lunes, noviembre 24, 2014



sábado, noviembre 22, 2014

186


A medida que pasan los años uno va conformando su biblioteca personal. En esa biblioteca no impera el raciocinio, sino el instinto, la salvaje tranquilidad que sentimos al saber que allí, en esos anaqueles podemos encontrar los libros que nos justifican la vida y que sustentan nuestra condición de lectores.
Supe de John Barth en los pasadizos sanmarquinos, a fines de los noventa, años en los que aprovechaba para colarme en los salones como alumno libre. No supe de Barth por recomendación de un profesor, sino por cuenta de un amigo que leía mucho y que tenía los medios para acceder a ciertos títulos que difícilmente llegaban a las librerías de Lima. Leíamos mucha narrativa norteamericana y llegó un momento en que debíamos ir más allá y de esta manera leer a los otros pilares de dicha tradición, a los menos vistos en comparación a las voces de la «generación perdida», por ejemplo. Gracias a este amigo leí El plantador de tabaco de Barth en la edición de Cátedra.
Ni bien terminé esa lectura fui partícipe de una convicción: Barth y su novela eran lo mejor que me había podido pasar hasta ese entonces como lector. Una novela que exhibía el aliento de la novela decimonónica y el registro narrativo vanguardista y experimental del XX. Más un detalle que descubría: el humor, un humor que viajaba de lo cervantino a lo Shandy de Sterne. Obviamente, el humor ha propiciado grandes obras para la novelística gringa, pero nunca al nivel como lo consiguió Barth.
Tanto la edición de la novela en Cátedra, como la de Sexto Piso que motivó la relectura que justifica estas líneas, ponen de manifiesto una mirada común, la mirada de un lector apasionado y entregado, como la del narrador Eduardo Lago, quien fue el encargado de la traducción. Si la obra maestra de Barth viene abriéndose paso, y cuyo inminente destino será convertirse en una novela insoslayable para cualquiera que se precie de buen y exigente lector, se lo debemos al proselitismo de Lago.
Pues bien, la presente novela no es una empresa fácil, pero su aparente dificultad discursiva no impide que sintamos las tiernas desventuras de su protagonista Ebenezer Cooke, un entusiasta de la literatura, un ingenuo y crédulo de las buenas intenciones de los demás, un hombre casto y dispuesto a mantenerse en esa castidad con tal de no alterar su forzada pureza espiritual, quien debe abandonar su apacible comodidad en Londres para llegar a América y hacerse cargo de la plantación de tabaco de su padre. Lo que nos relata Barth es precisamente ese viaje en el que le pasa de todo a un Cooke que no deja de impresionarse con lo que le pasa, muchas veces hasta en demasía, mismo primerizo. Barth nos entrega un personaje poliédrico en su involuntaria torpeza, idealista y entrañable en su ridiculez. El estrafalario Cooke es un personaje que muy bien debería figurar en esa selecta galería de personajes que nos radiografían desde la ironía. Pensemos en él como si fuera un alumno mutante de Don Quijote e Ignatius Reilly, y por medio de él nos adentramos también a fines del siglo XVII, época signada por un conservadurismo ultramontano en ambas orillas del Atlántico, pero que en la genialidad narrativa de Barth se nos vuelve cercana y atractiva, quizá debido a su desenfado narrativo y a la musicalidad de su prosa. Esta musicalidad le permite improvisar y elevar la narración aún más en medio de la oceánica complejidad digresiva que caracteriza a la novela, musicalidad, dicho sea, tributaria del jazz. Por cierto, Barth fue durante mucho tiempo un eximio músico de jazz.
 
