domingo, julio 27, 2014



jueves, julio 24, 2014

103


Desde hace un tiempo me siento muy cercano a la tradición de los retazos.
Me explico:
Cuando hablo de la tradición de los retazos me refiero al trabajo paralelo que realizan los escritores en relación a su obra mayor, a la que digamos, en teoría, le dedican una mayor atención, en la que se funde toda la fuerza mental y física. Supongamos que el escritor X viene escribiendo un proyecto narrativo, sea cuento o novela, pero en el curso del mismo recibe el pedido de escribir un artículo, un ensayo, una crónica, un texto de contratapa o un texto de presentación. El escritor X acepta y se embarca en la pequeña empresa. Le resulta fácil porque se trata de un tópico que domina. El escritor X cumple con el pedido y vuelve a la concentración que le exige el proyecto mayor. Sin embargo, no pasa mucho tiempo para recibir otro pedido, como por ejemplo, un ensayo sobre los 100 años del natalicio de un gran escritor. Y vuelve a cumplir con el requerimiento.
Pasan los años y el escritor X se da cuenta de que esos textos que escribió en paralelo a su poética bien pueden formar un libro, entonces decide publicarlos en formato de libro.
Ahora, a lo largo de mi vida he leído no pocos libros de este formato. Y los hay de todos los gustos y colores, es decir, de los buenos y malos. Digamos que durante un tiempo no era un terreno al que se iba a lo seguro. Además, cada vez que me topaba con una publicación de artículos escogidos o artículos reunidos que me atrapaba, no hacía otra cosa que festejarlo de la más manera más sana de festejar un libro: recomendándolo a los lectores, a los amigos o a los potenciales interesados en una buena lectura.
*
Felizmente las cosas están cambiando. Desde hace un tiempo se están publicando de forma recurrente este tipo de libros y de a pocos, en realidad no falta mucho, estos se convertirán en la cimiente para que los textos de la tradición de los retazos sean vistos como todo un género literario, como alta literatura con fuego para seducir a los lectores, haciéndoles creer y vivir en la experiencia de la palabra una experiencia similar a cuando leen ficción y poesía.
Vienen a mi memoria el Crack Up de Fitzgerald.
Y haciendo un salto temporal y geográfico el Tránsitos de Alberto Fuguet. O cruzando el charco, Una vida absolutamente maravillosa de Enrique Vila-Matas… Los artículos de Piedra de Toque de Vargas  Llosa. Hasta los cursos de literatura de Nabokov también se insertan en la tradición de los retazos. Ni se te ocurra pasar por alto La muerte de la polilla de Virginia Woolf. E imperdonable si no tenemos en cuenta los ensayos de T. S. Eliot.
Podría citar más nombres ilustres, pero nada me sacará de la cabeza de la fuerza de esta tradición. Pero me pregunto: ¿cómo insertarse en esta tradición? O sea, cualquier escritor en un arranque de megalomanía podría atreverse a reunir sus textos paralelos y publicar su librito de ensayos y crónicas.
Error, pues, error de errores.
La tradición de los retazos se reserva el derecho de admisión. La puerta está abierta, pero a medias, solo para los elegidos.
*
Y nos toca aterrizar en la tradición literaria peruana.
Hay que decirlo de arranque.
La tradición de los retazos en el Perú es casi inexistente, si es que hablamos de calidad literaria. Para ser parte de ella hay que exhibir también una obra narrativa o poética de alcance y referencialidad. Con este solo principio, lamentablemente, blanqueamos a los grandes articulistas de la primera mitad del siglo XX.
Ahora, es a partir de la segunda mitad del siglo pasado que hemos podido acercarnos a genuinas joyas literarias que nos harían pensar en una tradición de los retazos oculta en nuestra tradición literaria. Y como lector me parece saludable que sea oculta, no del todo vista, y lo digo conociendo el egocentrismo de muchos escritores peruanos, que a las primeras palmadas ya se alucinan la reencarnación de Thomas Mann o Fitzgerald.
Esta tradición oculta está conformada por un puñado de publicaciones que haríamos bien en frecuentar. Pienso en Sueños reales de Alonso Cueto, El pacto con el diablo de Miguel Gutiérrez, en Libros extraños de Luis Loayza, en Relámpagos sobre el agua de Guillermo Niño de Guzmán y, cómo no, en La caza sutil de Julio Ramón Ribeyro.
