viernes, febrero 05, 2016


jueves, febrero 04, 2016

413

Ayer me dijo “Hombre sabio” que hoy tenía algunos compromisos ineludibles que atender. Entonces le dije que no se preocupara, que me haría cargo de la otra de tienda de Selecta. Lo malo, sí, era que debía levantarme temprano, ya que se empieza a atender a partir de 11 de la mañana. Era pues un problema que debía solucionar porque me levanto tarde a cuenta de que me acuesto muy tarde, sumado a que me cuesta dormir, el sueño lo tengo muy sensible. 
Programé tres despertadores para levantarme temprano. Por más que intenté descansar lo mínimo, se me hizo imposible, debido a que ayer fui testigo de una de las enseñanzas de vida que uno las recibe sin merecerlo. El miércoles en la tarde tuvimos una edición secreta de “Encuentros en El Virrey de Lima”, en donde sin público, pero con un grupo de filmación, conversé con Teresa, una estupenda poeta peruana que radica en Argentina. Esta filmación se transmitirá para cuando ella presente su poemario en Buenos Aires. No lo pienso mucho, es la entrevista más sentida que he hecho en toda mi vida y me alegra que yo haya sido quien hablase con ella de su poesía y de su vida. Cuando te enteras de las razones que justificaba la entrevista, todo encaja y sientes que eres tú el que ha ganado, porque por más que lo pienses a manera de esbozo literario, esta vez la realidad, y su magia, se imponen. 
Los despertadores sonaron. A las justas había dormido tres horas. Me serví café y sin más me metí a la ducha. 
Tomé un taxi a la librería. 
Al llegar encuentro a “Hombre sabio”, que estaba recogiendo algunas cosas que se le olvidaron anoche. Es decir, la librería ya se encontraba abierta. Me dirijo al depósito y saco los ventiladores. No confío en el techo alto de la librería. Despejé la mesa para acomodar mis discos y la portátil. Lo bueno, es que tengo una tienda al frente y en especial un bar, Don Lucho, de donde pedí que me trajeran una Cusqueña helada. Me serví un vaso de chela, prendí un pucho, cuando suena mi celular. 
El día no podía ser más perfecto: Selecta ya tiene un nuevo local.

miércoles, febrero 03, 2016


"Lihn. ensayos biográficos"


Quizá este sea uno de los libros que ansiaba leer desde el anuncio de su publicación. 
Por un lado, en el libro se aborda a uno de los más grandes poetas chilenos del Siglo XX. Al respecto, cuando hablamos de la tradición poética chilena, debemos hacerla con respeto y, en cierta medida, con excesiva atención. La razón es muy sencilla: esta tradición aún conserva frescura y fuerza, documentado en un legado de influencia en la poesía escrita en español durante el siglo anterior, como también en una proyección epifánica e invisible en los nuevos poetas iberoamericanos de los últimos quince años. A diferencia de otras tradiciones poéticas, la chilena se resiste a envejecer gracias a sus lectores que sí saben leer a sus poetas referenciales, o de culto, asumiendo el legado de su médula escrita. 
De los poetas chilenos que frecuento, Enrique Lihn es uno de ellos. No lo pienso mucho, es pues el poeta que, en lo personal, más sintoniza conmigo. Además, Lihn es una presencia estratégica en no pocos poetas latinoamericanos, bueno, esas son las ventajas de tener una librería y recibir la visita de poetas de muchísimos lugares del mundo, con los que hablas de poesía y cruzas información de poetas satélites, siendo Lihn uno de los satélites más mencionados. La poesía de Lihn habla y transmite hacia adelante, su poética exhibe un desenfado y frescura sólidos que estimulan y no solo a los poetas jóvenes, sino también a los más trajinados. 
Eso, por un lado, Lihn. 
Por el otro, Roberto Merino. 
Sigo a Merino desde hace varios años, quizá en silencio, un silencio injusto porque he debido promocionarlo más entre los lectores peruanos, pese a que en su momento reseñé su imprescindible Pista resbaladiza. Merino, algunas señas, es poeta, rockero, editor y un atento y crítico observador de la realidad. A la fecha es un maestro de la crónica de opinión. Merino ha hecho del híbrido un lisérgico cóctel de revelaciones en donde todos los tópicos sobrepasan la inmediatez de la publicación periódica para asentarse en una tentativa de trascendencia. De lo que mira, lee, escucha y habla, el chileno dicta cátedra de escritura literaria de alta y contundente calidad. 
En Lihn. Ensayos biográficos (Ediciones UDP, 2016), Merino nos entrega un acercamiento al autor de La pieza oscura, o llámalo también un perfil fragmentado. No estamos ante una biografía exhaustiva que recorre el sendero vital y poético de Lihn, sino ante un texto que nos permite entender a la persona detrás de la obra, a la leyenda que amenaza con imponerse en el imaginario de los lectores. Ese es el peligro que corren los poetas como Lihn, ser presos de sus leyendas, mientras más grande es el poeta, su leyenda es más llamativa. Merino no quiso reforzar la leyenda, por ello se aboca a los pasajes y estaciones vitales más importantes de su vida. Merino nos cuenta que a Lihn le gustaba caminar durante horas por Santiago, casi siempre sin rumbo específico, sencillamente se dejaba llevar por la intuición, también nos relata sobre la especial relación que el poeta tenía con su abuela, sus padres, su hija Andrea, sus mujeres y con otros escritores. Esta cadena de relaciones, pautadas por cambios que iban de la tranquilidad a la exaltación, nos configura un hombre excesivamente volado. Lo suponemos en principio, pero luego arribamos a la certeza, porque los ensayos “Familia”, “Habla”, “Animales” y “Vida doméstica” conforman una galaxia minada de asteroides Lihn y meteoritos Lihn que se estrellan entre sí. Entonces no nos sorprende su forma de ser, y vamos entendiendo de a pocos su rebeldía festiva con la vida. Para comprender lo que digo, sugiero la lectura del ensayo “Peleas”, que entre líneas es mucho más que su truncado duelo con el no menos grande Jorge Teillier. 
Merino no lo cuenta todo, solo sugiere, consignando datos y testimonios de algunas personas que conocieron a Lihn, sus testimonios no son muchos, solo hablan y participan los que sí tienen algo que decir, sin caer en el lugar común y la anécdota idiota, a saber, uno: el muy buen narrador Germán Marín. En cada una de estas páginas nos hechiza una luz, por demás extraña pero mágica. Lihn se erige como una figura inigualable, como uno de esos tocados que aparecen cada cincuenta años, cuyo paso por el mundo marcó definitivamente a más de uno, a Merino, por ejemplo, que está a la altura de este proyecto. Sus ensayos debemos disfrutarlos como pequeñas y peligrosas dosis de literatura y vida, pero eso sí, nos hubiese gustado tres dosis más, es decir, un coqueteo arriesgado de la peligrosa sobredosis Lihn. 

