenitud) que los envuelve. Sin este par, Lethem no hubiera intentado cumplir con su objetivo: la creación de una ciudad paralela de New York. Una canábica novela total, sin tronco ventral definido pero sí con nervudas ramas oscilantes que nos acercan a personajes guiados por el yugo del consumo y la mentira, esclavos de los alucinógenos y las drogas, al punto que el nombre de una de estas titula la novela. 
Ahora, lo que obnubila es el cambio de registro narrativo que Lethem lleva a cabo. Por momentos tenemos la impresión de que estamos ante una novela hermana de Huérfanos Brooklyn y La fortaleza de la soledad, es decir, una historia anclada en un tenue realismo condimentado con humor y enciclopedismo popular (por cuenta de Perkus Tooth, por supuesto). El drama personal de Chase Insteadman, que a sus años lucra de su relativa fama de actor infantil y cuya novia Janice Trumbull, atrapada en el espacio, le manda amorosas misivas públicas, parece ser el camino a seguir por el lector; sin embargo, cuando Insteadman conoce a Perkus no solo su vida se asienta en otro sendero, también el sentido mismo de la novela, convirtiéndola en un aparato narrativo de registros que nos recuerda a los de Nova Express de Burroughs,  Amerycan Psycho de Ellis, Dinero de Amis y, muy en especial, de Una mirada en la oscuridad de Philip K. Dick. O sea: un celebratorio cóctel Molotov. Lethem abandona por completo el código realista para insertarse, gradualmente, en uno que bebe de la ciencia ficción y la fantasía por igual. La aparición de un tigre, por ejemplo, en un comienzo presencia potenciada por la desaforada mente de Perkus, que amenaza con tragarse a la ciudad de New York, sobrepasa su condición simbólica y metafórica para asentarse como el protagonista central de esta excelente novela que ubica a Lethem, una vez más, como la voz más explosiva y personal de la generación del relevo de la narrativa gringa, la que espera tomar la posta de Roth, McCarthy, De Lillo, Ford y demás. 
Lees a Lethem y te dan ganas de coger un machete, partirle la cabeza y comerte su cerebro. Eso es la posteridad. 

… 

Publicado en Siglo XXI.