Debo confesar que he aprendido mucho de estos libros, me han servido de brújula y me han ayudado a cubrir mis lagunas lectoras. No sería el lector que soy sin ellos.
*
Pues bien, qué pienso y siento cuando leo los artículos, semblanzas, las crónicas y ensayos de Fernando Ampuero.
Digamos las cosas claras: cuando me acerco a sus textos, siento que me hablara el mismo Ampuero. Obviamente, aprendo de sus lecturas, me enfrento a sus criterios de lector, pero como dije, siento que me hablara, que me hablara risueñamente, como si estuviera con alguien con quien estuviera conversando durante horas, horas que no pasan, como si se detuviera el tiempo.
Conozco a muchos lectores que me dicen lo siguiente de los artículos de Ampuero: “oye, Gabriel, qué paja escribe el tío”.
Es que es eso: los artículos, las crónicas y ensayos de Ampuero son pajas. Una verdad incuestionable. Y lo son porque desde siempre ha manifestado y cuidado la honestidad de su prosa. Estamos ante un autor que no solo ha encontrado su voz, sino que la ha nutrido con una mirada muy peculiar, una mirada doble, una puesta en los libros y la otra en la vida, por igual, sin descuidar ninguna de ellas.
Mirada y voz hacen el estilo Ampuero.
El estilo Ampuero nos lleva hacia uno de los libros más vitales y librescos de la tradición de los retazos Made in Sudamerica: Tambores invisibles.
Lo que digo no es exageración. Lo digo sano, con la mente en estado de quietud y paz.
Tambores invisibles es un libro que habla. Es un libro que nos ofrece el otro lado de uno de los escritores peruanos más referenciales y, también polémicos, de la literatura peruana contemporánea. Ese otro lado que nos lleva a conocer su cocina literaria, su cantera lectora, como también a la persona como tal.
A medida que recorremos estás páginas no demoramos en ser cautivados por una oralidad, una oralidad pícara que nos habla sin poses intelectuales de Petronio, Capote, Chéjov, Ajmátova, Melville, Fitzgerald, Salinger, Lowry, Rimbaud, Hitchcock, Sérvulo Gutiérrez, Montaigne, Simenon, Bryce, Ribeyro, Borges, Fellini, Chocano, Rulfo, Cortázar…
Por ejemplo. Como lector nunca me ha gustado Chocano. Quizá su vida me ha llamado la atención, como a todo mundo, pero luego de la lectura de “Chocano/Aventurero”, en la que se nos da una sabrosa semblanza vital del poeta, me han dado ganas de darle una oportunidad más a su poesía.
Y esto es un milagro.
Y si se trata de explicar este milagro literario, lo haríamos gracias a la conexión.
Ampuero conecta con sus textos miscelánicos. Estos textos no fueron escritos por cumplir, en estos hay un implícito compromiso de parte de su hacedor.
Sentimos un gusto en su escritura.
Por ello, sus textos miscelánicos conectan con los lectores. El lector no es ningún tonto, percibe en una la falsedad, la patraña, la ausencia del punto de vista personal.
Por eso decimos que el tío Ampuero escribe paja. Por eso Ampuero tiene los lectores que tiene.
No es gratuita esta sentencia, damas y caballeros.
*
Líneas arriba dije que la tradición de los retazos en Perú es aún silenciosa. Y pese a que no tenemos una gran cantidad de libros insertados en esta tendencia, debemos estar más que satisfechos con lo que tenemos. Mientras escribo estas líneas pienso en Tambores invisibles y me es difícil no contener una sentencia personal, en la que no juega para nada la amistad que pueda tener con el autor. Esta sentencia yace en que la presente publicación resulta medular para entender el proceso de la literatura peruana contemporánea, que abre camino y brinda seguridad a nuestras voces mayores a insuflarle más vitalismo y compromiso a sus textos que escriben en paralelo al proyecto literario mayor.
Con mirada, voz y actitud, se pueden escribir misceláneas que alcancen incuestionables cimas literarias, misceláneas llamadas a perdurar.
Si en caso haya alguien en desacuerdo, a quien no le cuadre la idea de que los escritos de no ficción no pueden ser considerados como literatura, pues le sugiero que lea Tambores invisibles, una gran puerta para desinfectarnos de prejuicios que nos alejan del verdadero placer de la lectura.
 