 
Publicado en Buensalvaje 14


viernes, noviembre 21, 2014

185


Terminé de leer la última novela de peruano Jorge Eduardo Benavides hace un par de meses. Estuve a nada de comentarla en el instante, pero la experiencia me ha enseñado, al menos en lo que a mí respecta, que reseñar un libro inmediatamente es lo peor que se puede hacer. Esta experiencia la he tomado como un principio con el que intento cuidar mi verdad emocional.
Desde la publicación de su primera novela, Los años inútiles, no había vuelto a sentir una euforia literaria como la que el autor me ofrece en El enigma del convento (Alfaguara, 2014). En ese hiato, cinco títulos suyos me dejaron en una especie de indefinición, tampoco es que pida que todos los libros de un autor sean buenos o por lo menos interesantes, cosa que sería un despropósito, sino que no dejaba de percibir en Benavides un exagerado tributo literario a Vargas Llosa que mataba su nervio narrativo, ese nervio narrativo que a fin de cuentas es lo que sostiene el andamiaje de la estructura y que guía el sentido de la técnica en toda obra de fición. Lógico, no hay nada de pernicioso en la influencia de Vargas Llosa, hasta soy de la idea de que no debe existir escritor peruano ajeno a su legado narrativo. En realidad, todos los que estamos inscritos en la tradición de la narrativa peruana, somos soberanos hijos del autor de Conversación en La Catedral. Pero como dije líneas atrás: lo de Benavides fue exagerado, demoró en darse cuenta que el mejor tributo literario era el parricidio.
Las cosas empezaron a cambiar con su novela Un asunto sentimental, un buen alejamiento de la influencia, una apuesta por un registro propio y quizá una de las mejores novelas de corte metaliterario (sin serlo del todo) que haya leído en los últimos años. De paso, imagino que esta novela habrá sido una cachetada para los aventureros del registro metaliterario que aún andan confundidos con lo que precisamente es el registro metaliterario.
En El enigma del convento, Benavides se desata. Y eso es lo que siempre voy a esperar de un escritor con oficio y talento, que se desate. Oficio y talento es lo que siempre he visto en Benavides, incluso en sus títulos que no me han convencido. La presente novela se nos presenta complicada. Podría creerse que es una novela histórica, que lo es, pero lo es en funcionamiento de coraza, de inteligente pretexto que nos permite adentrarnos en la pulsión de sus personajes que transitan la angustia del quiebre, del rompimiento, que sustentan el contexto mayor: el de las guerras de independencia. En este sentido, se saluda la fina inteligencia de Benavides, puesto que nos hace partícipe de una época partiendo de la angustia individual. Hay pues un sentimiento de alejamiento que canaliza el temor y los afanes conspirativos de aquellos que no lo quieren perder todo y que ante ese futuro próximo son capaces de todo, de empeñar conciencias y la poca integridad que les queda. No por nada, el autor es un experimentado maestro de talleres literarios. Funde registros, como el de la novela amorosa, el de la novela de misterio, el de la novela de aventuras. El paso entre estos registros no es menos que magistral.
Si te enfrentas a una novela de este autor, no esperes una novela lineal, fácil. Pasa de esta. No te hagas problemas. Lo que siempre voy a destacar de él es su aliento ambicioso que he visto hasta en sus títulos más irregulares, aliento ambicioso que a veces le ha jugado una que otra mala pasada, pero que a fin de cuentas se trata de una marca, una apuesta por una opción que muchas plumas rehúyen en pos del simplismo. O sea, hablamos de honestidad creativa.
Estamos ante uno de los pocos escritores latinoamericanos, entre tanto paquete sobrevalorado, al que sí deberíamos llamar un “muy buen escritor”. Por donde se le mire, El enigma del convento es una novela que se hace merecedora de todos los reconocimientos y saludos que viene recibiendo, y lo mejor: no es la mejor novela de su autor. Ergo: lo mejor está por venir.
 
 
Publicado en Siglo XXI.

martes, noviembre 18, 2014



184


Me encontraba sorbiendo un café, no del todo bueno, cuando recibo los ejemplares de una novela de Julio Ramón Ribeyro, Crónica de San Gabriel, a cuenta del nuevo sello Peso Pluma, que dirige la incansable Paloma Reaño. Como bien sabemos, se trata de la primera novela de uno de los más grandes cuentistas latinoamericanos. Aunque no niego que hablar de Ribeyro como cuentista me deja algo extraño, porque a la fecha me cuesta verlo solo como tal, porque así como fue un grande en el cuento, también lo fue en el registro del diario, por ejemplo.
Lo primero que hice fue leer el prólogo.
Al respecto, Marco García Falcón, la noche que tuvimos el conversatorio sobre su novela Un olvidado asombro en una librería local, me comentó que escribiría el prólogo para la reedición de esta novela de Ribeyro, cosa que le ponía muy contento.
Leí el prólogo, y lo volví a leer.
Amistad de lado, debo decir una vez más que García Falcón no solo es la prosa de su generación, sino también la más sólida de la narrativa peruana contemporánea.
Este prólogo, ubicado en la tradición de los retazos, nos brinda las suficientes luces que hacen aún más adictiva la poética de Ribeyro. En no más de cinco páginas percibimos la huella de la inteligencia literaria, alejada de la pedantería, que cumple su propósito de acercarnos a un autor en extremo clave, sin importar si ya lo has leído. Obviamente, los grandes generan epifanía sin necesidad de ayuda y este prólogo no es una ayuda, es más bien médula de esta publicación.
Los grandes escritores generan dos tipos de hijos literarios: los que imitan y los que se desmarcan de la influencia. Los que imitan, se deduce, son los limitados, aquellos que no van más allá de la sombra de la influencia, no son capaces de independizarse y cuyo destino es la caricatura. En cambio, los que se desmarcan son los que han recibido la influencia, sometiéndola a un proceso en el que se macera la voz, el estilo, el nervio, la mirada y la inteligencia. Se alejan de la sombra del árbol mayor para construir su propia sombra y sus propios hijos literarios sin proponérselo. Muestra de este desmarque lo vemos en este excelente y sabio prólogo que nos entrega García Falcón.