… 

Publicado en EBL

412

En estos días de calor, estoy caminando más de la cuenta. Mi cuerpo se convierte en una melcocha y lo único que deseo es meterme a la ducha todas las veces posibles. En verano, si hago caminatas largas, trato de hacerlas en las noches, pero no voy a negar que las que sin pensar vengo haciendo últimamente están marcadas por el entusiasmo y la buena onda de querer hacer las cosas, y eso es lo que al final cuenta y vale la pena. 
Cerca de las tres de la tarde tuve una reunión con un amigo librero, con quien estaba definiendo algunas cosas que emprenderemos en los próximos días. Lo que me gusta es que se trata de un proyecto que me tendrá escribiendo, aún más de lo vengo haciéndolo. Se trata de una etapa nueva, aunque bien debo llamarla una etapa portátil, en la que voy a tener que reinventarme todas las veces que me dé la gana. Hablábamos y tomábamos chicha helada, que estaba buenaza, cuando recibo una llamada en el cel, llamada de la que sabía, pero que no hacía ruido ya que tengo el cel en vibrador. Cuando vi quién me llamaba, supe que era la llamada más importante de mi vida y en vano traté de devolver la llamada, por más que lo intenté, no pude comunicarme y me quedé pensando en qué hubiera sido de mí si respondía esa llamada de las 3 y 42. 
Regreso caminando al paradero del Metropolitano de Arámburu. Apuro el paso porque debía llegar antes de las 5 de la tarde. No tenía que pensarlo mucho, estaba a nada del inicio de la hora punta. Ahora las horas punta se han convertido en genuinos martirios en esos buses que saunas, en los que más vale mantener la mente en blanco y un forzado buen ánimo si es que se quiere salir vivo en el viaje. A esas horas hay que tener todas las alertas encendidas, puesto que vengo escuchando de muchas grescas en el metropolitano últimamente, y por lo que deduzco, sé que el calor y la humedad son los grandes responsables de que los buses se conviertan en temporales campos de batalla. 
Me bajo en el paradero Lampa y compro una botella de agua mineral. La Plaza San Martín es el gran escenario de los grupos políticos que se reúnen. Si algo nunca le faltará a esta plaza, ese algo será precisamente este grupo humano que veo desde la adolescencia. Decido ir a uno de ellos para cerciorarme si siguen las mismas caras, y claro que siguen, aunque ahora más pajizos y canosos. Permanezco más tiempo del que pensaba y por un momento pienso que una revolución es lo que necesita este país.

martes, febrero 02, 2016


lunes, febrero 01, 2016

"sucedió entre dos párpados"