 
Texto leído en la presentación de Tambores invisibles. FIL 2014.


102


Los días de feria son no menos que adrenalínicos, siempre hay algo que hacer, alguna que otra coordinación.
Ahora, lo que más me gusta de las ferias, sea en calidad de visitante o expositor, es que puedes encontrarte con gente después de mucho tiempo, narradores y poetas que a bolsas llenas caminan por la FIL.
¿Si esta FIL es mejor que las anteriores?, es la pregunta.
Yo creo que ahora se puede caminar sin tropezarte. Además, los efectivos de seguridad parecen ahora más decentes, se dedican a cuidar y esta eficiencia la notamos en su ausencia.
En los primeros días me dediqué a caminar, recorrí todos los stands de la FIL, pero me fue imposible no cruzarme con el Chancho Diabólico y sus guardaespaldas. Basta ver su cara para llegar a la rápida conclusión de que el mal vive en él. A pesar de ello me di maña para comprarme ciertos títulos que buscaba desde hace buen tiempo. Eso es lo que se tiene que hacer en las ferias, buscar, hacer arqueología, huequear entre las rumas de libros.
Lo que más gusta hacer cuando estoy en Selecta es recomendar lecturas. Si en caso no tuviera el libro que me piden, pues mando a los interesados a los stands en donde posiblemente lo podrían encontrar.
Yo quiero que la gente lea, pues.
Y como quiero que la gente lea buenos títulos, aprovecho el post para dejar un enlace de una nota que me hiciera sobre Selecta el periodista Jorge Urbano para el blog Lee Miércoles de RPP.


lunes, julio 21, 2014

101


Se supone que ayer, en la FIL, debía leer el texto sobre la presentación de Kaddish de Allen Ginsberg. Pero no fue así. Lo que hice con el traductor del libro, Rodrigo Olavarría, fue un más que estimulante diálogo sobre este poeta de la Generación Beat.
La Sala César Vallejo intimida a cualquiera. Es no menos que grande y a esa misma hora se desarrollaban otras presentaciones digamos más mediáticas. Pese a que en principio había poca gente, de a pocos llegaba el público y el público llegó. No solo eso, sino también se mostró muy participativo cuando di pase a la ronda de preguntas.
Es que el espíritu de Allen Ginsberg estuvo presente.
Ahora, todas las preguntas que le formulé a Olavarría partieron del siguiente texto que leerán a continuación.
 