domingo, octubre 19, 2014



160


Hace unos días estuve participando con Selecta en un congreso nacional de Ciencias Políticas, llevado a cabo en la universidad Federico Villarreal. Fuimos con algunas dudas, pero no puedo negar que nos fue mucho mejor de lo que esperábamos.
Ahora, los que me conocen, saben bien que tengo la piel muy sensible. Soy de los que deben usar bloqueador todos los días y en todas las estaciones. Pero en esos tres días de ambiente villarrealino, mi bloqueador fue la absoluta nada, la inutilidad en estado de gracia a razón de un sol que, literalmente, quemó, dejándome la nariz tan roja, peor que la de un adicto angustiado.
Más allá de estas cosas, debo decir que la pasé bien. No sabía que conocía a mucha gente, no sabía que mucha gente me conocía y se acercaba a saludarme, hasta el Philip Roth de la Villarreal. Como también el joven periodista Marco, de la universidad San Martín, que fue a buscarme mientras abría cajas y acomodaba varias rumas de libros.
No es la primera vez que me entrevistan, tampoco quiero decir que me entrevistan desde el inicio de los tiempos. En realidad, no me gusta que me entrevisten. Pero hice una excepción con Marco. Hasta donde sé, él es un lector del blog.
A diferencia de otras entrevistas, no puedo pasar por alto que Marco hizo su tarea, puesto que se informó de lo que debía informarse, detalle que veo muy poco en ciertos periodistas culturales que asumen su chamba como si fuera un pasatiempo, un hueveo, que el lector/oyente potencial percibe sin mucho esfuerzo, reforzando pues el prejuicio de que cualquiera puede dedicarse al periodismo cultural.
Me gustaría poder explayarme sobre casi todas las preguntas que respondí, pero una de ellas iba sobre un artículo de Gustavo Faverón en La República, en donde el narrador y crítico se preguntaba por la ausencia del humor en la cultura peruana contemporánea y la deformación que presenciamos hoy por hoy de aquello que precisamente llamamos humor.
Específicamente, pensé en la ausencia del humor en la narrativa peruana última. Me preguntaba si existía alguna novela que exhibiera en su sentido discursivo el aliento del humor, que entre las palabras se proyectara la presencia constante de la ironía y el sabor verbal presentes en nuestra historia narrativa. Pero seamos sinceros, el humor solo ha estado presente en alguna que otra novela importante. Su tradición es flácida. Ni hablar de los cuentarios, al punto que el único logro en esta parcela para la narrativa peruana última la tiene el inhalable cuentario Manual para cazar plumíferos de Leonardo Aguirre. Entonces, pensé en el artículo de Faverón, pensé también en alguna razón que nos permita especular al respecto, razón por demás impresionista en todos sus lados.
El sol daba en mi cara, en especial en mi nariz, que tal y como ocurre cuando es bañada por el calor, comienza a sangrar, primero de a pocos, como preparándome para la hemorragia.
Pues bien, la respuesta siempre ha estado a la mano, en lo que me toca ver día a día, como en la carencia de crítica a los problemas sociales, en preferir y defender la comodidad personal en vez de abrigar ideales colectivos, en quedarnos callados ante la mirada del opresor, en no saber reírnos de nuestros propios defectos.
Aunque claro, qué humor, porque el humor es también una visión de la vida, podemos esperar en nuestra literatura de hoy, cuando sus actores andan más preocupados en sus intereses personales, como el ser invitados a una feria internacional del libro, buscando en Facebook el Like de la legitimidad, en sobar al crítico en pos de una reseña positiva, sabiendo que ven al crítico como un imbécil, en pontificar sobre asuntos que en la práctica se desdeñan.
El humor en narrativa es una actitud que no solo obedece al artificio. El humor viene acompañado de una coherencia ética y moral por cuenta de su hacedor. O sea, para practicar el humor hay que ser un inconforme, no quedarse callado, estar en un constante proceso de desahuevamiento, en reforzar cada vez que se pueda el aliento crítico, ese aliento crítico que hoy en día ha desaparecido.

sábado, octubre 18, 2014



viernes, octubre 17, 2014

159


Termina el conversatorio con Marco García Falcón sobre su novela Un olvidado asombro y la narrativa peruana última.
Ha sido una velada muy emotiva y enriquecedora. Y no niego que me sentí raro en un ambiente tan solemne como el de la librería Communitas.
En este tipo de conversas, uno se la lleva fácil, en el buen sentido de la palabra. Siempre he tenido la suerte de toparme con autores que manejen un buen discurso, tanto en lo literario como en lo intelectual.
En esa conversa hablamos de muchas cosas, siendo una de ellas la de su silencio literario, silencio literario que muy pocas veces he visto en los últimos exponentes de la narrativa peruana.
Al menos para mí, García Falcón pertenece a esa estirpe de narradores a lo Loayza, a lo Prochazca, si hablamos de voces locales; cada quien, pues, con una característica peculiar, pero siempre en el límite del silencio, viendo el discurrir de la fiesta literaria desde dentro pero en una esquina, pero su observación es una observación asentada en el detalle, detalle que con el tiempo se convertirá en materia literaria.
Si a este silencio sumamos la legitimidad. Puesto que legitimidad es lo que le viene faltando a la narrativa peruana, y desde hace varios años.
Me explico: hablamos de silencio, pero también de un reconocimiento paulatino que no viene de la gran prensa, cosa que el autor conoce porque también ha sido saludado por la prensa, sino del lector de a pie, tanto del que lee con frecuencia como del que no, es decir, me refiero al tan llamado “boca a boca”, “boca y oreja”, ese lector que no hace suya las mentiras y medias verdades de la logística publicitaria, sino que juzga con más dureza que el más temido crítico literario, que asume el comentario de un libro como si se tratara de un ajuste de cuentas.
Por eso, sea en este espacio, en un conversatorio, o a cualquiera que me pida una recomendación, no dudo en decir que lo mejor que le ha pasado a la narrativa peruana de los últimos años es la publicación de Un olvidado asombro, una novela completa, que ante todo transmite, novela cuyos personajes exhiben cariño, amor y también mucho rencor, novela estructurada en una compleja sencillez capaz de escuelear, en especial a aquellos acróbatas del verbo que viven la patraña de que solo lo difícil es original. Una novela como esta nos hace mucho bien: vuelve a nuestra tradición para enriquecerla en su presente y seguramente en su futuro.