Algunos lectores del blog me piden que escriba de algunos títulos que incluí en mi recuento literario del 2015. Lo ideal sería escribir de cada uno de ellos, pasar a la pantalla los apuntes o impresiones que te han generado los libros que has leído y que te han gustado. 
En principio decidí hacer una suerte de sorteo de los títulos por los que me preguntaban más, pero me di cuenta de que era una total pérdida de tiempo. Por un lado, lo del sorteo era una frivolidad de mal gusto, y por otro, no había mucho que pensar en los títulos, puesto que la novela Sucedió entre dos párpados (Planeta) de Fernando Ampuero era la que encabezaba la lista. 
Pues bien, el hecho que me preguntaran por el libro, no necesariamente significaba que me hablaran bien de la publicación. A muchos les gustaba, a otros no, y en ello radica la valía literaria de un libro, de cualquiera, es decir, en su encuentro de opiniones. 
Los que seguimos la obra narrativa de Ampuero podemos afirmar lo siguiente de esta su última entrega: es su libro más personal, como también el que nos ofrece su incursión en un registro lírico, muy distinto al lenguaje funcional que signa toda su obra de ficción. Al respecto, algunos señalan que la mirada puesta en el mundo andino es lo que eleva la novela, algo que me parece por demás falso, cuando lo que eleva a la misma es precisamente el aliento lírico que nos permite conocer a Gustavo, joven veinteañero, por quien podemos ingresar a un rasgo social de la sensibilidad setentera de la juventud peruana, por demás rebelde e inconforme con la situación política de la dictadura de Velasco. 
Gustavo decide ir como voluntario al Callejón de Huaylas, en donde el terremoto de 1970 causó mayores daños, dejando más de cuarenta mil muertos. A partir de esta incursión voluntaria de Gustavo, la novela se abre en distintos niveles narrativos, tenemos pues las cuitas del protagonista, también al niño Leonardo, sumido en la mudez luego del terremoto y que se comunica escribiendo en papeles, el par de muchachos que sostienen un diálogo existencial mientras están atrapados bajo escombros, a la espera de ser rescatados y el payaso que salvó a muchísimos niños que asistían al circo. Ampuero no descuida ninguno de estos niveles, obviamente, no todos podrían gustar al lector, pero en su interacción vemos la maestría de un autor que se preocupa por contar una historia que comprometa al lector. 
Eso. Compromiso. 
Bien puedo asegurar que estamos ante una novela moral, uno no puede sentirse ajeno a lo que se cuenta en estas páginas, es decir, accedemos a una actitud de vida, a la solidaridad por el otro, y accedemos a esta actitud por medio de una gran experiencia literaria que debemos agradecer.

domingo, enero 31, 2016

411

Me levanto tarde. Tengo ganas de seguir durmiendo, pero los  llantos de Onur me preocupan. Ha quedado encerrado en el patio de atrás, entonces me paro y voy a abrirle la puerta de vidrio. 
Abro la puerta y el perro se va corriendo a la puerta delantera de la casa, que está abierta porque mi padre está comprando los diarios del domingo. Se me paraliza el corazón, la velocidad del perro lo puede llevar hasta la pista misma, como es cachorrito, aún no se ubica bien. Entonces voy tras él. 
De vuelta en casa, me sirvo jugo de naranja, café y me sirvo un tamalito de chancho. Me pongo a revisar los periódicos, me quedo leyendo durante más de media hora. Mi desayuno es interrumpido por una llamada de un amigo, que me dice que a algunas autoridades municipales nos les ha gustado una nota sobre Quilca publicado en un semanario local. Le han dicho que si no mandamos una carta notarial negando el contenido de la nota, no solo nos quitarán el apoyo, sino que también me van a denunciar. 
No me hago problemas. No haré ni mandaré ninguna carta notarial, tampoco negaré lo que se dice en la nota de la revista, una nota equilibrada, que ante todo dice la verdad para ambos lados del conflicto. Esa es la única nota que ha cubierto el desalojo de los libreros de Quilca. El único medio que vino y se atrevió a investigar e informar, fue ese. Los otros medios, en los que tenemos muchos amigos, no se atrevieron a hacer nada, algunos limitándose a la redacción de notas descriptivas que no se ajustan a la verdadera causa de los hechos. La razón es muy sencilla y debemos aceptarla como una verdad contra la que hay que luchar si es que se pretende informar: mucha publicidad en los medios de comunicación viene con el aval moral de la iglesia. 
Hago algunas llamadas para contar lo sucedido, pero también para expresar mi postura al respecto, que no voy a mandar ninguna carta notarial a la revista, negando lo que es verdad, solo porque un alcalde no quiere verse perjudicado en su propuesta inicial que en sí equivaldría a una metáfora por demás lacerante: nuestras autoridades políticas no tienen la más mínima noción de lo que es política cultural. 
Termino de hacer la última llamada y me alisto para el primer duchazo del día. En Spotify busco una seguidilla de canciones de Yes, me ubico en la etapa más progresiva de la banda. Comienzo a escuchar. La electricidad circular es lo que uno más necesita en estos momentos, sea para olvidarse de las cosas o para seguir firme en las decisiones que se han tomado, no necesariamente en relación a lo de la carta notarial, sino en que se tiene hacer algo contra lo que uno ve todos los días, la conchudez de ciertos candidatos como ese pigmeo diabólico, dueño de no sé cuántas universidades.