 
Escribir de Allen Ginsberg no es cosa fácil, aunque parezca. Y lo parece porque quizá Ginsberg sea el poeta medular, el catalizador, de todo poeta o narrador en ciernes, es decir, te hablo de un poeta al que puedes asimilar sin necesidad de saber, o haber leído, mucha literatura. Y lo dicho no es para nada algo menor, porque la poesía es hoy en día lo más honesto y real que podemos ver en la literatura, la que le confiere de un sano aliento de autenticidad, la que se distingue de ese circo en que se ha convertido la literatura. Se suele decir que para apreciar la poesía hay que tener un cierto nivel de conocimiento, o sea, la sensibilidad no basta, resulta insuficiente, la emoción tiene un límite. En este sentido, Ginsberg es una presencia clave, la luz que te hace creer o por un momento alucinar en la posibilidad de pensar en que dedicarte a la literatura valdría la pena. Son pocas, contadas, las poéticas que te permiten experimentar en la palabra un mundo de aventuras, aventuras no necesariamente sanas o edificantes, me refiero pues al viaje de la vida, un viaje que te hace añicos pero que a la vez le da un sentido a tu vida, en una especie de adicción por lo extremo, una adicción que parte de la mente, de la teoría de lo que podría ser, por ello, tentadora, tentadora de lo que haría si te atrevieras.
Cuando leí por primera vez a Ginsberg tenía en claro que no quería ser poeta. Simplemente me interesaba vivir, leer y tirar. Nada más. Ni siquiera tenía en claro dedicarme a la literatura. Fue pues en 1995, en la mañana de un sábado de mayo, cuando me  acerqué a la Casa Museo José Carlos Mariátegui. Días antes una amiga me había comentado que en esta casa-museo se estaba llevando un taller de poesía, en donde se leerían y comentarían los poemas de los poetas malditos, pero los poetas malditos del Siglo XX. Me llamó la atención esa idea, “los poetas malditos del Siglo XX”. Llegué a la sesión del taller, sesionada por un inefable poeta noventero que dio inició con la lectura de los primeros versos de “Aullido” de Ginsberg. Aún mantengo en la memoria las palabras del poeta norteamericano, más que suficiente con ello, porque luego de la lectura del poema insignia de Ginsberg, el inefable poeta noventero no hizo otra cosa que no sea la de hablar de sí mismo y del por qué debíamos leer su poesía. Considero esa mañana como histórica, histórica en mi biografía ya que me ayudó a no tomar en cuenta a los poetas parlanchines sin talento y, muy en especial, porque había descubierto a un poeta que de la manera más simple me lo decía todo.
Con “Aullido” aprendí a no emputecerme.
Y con esa sola sensación basta y sobra. Bastó y sobró para empezar a leerlo en serio, a buscar cosas de Ginsberg por las calles del Centro Histórico de Lima. Además, había una motivación extra, el contexto político signado por la lucha contra la dictadura fujimontesinista.
Loco, pues.
Buscar poemas de Ginsberg en el pútrido aroma de la dictadura, ese era el contexto.
Aunque los tiempos habían cambiado, podemos decir que en esos años los no idiotas exhibíamos una genuina actitud de rebeldía, y fue quizá esa rebeldía la que me impulsó a leer no solo a Ginsberg, sino a toda la Beat Generation y fagocitar a todo artista rubricado por esa actitud.
*
Empecé a leer a Ginsberg gracias a las antologías de poesía norteamericana que encontré en la biblioteca del ICPNA del centro de Lima. No tenía dinero para comprarme sus libros traducidos, pero ello no era impedimento, me las jugué leyendo en inglés a los poetas de la Beat Generación con el más dispuesto de los ánimos. Fue un milagro que encontrara en los intocables anaqueles de la biblioteca del ICPNA varias antologías de poesía norteamericana contemporánea, entre las que se encontraban cuatro antologías poéticas que me brindaban acercamientos sobre lo que verdaderamente fue este movimiento, sobre su alcance y grado de influencia.
