martes, junio 30, 2015

315

Ayer en la mañana llegamos a Arequipa, nos instalamos en el hotel y nos fuimos a desayunar cerca de la Plaza de Armas. El sol serrano, maravilloso y tramposo, hacía de las suyas con nosotros. Como era feriado, tuvimos algunos problemas, el peor de todo era esperar la llegada de los camiones de Comité 4. Me preguntaba en qué momento traerían las cajas sabiendo que la Plaza estaba cerrada para el tránsito de vehículos. Felizmente, el problema se solucionó y tuve que darle una merecida propina a los cargadores de la empresa que trabajaron en un día feriado. 
En la tarde regresé un rato al hotel. Me conecté a Internet y vi todo lo que ocasionó el texto que escribí sobre los nombres que se incluyen en dos antologías de narrativa peruana última que han aparecido o están por aparecer. 
¿Vale la pena contestarle a los gallinazos? 
No. 
Al menos, mi idea central es la siguiente: ese texto no fue una reseña y más de uno la interpretó como tal. 
Y la situación me ayudó a identificar los otros lados de las personas, a reforzar más mis cuidados con aquellos que me soban, como ven que no los empeloto, se guardan toda la mierdita para hacerla explotar a la primera ocasión. 
Lo sé, a algunos les jode que no pocos me consideren crítico literario. Más de una vez lo he dicho: no soy crítico literario. Por eso, he decidido dejar de comentar libros y darle el pase a los gallinazos que me quieren ver en Piedras Gordas, en donde abriré una librería. Faltaba más. 
Mientras tanto, seguiré disfrutando del sol arequipeño.