miércoles, enero 27, 2016

410

Me quedé hasta tarde leyendo los ensayos biográficos de Roberto Merino sobre Enrique Lihn. La lectura fue rápida y provechosa. Cuando acabé el libro salí a fumar al parque. Eran las dos de la madrugada, la temperatura no era alta ni baja, digamos que tibia, como para prescindir del uso del polo. Prendí el pucho y pensé en el tronco poético que une a la tradición poética peruana con la chilena y traté de recordar si se había escrito sobre esa relación poética invisible y llena de riqueza. 
En esas me encontraba, con ganas también de una chela en lata, cuando Onur abre la puerta con sus patas delanteras y se va a inspeccionar el parque. Fui detrás del perro, como es cachorrito, lo peor que le puede pasar es que traspase las rejas del parque. El perro corría por el parque persiguiendo a los gatos, que lo miraban con odio porque les arruinaba el encuentro amoroso. Me acerqué con cuidado para cogerlo por el lomo, pero al momento de hacerlo, se abría la puerta de la casa vecina a la mía, de donde salió Motta, una perra siberiana gigante que llamó la atención olfativa de Onur, que sin chistar fue tras ella. 
Los problemas serían más jodidos, porque Motta si podía dañar al perro, aún más que unos gatos en celo. Prendí otro cigarro. Y me calmé, Motta y  Onur se entendían, cuando mi perro se ponía muy fastidioso, la perra lo situaba lejos con un ladrido que retumbaba en todo el parque. Tomé asiento en una de las bancas y miré al cielo, en donde la luna llena hacía que la madrugada tenga un toque mágico, esa luna que en sus costuras de color plateado era el escenario de un salvaje movimiento de ballet. 
Después de veinte minutos, el perro entró a la casa. Yo me quedé un rato más, fumando y observando el movimiento sospechoso de una camioneta, era una camioneta de la comisaría de Apolo, es decir, muy sospechoso.

martes, enero 26, 2016

"el río"

Como lector tengo una fijación especial por aquellos escritores que en principio no las tenían todas consigo para forjar una obra que genere atención, ya sea en la crítica como en los lectores. Por lo general, estos escritores andan en la ribera del oficialismo cultural, aunque decir ribera es mucho, lo adecuado sería dejar sentada su implícita lejanía, ubicándolos en los extramuros de los circuitos culturales de poder, sin la más mínima chance de poder ser valorados en esos circuitos. 
Pero estos escritores, vistos como damnificados, no se hacían tanto problema. Lo suyo no era encontrar y disfrutar del reconocimiento literario, sino que asumían la escritura de ficción como una vía más de supervivencia, o sea, les interesaba vender, ver el dinero cuanto antes y así paliar necesidades y, en muchos casos, vicios. Por ello, se infiere que la calidad del material usado en la publicación no era para nada de la mejor calidad. Por lo general, estas publicaciones se vendían en el comercio ambulatorio, especialmente en puestos de periódicos, a precios irrisorios. Con el tiempo, este tipo de literatura forjó una tradición, que en diferentes partes del mundo adquirió diversos nombres, siendo el más conocido el calificativo de “Pulp”. Durante mucho tiempo la literatura “Pulp” no fue bien vista, pero desde mediados de los ochenta se le comenzó a prestar más atención debido a la riqueza temática y genérica que esta encerraba y al diálogo que exhibía con otros registros como el cine. A la fecha, la literatura “Pulp” comienza a ser estudiada por especialistas de la academia y los lectores cultos no tienen problema alguno en referirse a ella. La razón es sencilla: de esta tradición tenemos nombres que a la fecha nos resultan no solo medulares, sino también vigentes. A saber, no podemos entender la ciencia ficción de hoy sin el legado de Philip K. Dick. 
En Latinoamérica también hemos tenido una tradición similar, una narrativa que veíamos en puestos de periódicos y en galpones de puestos de libros. De nuestros narradores “Pulp”, uno destacó entre muchos, uno que es mi preferido, para más señas. Me refiero al chileno Alfredo Gómez Morel y su novela El Río (Tajamar Editores, 2014), publicada en 1962. 
Gómez Morel fue un escritor por demás extraño. Es imposible entender esta novela si pasamos por alto su vida. Hijo de una prostituta que lo abandonó, vivió en muchos orfanatos e hizo de la calle su hábitat natural, deviniendo en un desalmado delincuente infantil, juvenil, siendo de adulto un experto ladrón que recorrió muchísimos países de Latinoamérica, incluyendo Perú. No es exageración si lo catalogamos como el Jean Genet del sur y tampoco sería una exageración calificar a El Río como una de las novelas más crudas y, sobretodo, sinceras que se hayan escrito desde la más abyecta esquina de la crisis existencial. 
El escenario de la escritura de la novela se dio en la cárcel de Valparaíso, en donde Gómez Morel cumplía condena. A sugerencia del psiquiatra de la cárcel, Gómez Morel quiso dejar testimonio de su cruda/dura vida, detallando su complicada niñez, describiendo los bajos fondos que frecuentaba, presentándonos personajes que abusaban de su inocencia, convirtiéndolo en un adulto preso en el cuerpo de un niño. No estamos ante un malabarista de la lengua, menos ante un acróbata de la técnica, sino ante una pluma que dejó la piel en lo que contaba, es decir, proyectando una verdad. Es gracias a esa proyección de la verdad, a la sinceridad que transmitían las palabras del autor, que esta novela autobiográfica consiguió una popularidad entre los lectores chilenos. Esa verdad literaria se imponía y era más ante el desorden estructural, tan caros en las novelas de aprendizaje, que como tal, y más allá de la abyección del mundo representado, no dejaba de mostrar una sensibilidad en la voz del narrador protagonista: una ingenuidad y ternura en tensión en pos de una apuesta por una actitud salvaje, la única que le permitiría sobrevivir. 
Desde su publicación El Río conoció el favor de los lectores y pese a que llegó a ser traducida a varios idiomas e incluida, por ejemplo, en el prestigioso catálogo de Gallimard, con prólogo de Pablo Neruda, su legitimidad entre los entendidos tardó más de lo debido. Felizmente, a estas alturas nadie puede poner en tela de juicio su alcance literario, que vemos hoy en un rescate editorial que los lectores de grandes y ambiciosas novelas debemos celebrar por todo lo alto. No lo pienses: El Río es una proeza sin límite del arte de narrar, una prueba vigente de los insondables caminos que ofrece la novela como género literario.