Como todo proceso de lectura, algunos representantes de la Beat Generación se me fueron decantando, ya no admiraba la obra en conjunto de cada uno, sino que me iba quedando con retazos de cada quien, incluyendo el mismo Kerouac. Sin embargo, Ginsberg se me presentaba como el más sólido a nivel de poética, lo cual no es poca cosa, ya que nunca se dejó de decir que el activismo de Ginsberg sustentaba precisamente su poética, o sea, la crítica mezquina que anhelaba verlo en el suelo, diseminaba esta propaganda, falsa, pero que no lo hería.
Pero también le hacían daño sus mismos seguidores. Para que tengamos una idea: lo podemos ver con los seguidores de Bolaño, que quieren parecerse al enorme escritor chileno.
Lo mismo, exactamente lo mismo, ocurre con Ginsberg. No pocos seguidores querían parecerse a Ginsberg. Parecer es pues lo más fácil. Ser Ginsberg, aunque sea una milésima parte es lo fregado, lo cuasi imposible. Por ese motivo durante muchos años se sabía que Ginsberg era uno de los grandes, pero la misma posería de sus seguidores impedía que se le reconozca unánimemente como un gran poeta.
De a pocos, pero a paso lento y seguro, se comenzó a leer la obra de Ginsberg. Sus libros se traducían y aparecían ediciones bilingües no solo de su poemario insignia, Aullido, sino de los otros, de esos poemarios de los que solo conocíamos por fragmentos.
Ha pasado tiempo el tiempo prudencial y ahora tenemos una idea más clara del corpus poético de Ginsberg. Valoramos a Ginsberg primeramente como poeta, por la escritura de su poética, que es lo que nos debe interesar, y luego admiramos y apreciamos su coherencia con la vida que decidió llevar, por ser un curioso viajero. Por ejemplo, durante algunos meses vivió en Perú, en donde, entre otras cosas, se encontró con Martín Adán en el Cordano, con quien, luego de algunas horas de conversa algo agitadas por el ron y el alcohol, terminó en un hotelito de mala muerte en Barrios Altos.
*
El libro que nos reúne esta noche es muy especial, especial por donde lo mires.
No quiero ahondar en el hecho de si es lo mejor o no de Ginsberg.
Que de esa tarea se ocupen los críticos y teóricos.
A mí me gusta Kaddish porque nos pone en bandeja al Ginsberg más vulnerable, a un ser humano más quebrado de lo que siempre fue. Leemos a Ginsberg y no dejamos de presenciar a un ser humano de sensibilidad afectada, lo percibimos en todos sus poemarios, en cada verso, pero en Kaddish esa sensibilidad la vemos por los suelos, encontrando en la poesía la redención del dolor que le produce la muerte de su madre, Naomi, que lo lleva a revisitar no solo la vida de ella, sino la suya misma.
Escribir sobre su madre fue prácticamente escribir de sí mismo.
A medida que leemos este extenso poema en prosa, nos sumergimos también en esa caudalosa trastienda que la nutrió. Kaddish vendría a ser una caja china a la que habría que asimilar con todo el cuidado posible, aparte de transmitir en el texto, prestemos también atención a lo que nos dice entrelíneas. Ginsberg nos habla de la poesía, de su esencia, pero sin caer en la bajeza de esos ramplones discursos que la pintan como medio de expresión. No. Los grandes como Ginsberg no caen en estas chapucerías.
Lo que nos dice el poeta sobre la poesía es que esta es un destino en sí misma.
No puedes querer ser poeta.
Eres poeta porque sí.
Naces poeta y a esa esencia tienes que consagrarte.
Ginsberg brinda escuela desde el dolor. Nos indica el camino y a ese camino deberíamos consagrarnos como seguidores de la buena y epifánica literatura. Con mayor razón con los poetas bajo la luz de Ginsberg. Ginsberg no les dice en Kaddish que sean buenos o grandes poetas, no. Ni hablar. Lo que dice es que sean poetas, honestos con el discurso poético, y de tener un discurso en paralelo y relacionado al poético, pues a honrarlo con la coherencia.
Ahora, y para terminar.
A Ginsberg solo lo puede traducir otro poeta. En este caso, sería imperdonable pasar por alto la mágica traducción de Rodrigo Olavarría, mágica  porque supo equilibrar la literalidad del texto y su interpretación personal, y sobre todo, no alterar el respiro y el aliento narrativo del maestro. Los lectores de Ginsberg estamos más que agradecidos.
Esta traducción de Kaddish es canónica.
Firmo lo dicho.
Eso es todo, gracias.