miércoles, octubre 15, 2014



158

Me despido de Yesenia. Me quedo un rato parado, memorizando la placa del taxi. Bueno, siempre memorizo las placas de los taxis, que a fin de cuentas resulta una buena costumbre. 
Camino hacia Alfonso Ugarte, en donde esperaré el bus que me lleve a casa, aunque también barajo la idea de tomar un taxi. 
El paradero está relativamente poblado y en mi mochila tengo no pocos (inesperados) libros que me han regalado el día de hoy. Así que me pego a la pared, en la pared de una farmacia, farmacia flanqueada por telitos de veinte soles. 
Fumo tranquilo mientras pienso en Enemy, la película de Villeneuve que volví a ver ayer y de la que en su momento escribí para Cinépata. Es que ver otra vez una película es como la relectura y desde hace buen tiempo estoy viendo películas que he visto hacía muchísimo tiempo. En esas estoy, pensando en Enemy o quizá pensando sin pensar en Mélanie Laurent. 
Como sea. 
Sigo fumando pero ahora siento varias miradas, como si me estuvieran estudiando. Entonces respondo a las miradas de esos huevones, huevones que no son choros, pero no por ello menos peligrosos. Caigo en la cuenta de que son cafichos, entonces me dedico a acabar en calma el cigarro y me percato de que a ambos lados de mí, a medio metro de cada lado, están dos putas que se me van pegando, cada vez más, como esperando que mi presencia les brinde algo de seguridad. 
Las cosas no se ponen nada bien. Lo lógico sería que me aleje, que espere mi bus donde debería esperarlo y no pegado en la pared de la farmacia. Debo tener cuidado con estas bestias, porque sé por qué me miran así. Si las putas se me pegan es porque se están aferrando a la primera persona que las pueda librar de una paliza, quizá debido a que se hayan quedado más tiempo del normal con un cliente o porque no hayan cumplido con el porcentaje que deben darles por servicio. Lo pienso bien, lo inteligente es no hacerse problemas y abrirse, pero como soy bastante bruto, irracional hasta el cansancio, decido quedarme y miro a ese par de cafichos, que esperan el momento para saltar sobre el que piensan es el nuevo caficho de sus mujeres. Pues noto en su mirada la calentura del orgullo magullado, humillado. 
Siento el roce de los codos de las putas en mis brazos. La de mi izquierda no debe tener más de 25 años y la otra es menor de edad, al ojo. 
Los cafichos se disponen a avanzar hacia mí. Y no demoro en meter mis manos en los bolsillos de mi casaca. Los cafichos se detienen, conocen ese movimiento de manos, que en más de una noche de chelas han escuchado, porque hay que tener cuidado cuando hacen “eso” con las manos. Pero esa determinación solo les dura algunos segundos. Ahora me miran con más tirria que segundos antes y vienen dispuestos a chavetearme. 
No pienso en agredirlos, sino en cómo defenderme. 
Pero bueno, la buena estrella siempre está de mi lado. 
Desde la Plaza Dos Mayo llegan cuatro camionetas de serenazgo, tres mujeres policías en moto y un patrullero, que empiezan a peinar toda la zona, lo que origina que las putas, tracas y cafichos desaparezcan de la escena. Las dos putas que me flanqueaban se van corriendo y los dos cafichos que se me acercaban se van corriendo como ratas, al punto que uno de ellos se tropieza con un metálico tacho de basura, dejando al pobre tacho con una marca de rodilla destrozaba en el centro. 
Prendo otro cigarro, pero lo apago y voy por una botella de agua mineral sin gas.

martes, octubre 14, 2014