409

En las tardes me doy una vuelta por el otro local de la librería para ver cómo va “Hombre sabio”. Ayer llegué poco después de las cuatro de la tarde y me puse a revisar la disposición de la librería. En la librería tenía acceso a Internet pero me había olvidado de llevar mi Laptop. “Hombre sabio” me dice que patas y flacas me han estado buscando en estos días, a quienes les ha dicho que me pueden encontrar en las tardes. 
Cerca de las cuatro de la tarde me dirijo al Don Lucho, en donde me encuentro con Jessica y Pedro. Hablamos del tema que nos compete, el futuro de la gente que integraba el Boulevard Quilca. Como en toda reunión, hay puntos de vista distintos, pero un solo fin, el cual es mantener la tradición que se generó en el Boulevard. 
Desde la mesa del Don Lucho puedo ver la tienda de Selecta y cuando “Hombre sabio” quiere hacerme una consulta, me llama, y ahora le respondo viéndolo sin que él se dé cuenta que lo estoy viendo, direcciono a la distancia algunas ventas y hago algunas recomendaciones de poesía para los lectores que buscan precisamente poesía. 
En unas horas tendremos una reunión con un abogado, porque lo que hay que hacer es registrar y formalizar al grupo. La reunión con el abogado es en una hora y media. Pero también esperamos a una joven periodista, que nos ha pedido algunas fotos más para reforzar su nota que nos hizo días atrás. 
La periodista se demoró en llegar a la hora acordada debido a una entrevista que se alargó, y cuando recibo su llamada me encontraba en la reunión con los demás expositores. El lugar en el que estábamos era cerrado y no recibía la señal del cel. A cuenta de uno de los expositores que llegó tarde a me entero que la periodista había llegado hacía veinte minutos. Entonces salgo a buscarla. Al llegar al portón del Boulevard, Jacqueline me dice que la periodista y su fotógrafo aprovecharon un momento de descuido del guardián interino, que abrió uno de los portones para recibir una bolsa, seguramente de comida. La periodista y su fotógrafo entraron corriendo, a la guerra. La llamé y las llamadas solo quedaban en el sonido de la intención. Me preocupé un poco porque lo más probable era que la gente dentro del Boulevard la haya estado amenazando. 
Después de cinco minutos salieron del Boulevard. Su fotógrafo hizo las fotos que estaban buscando para su nota. No necesité preguntarle cómo estaban las tiendas, su rostro de impresión y espanto manifestaban el saqueo que hicieron de las tiendas. Los que cuidaban el espacio, al ver que el fotógrafo y ella recorrían los pabellones, llamaron a la policía para denunciarlos como invasores. No se hicieron problemas, en sus rostros también se reflejaba la costumbre de este tipo de acciones propias de la actividad periodística. 
La acompañé hasta la otra tienda de Selecta. Le di un cigarro y barajaba la idea de preguntarle cómo estaba mi tienda, dudé, a veces es saludable no saber la verdad, pero la curiosidad es una punzada de mierda mucho más fuerte que la mera especulación. Ella me dijo que la puerta corrediza de metal de Selecta estaba en diagonal, esta puerta había sido forzada para sacarla, como no se pudo desprender de uno de sus extremos, quedó en diagonal. Ni hablar de las otras tiendas, todas destruidas por el saqueo. Cruce la pista, me compré una chela en lata y prendí un pucho.