sábado, julio 19, 2014

100


La primera vez que supe algo del norteamericano William Gaddis fue por una casualidad. Acababa de comprar más de treinta libros de una antigua colección de Alfaguara, la diseñada por Enric Satué, legendaria serie de tomos pastosos y de colores plomo y morado. Entre los títulos figuraba Los reconocimientos, que desde el título se me hizo no solo extraño, sino también atractivo.
Desde las primeras páginas me di cuenta de que la empresa sería no menos que complicada. Me sumergí en la novela con toda la concentración posible. Era muy joven y en plena determinación posera me había propuesto leer solo obras maestras, como quien llena la cantera lectora que me protegería de las mentiras que deparan las etiquetas de las novedades editoriales. Gaddis se me presentó como un autor distinto, al que había que seguir en serio la costura narrativa, regresando a sus párrafos más de una vez, con la atención puesta en todos los recursos narrativos que empleaba, a lo mejor en deliberada vesania o en presupuestado desorden. Cuando terminé Los reconocimientos, vinieron a mi mente el Ulises de Joyce y el Tristram Shandy de Sterne.
No era para menos, con este autor había que ir con cuidado. Con mayor razón cuando los narradores norteamericanos contemporáneos que admiraría después no dudaban en resaltar su legado cada vez que podían. Jonathan Lethem, David Foster Wallace y Jonathan Franzen se deshacían por Gaddis, por la confianza que les suponía su poética maléfica, en la que el humor y el espíritu de denuncia iban a la par, como una sola carne en la que se canalizaba la locura del consumo que caracteriza a la cultura gringa.
En los últimos años se ha venido rescatando la obra de este tremendo narrador. Se trata de una empresa difícil y estimulante para cualquier traductor de prestigio, pues Gaddis, aparte de ser un capo de las metáforas, también lo era del doble sentido en el discurso de la ficción. Gaddis te poseía a través de un enjambre de voces que le permitía propinar más de un certero golpe en el inconsciente del lector, por más activo que este haya sido, que en principio no tenía la más mínima idea de lo que leía; pero precisamente por ese no-entendimiento accedía a la riqueza de su propuesta, abriéndose de a pocos camino a la claridad, a la calma de la pasividad receptora.
Por ello, qué mejor muestra del infinito ingenio de Gaddis que Jota Erre, a la que bien haríamos de calificar de novela total, la misma que en 1976 le valió el National Book Award. La presente novela total parte de los pequeños detalles y se nutre de personajes en sí inverosímiles, como el protagonista, un niño de once años, Jota Erre Vansant, quien como jugando, y contra la incredulidad de sus mayores inmediatos, forja un imperio bursátil, proyecto que lleva a cabo desde el teléfono público de su colegio durante los recreos, ni más ni menos. Jota Erre hace lo que le da la gana con sus incautos interlocutores, mediante su voz suave e inteligencia luciferina que lo convierten en un nato seductor hasta de los más recalcitrantes. A Gaddis nunca le interesó el lector medio, por ello presenciamos un endiablado uso de diálogos que solo los valientes podrán soportar para quedar finalmente en la nada, nada que supone una liberación existencial. Uno no puede ser el mismo luego de este viaje de más de mil páginas de dificultad y llanto, que devienen en un aprendizaje nada fácil. Los verdaderos maestros, cuando enseñan, lo hacen sin alterar sus códigos y vale la pena formarse en estos códigos que nos permiten admirar una poética muy influyente en las plumas más referenciales de entre siglos. Franzen tenía toda la razón cuando llamaba a Gaddis «Mr. Difficult».
 
 
Publicado en Buensalvaje 12

viernes, julio 18, 2014



jueves, julio 17, 2014

99


Me encontraba sumamente ocupado, ultimando los detalles finales para la participación de la librería en la FIL. En mi mente, deseaba dos cosas. Uno, que no llegara el día de hoy jueves, el de la instalación (no tienen la más mínima idea de lo agotador que puede ser), hecho imposible de evitar en todo sentido. Y dos, desear algunos minutos de desconexión de la realidad, algo que me haga olvidar lo que es trabajar contra el tiempo.
Ni uno ni lo otro daba visos de realidad inmediata.
Pero algo pasó.
Llegó a Selecta el narrador y crítico literario Jorge Valenzuela, quien me entregó un ejemplar del número 84 de la revista Letras, revista de la facultad de Letras y Ciencias Humanas de la UNMSM.
Hace buen tiempo Valenzuela me había pedido una reseña de un ensayo publicado por Carlos Yushimito, Subjetividades amenazadas. Sobre ese libro hice una reseña, en su momento, para Buensalvaje, sin embargo, para Letras la aumenté. ¿Hice trampa? No sé, y la verdad es que me importa muy poco.
Tener en manos esta legendaria revista de San Marcos me trae recuerdos encontrados. Nunca pensé publicar en una revista de corte académico, y legendaria (más de ochenta años, para más señas), una reseña por demás impresionista y arbitraria.
Las cosas son así y se disfrutan.
 