lunes, noviembre 17, 2014

183


Los días ajetreados y felices que paso en la feria se ven afectados por dos hechos, uno inesperado, el otro premeditado.
Lo inesperado tiene que ver con el viento. En mucho tiempo no sentía un viento tan apocalíptico como el de la tarde de ayer domingo. Por un momento pensé que íbamos a sentir otro remezón, igual que el viernes. Para muestra: la fuerza del viento hizo que un ejemplar de La metamorfosis de Kafka, en canónica traducción de Renato Sandoval, volara hasta la primera planta de Larcomar.
Había que tener cuidado y estar atento a la armadura del toldo gigante que le confiere un excelente toque de buen gusto a la feria y que la rescata/destaca del gusto chapucero del año pasado, feria llevada a cabo sin el menor criterio, cuya sola disposición de los stands nos hacía creer que en lugar de asistir a una feria de libro presenciábamos una larga fila de tiendas de campaña para damnificados.
Algunas bases se movían más de la cuenta pero mostraban una buena resistencia. El viento apocalíptico asustó a algunos, pero no duró más de lo que debió durar. Solo fue un susto que no tardó en disiparse gracias a la tibieza que nos deparaba el último regalo del sol.
Me puse a mirar el mar y pude ver el rayo verde, no el de Rohmer, pero a fin de cuentas un rayo verde con tintes plateados y espumosos.
Cuando estoy en días de feria, tengo que elegir: o escribo mucho y leo poco, o leo mucho y escribo poco. Sin duda, elegí la segunda opción, la que me satisface más. A diferencia de días anteriores, recién pude ponerme al día con las noticias locales. Bien pude quedarme con la imagen del rayo verde con tintes plateados y espumosos, pero tuve que manchar mi alma, mi mente, con la porquería en que se ha convertido este gobierno de Humala, sus cortinas de humo, sus personajes siniestros, como Belaunde, a quien van a matar con tal de proteger a la putrefacta pareja presidencial, cosa que no me sorprendería, porque si alguna característica excluyente exhibe este gobierno, esa es pues su nacimiento en sangre e impunidad.


domingo, noviembre 16, 2014

182


Ayer sábado, en un alto al ajetreo ferial, me puse a mirar el mar y prendí un cigarrito. Observaba sin observar el mar. Tenía en mis manos un par de libros, uno que siempre me acompaña en días feriales, que lo puedo leer en desorden y que a la fecha me resulta inagotable, Dietario voluble de Vila-Matas. El otro, que prefiero no mencionar, por el momento, hizo que soltara una carcajada ni bien terminara su primer párrafo.
Estaba sentado, despreocupado, untándome bloqueador.
Se supone que no pasaría mucho tiempo para volver al stand de Selecta, pero tuve una inesperada conversa con una niña de no más de siete años. Ella había venido con su mamá, que se encontraba revisando un par de poemarios de la colección El manantial oculto.
La niña me miraba. Yo la miraba. La niña miraba mi rostro pero también el brazo derecho, sus ojos estaban fijos en mi codo.
Le sonrío. Me devuelve la sonrisa.
Ella no demora en señalarme el codo.
Pensé un par de segundos antes de hacerlo, pero al final me animé, sabiendo de la inminente sorpresa que se dibujaría en su carita. Cogí el borde del polo y me lo subí.
La niña pudo ver las cicatrices de mi codo y parte del brazo.
La niña abrió los ojos. Los abrió más. Su boca abierta. Nunca había visto tanto horror.
Le dije que tenga cuidado con los gatos, puesto que los gatos pueden ser nuestros cómplices, pero también son peligrosos cuando los fastidiamos en su estado “alterado”. Le pregunté si tenía gatos y ella asintió. “Por eso, ten cuidado con los gatos”.
Me levanté y me acerqué donde su madre y le hice la boleta de los dos libros de El manantial oculto que compró.
Madre e hijita se fueron.
Hace años, muchos años, llegó a mi casa Nesho, un gatito blanco con manchas negras.
Aunque en un principio no lo quise, Nesho se convirtió en mi mejor amigo. He leído mucho y escrito mucho con él a mi lado. Obviamente, no será en este post en que escriba su historia, porque Nesho tiene su historia.
Un año antes de que Nesho nos dejara, Nesho me atacó y él es responsable de las cicatrices que tengo en mi codo derecho, que para algunos son el testimonio de una reyerta juvenil.
Nesho era un Don Juan, las gatas lo buscaban, solo a él entre todos los gatos del barrio. Cierta noche, madrugada mejor dicho, me disponía a dormir. Nesho no estaba en casa y no quería levantarme para abrirle la puerta horas después. Entonces salí a buscarlo al parque. Cuando lo vi me acerqué y muy cerca de él una gata en celo lo llamaba con jadeos. Nesho se acercaba despacio, pensé en dejarlo en su faena, en su salvaje estado alterado, pero no quería interrumpir mi sueño al tener que abrirle la puerta horas después, con mayor razón con lo mucho que me cuesta dormir.
Lo cogí del cuello y lo llevé a la casa. Mientras lo cargaba, su cuerpo temblaba, como si se estuviera electrocutando.
Cerré la puerta y caminaba a mi habitación.
Nesho se prendió de mi brazo, dejándolo ensangrentado.
Hice lo que tuve que hacer: curarme lo mejor que podía. Lavé la herida, la desinfecté y vendé mi codo.
No me hice problemas. La culpa había sido mía, por idiota, sin duda.
Me acosté.
Al levantarme, Nesho estaba durmiendo en el felpudo y me reclamó su desayuno.
Nada había cambiado.