domingo, enero 24, 2016

Contra la incultura

En los últimos cuatro años he sido librero. Antes de abocarme a este oficio era un comprador compulsivo de libros, un cazador de títulos que devoraba ni bien regresaba a casa. Más allá del pequeño circuito de librerías limeñas, me sentía más cómodo en el alternativo: pienso, pues, en los puestos libreros de Amazonas, pero muy en especial en aquellos de la segunda cuadra del jirón Quilca, en el Centro Histórico.  A los 18 años llegué al Boulevard de la Cultura Quilca y nunca dejé de frecuentarlo (nunca pensé que llegaría a tener allí una librería). Este boulevard era un espacio donde no solo podías comprar buenos libros, también eras partícipe de su oferta cultural. A saber. En su auditorio se llevaban a cabo presentaciones, recitales de poesía, obras teatrales, conciertos, ciclos de cine y exposiciones de pintura. Consignemos también que el boulevard revivió una calle histórica que hasta antes de su instalación era inviable para todo tipo de comercio. 
Por esto, la desaparición del Boulevard Quilca y el desalojo de sus libreros hace unos días es una cruda metáfora de lo que es el Perú hoy por hoy: no sabemos cuidar, ni promocionar los espacios dedicados a la difusión cultural. Quilca era un pulmón literario, cultural y artístico de Lima. La sociedad peruana se jacta de su progreso económico, pero no dice nada de su nulidad cultural. Lima, con sus más de diez millones de habitantes, tenía allí una alternativa para lectores de todos los estratos sociales que acudían a comprar libros, a encontrarse y conocerse. El espacio ya no existe y nadie en su sano juicio debería estar satisfecho por ello, sino avergonzado. 
Que la desaparición del Boulevard Quilca sea una oportunidad para que el Estado y sus organismos propicien la aparición de otro boulevard cultural en pleno centro de la capital. La ignorancia y la prepotencia ganaron una batalle, mas no la guerra contra la incultura. 

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Publicado en El Dominical.

sábado, enero 23, 2016

408

Por alguna razón, he visto la transmisión de una película en varios canales de cable. Cuando me topaba con ella, la película en cuestión ya había empezado y en cada uno de estos encuentros miraba lo que quedaba. De esta manera, armé un rompecabezas de secuencias hasta tener un panorama completo de ella. Me gustó este método y sirve de mucho, en especial cuando sientes flojera de buscar esta película entre las miles de películas que tengo en mi casa, en especial las que he guardado en cajas de leche Gloria debajo de mi cama. 
No es una obra maestra, pero con los años se ha convertido en una película de culto. Razones varias, pero una se me viene a la mente: su epifanía que depende de nuestro recuerdo emocional asociado a nuestra primera juventud, en ese puente entre la adolescencia y la vida fuera del colegio, puente signado por un incontenible espíritu de arrechura y violencia. Hablo de una etapa en la que alguna vez nos hemos sentido un “guerrero”. Cada quien a su modo libraba una batalla, contra lo que sea, hasta con uno mismo. O también podrías asumir esa etapa como una metáfora callejera de la supervivencia. 
Es por ello que sin grandes actuaciones y con modestia en presupuesto, The Warriors (1979) de Roger Hill aún permanece en el imaginario de dos generaciones, al menos. El argumento es por demás sencillo. Los pandilleros son convocados por Cyrus, líder de los Riffs, a una reunión de pandillas para dar a conocer los planes que realizarían en conjunto. Cyrus es un orador que hipnotiza, las pandillas congregadas celebran los planes del líder, puesto que juntas serían un ejército de casi 90 mil soldados contra los 20 mil de la policía de la ciudad. 
Cyrus es un becerro de oro para los pandilleros reunidos, un becerro que cae al suelo gracias a un disparo que recibe en medio del pecho. Los Riffs y las demás pandillas buscan un chivo expiatorio y acusan a los Warriors. Los Riffs ordenan que los traigan vivos o en pedazos. Entonces comienza una cacería nocturna. Los Warriors solo estarán a salvo en Coney Island. El trayecto al refugio será no menos que duro y  no menos penoso. Hay que correr, caminar y aprovechar los tramos del subterráneo. Sortear las emboscadas y confiar en la suerte. 
En lo personal, también tengo presente esta película por su música. Imposible imaginarla/recordarla sin su banda sonora, que bien podría ser una de las últimas manifestaciones de la era disco con condimento psicodélico setentero.  

viernes, enero 22, 2016


407

Después de algunos días algo agitados a razón del desalojo que sufrió el Boulevard, vuelvo a las actividades de siempre, sin dejar de ayudar a los amigos y conocidos que aún no encuentran un lugar donde instalarse y así comiencen a trabajar. 
En la tarde me puse al día y pude ver Spotlight, película de la que venían hablándome bien y que daba cuenta del trabajo periodístico de The Boston Globe cuando puso en evidencia los abusos sexuales de los clérigos que durante décadas habían sido protegidos por la iglesia católica. 
No sé si esta película gane el premio de la Academia y la verdad que poco o nada me interesa si sucede o no. Se trata pues de una película moral y en su fin logró cumplir su cometido. Y claro, a más de uno le debió llamar la atención que en la lista de ciudades, que aparece al final de la película, lugares en donde la iglesia amparó y protegió a los sacerdotes violadores, figurará Chimbote. 
Terminé de ver la película y me serví un poco de helado. Lo hacía mientras conversaba por cel con una periodista que me llamó para preguntarme por el desalojo del Boulevard Quilca. La puse en contacto con las personas indicadas para que realice su nota. Ella quería hablar conmigo y le dije que no estaría a la hora que ella llegaría a Quilca, pero que podíamos hablar luego. Felizmente, terminé de hacer en Barranco lo que tenía que hacer y pude hablar con la periodista a las siete de la noche en la otra tienda de Selecta. Hablamos durante hora y media. Ella no se sorprendió de lo que le acababa de contar. Tenía en sus manos y grabadora la verdad, esa verdad que muchos medios han pasado por alto por la sencilla razón de que no pueden chocar con su majestad Cipriani. Ese es el poder de la iglesia, cuyos poderes sirven de avales amorales para muchas empresas privadas que contratan espacios de propaganda en los medios escritos, radiales, televisivos. Claro, para solapar el asunto, no pocos periodistas han publicado pequeñas notas en las que se indica que el desalojo se debió a que no se pagaba el alquiler desde hace tres años. De esta manera cumplían con informar en favor de Cipriani. 
Una vez listo para salir a Barranco, le echo una última mirada al Face, en especial a la cuenta de Yo soy Quilca. En esa cuenta estaba subiendo todas las notas de medios independientes que informaban de lo que realmente pasó el pasado 14 de enero. En poco tiempo, esta cuenta se disparó en lectoría y puedo dar fe del apoyo y el rebote que generaban los posts. La razón era sencilla: con pruebas se estaba demostrando que ese desalojo, aparte de abusivo, fue ilegal. Aunque claro, nunca faltaba un desinformado que se resistía a aceptar que su iglesia se haya portado como una apurada traficante de tierras. Los poderes en la iglesia en Perú son insondables. Cipriani tiene sus trolls que se encargaron de inhabilitar la cuenta Yo soy Quilca. Pero esto recién comienza, señores.