… 
 
Quizá la narrativa de la década del ochenta sea una de las más descuidadas de la historia de la literatura peruana. Uno revisa los diarios y revistas de esos años y de inmediato llega a la conclusión de que la atención estaba puesta en la producción poética, al punto que pudiera pensarse en la poesía como el único canal de transmisión, entre sus sujetos artísticos, de sensaciones y emociones ante la avalancha de desconcierto y desarraigo que fueron la marca de agua de aquel contexto incierto y violento. Había necesidad de gritar, sin duda, y la poesía y las canciones subte servían para amainar toda la furia contenida de esa generación que vivía bajo el sonido de las explosiones de cochebombas y el fuego cruzado. Nadie quería vivir en el país, bastaba ser testigo de las interminables colas en migraciones para llegar a la conclusión de que para poder salir adelante, había que huir de la realidad. Parte de este contexto incluía también a los sujetos con vocaciones artísticas o creativa, seguramente más de uno habrá visto truncado sus aspiraciones y proyectos, optando por trabajos alimenticios, los que al menos les podría servir para ahorrar y así con el tiempo cumplir el deseo de abandonar de una buena vez la tierra en la que nacieron y la que no les ofrecía ninguna posibilidad de realización. En esos años no daban ganas de vivir en Perú. Fueron los años del odio sostenido, de la desconfianza. Más de uno tenía la certeza de que era una maldición vivir en este país.
De los poetas peruanos que se dieron a conocer en los ochenta se viene escribiendo mucho, hasta más de la cuenta. Sobre la narrativa de aquella década existen muy pocos documentos que nos permitan acceder a un mosaico de lo que se hizo. De ese minúsculo universo, tenemos al menos dos antologías muy importantes: En el camino de Guillermo Niño de Guzmán y El cuento peruano 1980 – 1989 de Ricardo González Vigil. Quizá pueda destacarse la publicación del cuentario Caballos de medianoche de Niño de Guzmán, publicación que sí gozó de atención y publicidad, pero no por la contundente calidad de la propuesta del entonces joven autor, sino por el apadrinamiento del siempre poderoso Mario Vargas Llosa. Esto bien puede servirnos de espejo del circuito literario local, en donde resultaba insuficiente la calidad literaria, sino que era necesaria la “ayudita” de una voz mayor, de peso, para salir del círculo de amigos y familiares que celebran la aparición de un libro. A tal punto se había llegado, que no sería nada descabellado pensar en las muchas voces que se perdieron en aquella década por falta de un poquito de fe. Pensemos también en Hildebrando Pérez Huaranca, la antípoda de Niño de Guzmán, que se hizo conocido no por ser un buen narrador, sino por sanguinario senderista, responsable de la masacre de Lucanamarca. Por eso, como señalé líneas arriba, publicar un buen libro no era nada, se necesitaban de propicios y nada propicios factores externos a la literatura para empezar a hablar de un autor. Ni hablemos de la industria editorial, que si existía, existía también en la indigencia estética, en donde era frecuente toparnos con novelas y cuentarios en papel periódico, publicaciones que exhibían una portada de cartulina plastificada. En este sentido, el ensayo Subjetividades amenazadas de Carlos Yushimito es, bajo todo punto de vista, una invitación a conocer y redescubrir la narrativa de esa generación perdida.
Una invitación como esta no pudo ser más ideal. A lo mejor ayude en su difusión el justo y súbito prestigio de Yushimito, un “Granta Boy”, a quien, aparte de reconocerle su toque mágico para la prosa --cuyo estilo nos recuerda a un Juan Carlos Onetti, pero con afecto--, le conocemos sesudos ensayos y artículos publicados principalmente en la bitácora El hablador. Yushimito es a la fecha uno de los narradores más dotados de su generación y no sería nada extraño considerarlo como un genuino Best Seller de la siempre exigente población conformada por lectores duros y exigentes, de esos que han superado largamente los cuarenta libros leídos en vida.
El presente trabajo muy bien podría marcar un antes y un después en los discursos críticos sobre los años de la violencia política y su representación en la literatura. Es hora pues de los acercamientos desideologizados y de la valoración de la literatura por la literatura, sin denostar, obviamente, el respiro político e ideológico que bien pudieron inspirar a sus autores, puesto que todo discurso de ficción, todo discurso poético, encierra una postura o una visión política de la vida… pero esta nunca debe ser determinante al momento de la valoración literaria. Por ello, y pese a su brevedad, lo que se lee aquí exuda frescura argumentativa y una mirada complaciente para con los relatos de los autores en los que cimenta su trabajo. Lo que hace Yushimito es llevar a buen puerto lo que Octavio Paz llamaba “Rigor generoso”, el cual se justifica en los textos literarios que nos gustan, enseñan y quedan en nosotros como una fuerza radiactiva.
No es casual que el autor subtitule su ensayo como “Una relectura de la crisis social”. Es decir, nos entrega en bandeja otra característica de la narrativa ochentera, ahora pautada por los tópicos de la evasión y el exilio interiores, que generó una exploración intimista en la voz de yo, por la que se accedió a un fresco distinto de la convulsionada realidad social fragmentada por el horror. Yushimito encausa y refuerza su exposición en tres relatos, muy bien elegidos, por cierto: “La venganza de Gerd” de Alonso Cueto, “Caballos de medianoche” de Guillermo Niño de Guzmán y “El secreto de Marion” de Jorge Valenzuela.
Pues bien, echemos una mirada a los autores elegidos. Esta escogencia muy bien pudo ser guiada por una estrategia comercial, o lo que es peor, seguir los cauces de las afinidades políticas, pero no. No fue así. Yushimito apuesta, como tiene que ser, por un criterio eminentemente literario y ello se corrobora con Cueto y Valenzuela, narradores que han ido cimentando una voz personal, en cuya poética vemos la mutabilidad del sujeto ante lo que le rodea, poética que a lo mejor recoja de la técnica cuentística norteamericana, pero enfocada en el realismo mimético stendhaliano, siendo la ciudad de Lima la protagonista mayor en casi todos sus libros. Yushimito demuestra que es un lector serio y un crítico honesto y es precisamente esta honestidad intelectual la que le ayuda a recrearnos toda una época gracias a su narrativa que se hizo fuerte en la mirada del individuo, una narrativa sobreviviente que merece una lectura más atenta, a la que debemos dejar de observar como si fuera un hiato, un descuido, una tarea para hacer después. Por medio de Cueto, Valenzuela y Niño de Guzmán, tenemos las puertas de nuevos ingresos a una década que nos ofrecerá más de un grato descubrimiento, que nos lanzará a la búsqueda de esos libros de narrativa que se publicaron y que se perdieron, pero que hoy tienen la posibilidad de ser redescubiertos y así ver hasta qué punto la narrativa de los ochenta, en lo literario, ofreció resistencia.