miércoles, noviembre 12, 2014



martes, noviembre 11, 2014

181

Salgo a correr muy temprano, minutos después de las cinco de la madrugada. No es que tenga la costumbre de salir tan temprano, pero aprovecho que me desperté descansado, despejado, puesto que anoche me acosté a buena hora, quizá débil ante el inevitable despliegue físico que me demandó el día. 
Mientras corro, porque lo que hago es correr, no trotar, me vienen a la mente algunas ideas que no tenía del todo desarrolladas, pero que adquieren forma y cierto sentido en el acelerado ritmo de mis piernas, como si mis piernas tuvieran un poder para ubicar en su lugar aquello que parece una cuestión gaseosa. 
Ayer en la tarde, mientras seleccionaba los libros que Selecta llevará a la Feria del Libro Ricardo Palma, vino un pata que trabaja en una editorial del medio, quien me preguntó si pensaba escribir y publicar el artículo sobre Hora Zero y Kloaka. Hace buen tiempo le dije que pensaba escribir un artículo sobre el movimiento setentero y el grupo ochentero, a razón de la lectura de las relecturas que hice de Tromba de agosto y Ave Soul de Pimentel. Este nuevo acercamiento fue más que suficiente, tendría la puerta de entrada para preguntarme y responderme, o al menos hacer el intento, de aquello que también otros se preguntan, pero que a diferencia de mí, no tienen una respuesta clara a una realidad que se les pinta como una ciencia oculta. 
Las gotas de sudor se deslizan por mi cara, algunas quedan atrapadas en mi barba, barba que debo disminuir en volumen antes que la flojera me gane y así evitarme las puteadas que le daré a la vida cuando haga calor. Acelero más el ritmo, sintiendo el dolor en cada articulación inferior. 
El pata que trabaja en una editorial del medio tiene razón. Seguramente esperaba la publicación del texto sobre los poetas setenteros y ochenteros días después de decirle que pensaba escribirlo. A veces, puedes hacer planes, pero estos se postergan debido a otras urgencias, en este caso temáticas. Sin embargo, ahora sé cómo abordar ese artículo y no me importa nada si le dolerá o no a los otros, en especial a los forjadores de falsos discursos críticos sobre la poesía peruana contemporánea. 
Un triángulo de sudor se plasma en mi polo. Pese a estar agitado, el cuerpo me pide fumar, pero antes debo tomar agua y la botella de agua es lo que me olvidé en casa, pero no me hago problemas. La puerta trasera de mi casa está a menos de treinta metros y camino hacia ella, ahora bajo la claridad celeste mar de la mañana, en la que el silencio impera, silencio propicio para que cualquier tipo de sonido le confiera un sentido a la inmediatez de la vida. 
Antes de entrar, miro el parque y observo las plantas y los arbustos, esperando la aparición de mis gatos, que se me acercarán magullados, pero sin duda felices.