miércoles, enero 20, 2016

"el expreso de tokio"

No puedo negar la satisfacción que siento cada vez que descubro a un autor que me ofrece algo más que una buena experiencia literaria, cuya epifanía o sensación de asombro/revelación se mantiene aún tiempo después de su lectura. Por alguna extraña razón, razón comentada a mis amigos cercanos, llevaba tiempo cargando una barrera emocional con la literatura oriental, que me impedía apreciarla en la justicia que merece su tradición. De esta tradición he leído lo que se tiene que leer, conozco sus referentes históricos e inmediatos, pero jamás me ha generado ni una pequeña muestra de admiración, detalle que sorprendía a mis habituales. Y lo peor, esta barrera emocional también ganaba terreno hacia el cine y artes plásticas orientales.
O bien haría, para no sentirme menos, lo que sugería Musil: los libros que abren puertas no tienen hora de llegada.
Y eso fue lo que hice. Durante años esperé el libro/película que me signifique una puerta de (re)ingreso a la tradición oriental sin depender del afán de conocimiento, sino que mi ingreso a ella vaya encausado en el placer estético del asombro.
Pues bien, tuve la suerte de que cayera en mis manos una novela de Seicho Matsumoto, El expreso de Tokio (Libros del Asteroide, 2014). Confieso que me adentré en estas páginas a cuenta del género al que pertenece en principio, el policial (al respecto, todo texto policial siempre generará en mí una preferencia excluyente de los otros), además, también sirvió de motivación el hecho de que esta novela haya sido publicada por entregas entre 1957 y 1958, es decir, haciendo uso de los recursos del folletín decimonónico.
En principio me pareció que estaría ante una novela de asunto/argumento, que emplearía un lenguaje por demás funcional y con personajes configurados llamados a interactuar. Pero no. No es así. Es cierto, esta novela de Matsumoto es un policial en todo sentido, pero es también mucho más y en esa extensión genérica adquiere las dimensiones de una novela que nos habla de la crisis existencial, producto de la soledad e inconformidad del hombre para con su mundo de entonces (posguerra), y cuyo eco podría rastrearse y verse potenciado en el mundo de hoy.
Matsumoto fue un trajinado periodista de calle, de esos que iban a reportar y no como se hace hoy: reportando bajo la bendición de Google. Esto lo sentimos en los trazos descriptivos y en las características físicas de sus protagonistas, como el viejo zorro policía Jutaro Torigai, el subinspector policial Mihara, que van a la caza de las razones del suicidio de Kenichi Sayama, subdirector del ministerio X, y su acompañante, la camarera Toki. En esencia y oficialmente es un suicidio en el que se usó cianuro potásico, pero el olfato de este par de policías los lleva a indagar más allá de lo evidente, a la simple especulación que los hace dudar de todo, a forzar posibles situaciones que les permita entender lo que pasó con Sayama y Toki. 
Como todos los narradores, los maestros duchos específicamente, Matsumoto hace lo imposible un asunto posible, por ejemplo, cuando sus protagonistas comienzan a indagar en los tiempos de salida y llegada de los trenes de la estación de Kashii. Gracias a su oficio, los minutos y segundos se convierten en los protagonistas silentes de esta historia, hasta el lector no puede resistirse ante la posibilidad de usar este método de indagación de la dupla Torigai-Mihara, porque en su aparente sinsentido vamos tejiendo lazos que nos llevan a la crisis interna de Sayama. Matsumoto hace partícipe al lector y este se entrega a la historia por medio de su espíritu corrosivo y salvaje. Matsumoto hace cirugía sin anestesia del infeliz Sayama. No hay secreto que valga: todos tenemos algo de Sayama o somos Sayama, solo que no lo queremos aceptar.