miércoles, julio 16, 2014

98


Creí que julio y agosto serían meses tranquilos.
Pero no. Me equivoqué, porque julio y agosto serán meses adrenalínicos.
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Anoche nos confirmaron que Selecta Librería participará de la próxima FIL de Lima. Entonces, nos dejamos de huevadas, detuvimos la tranquilidad y lentitud del inventario y nos pusimos sobre la marcha, luchando contra el tiempo porque esta feria internacional empieza este viernes 18.
Como dije en un par de posts anteriores, voy a presentar algunos libros durante esos días en los que me toparé con comerciantes de libros que odian la lectura. (Seguramente este fenómeno se da en otros países, pero no creo que ese fenómeno adquiera la costura pintoresca y colorida que vemos por estos lares.)
Pues bien, dije que presentaré algunos libros. Al respecto, me siento en paz conmigo mismo, porque a diferencia de otras ediciones feriales, ahora debo decir que ninguno de los títulos merece el rótulo de interesante, hacerlo sería una mezquindad, un acto ruin sobre estos libros que desde el saque se muestran lejanos de la medianía que signa a no pocas publicaciones peruanas.
Entonces, sería idiota no alegrarme, no recomendarlos cada vez que pueda.
*
Me esperan días de mucha actividad, pero le seguiré poniendo la misma onda de siempre, o sea, este blog no cierra, y el día que lo cierre será para siempre, cuando me sienta viejo y cansado, o sea, en mucho tiempo.
Aunque el viernes haré un alto a mis actividades, a las 5 de la tarde tendré una reunión a la que no debo faltar. No sé cuántas horas dure la reunión, pero allá vamos con buena onda e ilusión. Y mientras tanto, releo algunos cuentos de La geometría del amor de Cheever, repico algunos pasajes de Operación Masacre de Walsh, también ciertas páginas de Los amores de un bibliómano de Field, del que escribiré una reseña en los próximos días.

lunes, julio 14, 2014