lunes, enero 18, 2016


miércoles, enero 13, 2016

"galveston"

A estas alturas, no nos debe sorprender el magnífico momento que vienen atravesando las series para la televisión. Para muchos, estamos siendo testigos de su Edad de oro, experimentando en la experiencia de la observación lo que los lectores en el XIX con los folletines o novelas por entregas.
En lo personal, me inclino por las series de corte policial, más que nada porque en el policial, en su tradición narrativa que también se proyecta en su sendero visual, notamos la lograda esencia del acto narrativo al contar y novelar: la relación entre los personajes y sus respectivas configuraciones morales. Esta interrelación de configuraciones morales la hemos visto desde las novelas policiales canónicas hasta en la narrativa Pulp que se hizo conocida en revistas como The Black Mask.
Es por ello que una serie como The Wire marcó el hito que marcó, convirtiéndose en una obra maestra, la mejor en la historia de las series de televisión. No es exageración que los estuches de sus temporadas uno las ubique en los anaqueles de la biblioteca al lado de gigantes como Moby Dick, Las ilusiones perdidas, La guerra y la paz, et al. Uno no coloca esos estuches por posería o moda banal, uno los coloca en los anaqueles por tratarse de un irrefutable testimonio del gran arte de narrar mediante la riqueza de sus personajes que nos pueden caer mal, bien, a los que podemos llegar a querer o despreciar. Además, sus creadores, David Simon y Ed Burns, son una suerte de reporteros callejeros, lazarillos modernos de los bajos fondos, es decir, de lo que cuentan, y no solo en el registro audiovisual (tengamos en cuenta que juntos han escrito varios libros), lo hacen con el conocimiento de causa de la materia.
Poco tiempo después de The Wire, apareció la serie True detective. Si la primera estaba inscrita en el policial duro, la de Nic Pizzolatto hacía gala de una escuela de influencia que iba del policial de deducción al policial callejero, aunque eso sí, a modo de distinción, alimentado por la tradición de la novela gótica de entre siglos (XIX – XX). La primera temporada de True Detective obtuvo el rotundo favor del público y la crítica no tuvo otra opción que arrodillarse ante la serie.
Pero lo que poco se sabía, es que Pizzolatto no solo es el creador y guionista de True Detective, es también un literato de carrera y gracias al éxito de su serie comenzó a tomarse en cuenta lo que había hecho como escritor, del que ahora podemos leer su novela Galveston, publicada en 2010 y de reciente traducción al castellano en el 2014 por Salamandra. Maestro en la serie y todo un capo en la parcela de la escritura del policial, pero de ese policial que no se ajusta al tronco de su género, sino que aprovechando su carácter plástico tiene algo de la narrativa de carretera de Kerouac y mucho de la violencia nada contenida de Palahniuk y, muy en especial, de esa visión de hastío que percibimos en los personajes de McCarthy, que no saben adónde van pero sí hacia qué lugar se dirigen.
Lo constatamos en el ejercitado Roy Cady, de quien sabemos lo que tenemos saber: no tiene  oficio conocido, desempeñándose solo como matón. A pesar de que solo se dedica al  ajuste cada vez que recibe la orden de sus eventuales jefes, Cady tiene todo el tiempo para reflexionar, con mayor razón cuando un dolor constante en la espalda es lo que empieza a preocuparle. Cuando decide ir al médico se le informa que tiene un cáncer avanzado de pulmón. Entonces, nuestro protagonista se pregunta qué es lo que ha estado haciendo con su vida, inquietud paradójica por demás, ya que con su vida no tiene mucho que esperar. El último de sus jefes, el mafioso Stan Ptitko, no lo está viendo con buenos ojos y las razones, como todas las razones entre los mafiosos, no tienen que ver necesariamente con el dinero, sino por un no declarado lío de faldas. A Ptitko no le basta con que la mujer de Cady sea ahora su mujer, simplemente se lo quiere sacar de encima y lo hará de la manera en que lo hacen los mafiosos. Pero las cosas le salen mal a Ptitko, sea por apuro o por suerte en favor de Cady, quien consigue librarse de la trampa que se le había tendido. Cady, no ajeno a su destino de encontrarse con mujeres de vida trashumante, huye con la joven prostituta Raquel Arceneaux, que nos recuerda a Iris de Taxi Driver de Scorsese. Si Cady buscaba en algo en qué creer, la prostituta será la metáfora de un posible camino de redención. Total, así como van las cosas en la vida de Cady, cualquier opción por hacer algo, así sea una acción épica o baladí, adquiere un valor para Cady porque no tiene absolutamente nada que perder. 
Como narrador de historias inteligente, Pizzolatto acierta al optar por la primera persona, solo de esta manera somos partícipes de la furia e intención de Cady por llevar a cabo, aunque sea por primera vez, algo bueno y que valga la pena para su vida, sin importar que aquella entrega no le asegure ni un relativo bienestar. Como se señaló, Galveston está inscrita en el género policial, pero en la voz del autor este se vuelve plástico y permeable, haciendo de esta novela una novela idealista, dura y violenta, pero ante todo, perdurable.