lunes, junio 29, 2015



una antología y un negocio

No lo voy a negar. La aparición de las antologías Selección peruana 2000 – 2015 (Estruendomudo) de Ricardo Sumalavia y El fin de algo (Santuario Editorial) de Víctor Ruiz, me hacen pensar en la sombra de Disidentes sobre ellas. 
Al menos, tengo esta impresión ni bien veo las listas de autores que las conforman. En este sentido, tenemos algunas certezas y más de una expectativa. Me doy cuenta de las voces que se han consolidado, de las que luchan por consolidarse, como también de las que sin esperar mucho comienzan a tener una mayor presencia apelando a la tranquilidad del perfil bajo. 
Lo que acabo de decir no gustará ni a Sumalavia ni a Ruiz, pero poco o nada me importa si les guste o no, no me quita el sueño si están de acuerdo o no sobre si Disidentes es la sombra de sus antologías. Por ejemplo, en lo personal no tengo reparo alguno en aceptar que la gran sombra de Disidentes es la antología En el camino de Guillermo Niño de Guzmán. 
Ambas antologías vienen marcadas por la ambición. Abordar los últimos quince años de la producción de la narrativa peruana, en cuanto a las voces que aparecieron en ese marco temporal, es, por lo menos, un asunto serio, digamos titánico. La situación es bestial para cualquier encargado de llevarla a cabo, puesto que se tiene que exhibir un afán de trascendencia y dejar de lado la trascendencia del presente. Uno tiene que rehuir de los amiguismos y de los intereses económicos, además, siempre he pensado que la elaboración de cualquier antología es una prueba de fuego para el antólogo en su condición de lector. En otras palabras: el antólogo tiene que dejarse de cojudeces. 
Al mirar las listas de estas dos antologías, percibo un resentimiento. Si vas a dar cuenta de lo más pintadito en narrativa peruana última, tienes que respetar una base de autores, tienes que contar en principio con Carlos Yushimito, Alexis Iparraguirre, Jeremías Gamboa, Marco García Falcón, Daniel Alarcón y Luis Hernán Castañeda. Es cierto que un par se encuentra en una inevitable caída libre, pero no hay que darle la espalda a la historia, debemos respetar la trayectoria. A este grupo podríamos añadir a Jennifer Thorndike, Martín Roldán, Julie de Trazegnies, Francisco Ángeles y Juan Manuel Robles. En este sentido, la ausencia de Robles en ambas antologías es peor que lo de Jara a Cavani y no lo digo por el éxito de Nuevos juguetes de la Guerra Fría, porque desde mucho antes ya había dado muestras de su talento y oficio con Lima Freak y algunos relatos premiados. No es una base gratuita, para llegar a ella hay que estudiar bien el periodo impuesto, no limitarnos a los peligros de la memoria inmediata. 
Así de jodido es el asunto: si voy a hacer una antología de narrativa peruana última, la escrita en un periodo de quince años, y no cuento con Yushimito, Iparraguirre, Gamboa, Alarcón, Castañeda, De Trazegnies, Thorndike, Ángeles, García Falcón Roldán y Robles, simplemente no hago nada. 
Pues bien, este tipo de antologías exigen de uno un arduo trabajo de arqueología y todo indica que los antólogos no han querido ensuciarse ni las uñas. Me queda claro que no han leído todo lo que han tenido que leer y que se han dejado llevar por un impresionismo bruto que les ha causado una amnesia imperdonable. Barajo la posibilidad de que solo se han dedicado a Googlear y hacer consultas por el chat de Face. O sea, pregunto: ¿no se han dado cuenta de que uno de los cuentarios más importantes de la década pasada es París personal de García Falcón? ¿Les suenan los nombres de Sandro Bossio, Thorndike, Miguel Ruiz Effio, Juan Carlos Bondy y Roldán? 
Obvio, dirán que no hay antología perfecta, que los gustos de los antólogos no tienen que ser iguales e idioteces parecidas. Con el material humano que tenemos, bien se pudo hacer antologías coherentes que dialoguen y discutan entre ellas. Este no es el caso. 
Veamos pues los nombres que integran Selección peruana: se siguen los mismos criterios de la primera Selección, la del 2007, criterios amparados en la frivolidad y el capricho. Claro, a diferencia de las anteriores Selecciones, la de ahora no es cobarde porque hay alguien que la firma. 
Contra lo que pudiera pensarse, no llama la atención la ausencia de Santiago Roncagliolo. Recordemos que hasta hace algunos años él figuraba en todas las antologías de narrativa peruana última y esa presencia se debía en gran medida a su impacto mediático. Últimamente, lo veo ausente en este tipo de publicaciones. Al respecto, días atrás, una lectora enamorada del autor me preguntó con mucha pena por qué últimamente no lo incluyen en las antologías peruanas. Tardé más de lo debido en brindarle una respuesta, porque era cierto, al pata no lo vienen incluyendo, ya sea porque lo literario no es su fuerte, ya que lo suyo es entretener, o porque se sentirá como Cristiano Ronaldo al que le ruegan participar en un partidito de la Copa Perú. 
Yendo a lo serio. 
No lo voy a negar: Víctor Ruiz no es un santo de mi devoción. Y este no es el momento para exponer sus atrocidades y pendejadas editoriales, que muchos conocen, por cierto. Sin embargo, no lo descalifico como lector, aunque me gustaría que sea uno con más carácter, que no se deje llevar por el amiguismo, que desarrolle más su olfato de lector en vez de estar como loquito tras la foto histórica para el Face. A su edad, y con todo su acervo de lecturas, Ruiz tiene que saber que si un libro no le gusta, no quiere decir que el libro sea malo. A pesar de este reparo, reconozco que su selección, en comparación a la de Sumalavia, es muchísimo más fuerte, coherente y legítima en lo literario. Su selección nos permite acceder a un paneo muy general de lo que ha sido la narrativa peruana en los últimos diez años, sí, pero que ni empujándola llega a los quince. La ambición sobrepasó a Ruiz, se puso nervioso, a lo mejor como “La chancha” Besada ante la marca de Cafú. 
De Sumalavia esperaba más, en realidad, muchísimo más. 
Esperaba más por tratarse de un escritor posicionado. Esperaba más por su formación. Esperaba más de su seriedad, seriedad de la que no pocas personas me han hablado. 
¿Qué nos presenta en Selección Peruana 2000 – 2015? 
Respuesta: una mentira que el editor Álvaro Lasso va a promocionar como lo “mejorcito” de la narrativa peruana última, tanto en Perú como en el extranjero. 
Me causa pena que Sumalavia sacrifique su esforzado prestigio literario por un arroz con mango. Me sorprende que a su edad caiga en inocentadas, o, en todo caso, que no haya sido del todo honesto al aceptar este encargo de Lasso. 
¿O bien no fue honesto porque no conocía la narrativa peruana de los últimos quince años o bien se prestó a la jugada en pared con Lasso? La única diferencia entre esta Selección y las anteriores, como ya señalé, es que hay alguien que la firma. Sin embargo, el espíritu sigue siendo el mismo: privilegiar lo comercial sobre lo literario, con su toque frívolo, condimentando con un discurso futbolero muy idiota. 
A diferencia de Ruiz, Sumalavia sabía que tenía que ir a lo fijo. Tenía que elegir a once. No ha sido así, Sumalavia se portó como un entrenador blandengue al que su empresario le manda una lista de autores a convocar. 
Conozco y respeto la obra de cada uno de los autores convocados para Selección peruana. 
Lógico, de esta selección tengo a mis autores, con los que también me hubiese gustado contar para una eventual selección, como Gamboa, Alarcón, Yushimito, Ángeles, Ulloa y Llosa. Esto no quiere decir que desdeñe las poéticas de los demás, ojo. Hablamos de literatura, no de personas, recuerden. 
Pues bien, es lamentable decirlo, aunque no sorprenda, esta Selección tiene un tufillo a negociado. 
El negociado lo veo en la inclusión de Jorge Vargas Prado. 
No conozco a Vargas Prado, o sea, nunca he hablado con él, pero en las pocas veces que nos hemos cruzado, he sentido en nuestros fugaces saludos que estoy ante un caballero. 
Vargas Prado es el tapadito de esta Selección. 
Si Sumalavia lo escogió, pues sí pongo en tela de juicio su calidad de lector y no dudaría en elevar su ociosidad por no haberse dado el trabajo de buscar un tapadito, porque en Perú hay más de cuarenta tapaditos, todos ellos mejores que Vargas Prado. 
Una pregunta sana porque quiero curar mi alma: ¿Sumalavia es torpe como lector, malo como antólogo, ingenuo como crítico, un sabido literario, o es una mezcla explosiva de todas estas cosas? 
Sin embargo, no me sorprendería que Lasso haya puesto a Vargas Prado en esta antología. Es muy conocido que Lasso se ha beneficiado con las concesiones regionales en las que ha actuado Vargas Prado. Si Vargas Prado fuera un buen escritor, por lo menos, uno mejor que los cuarenta tapaditos, no habría ningún problema, ningún cuestionamiento. Pero no, Vargas Prado es un escritor mediocre, malo en todo sentido. Esperemos que este billete que se le ha regalado a Lasso con la ayudita de Vargas Prado, le sirva para pagar sus deudas o borrar sus cabeceos, conocidos por todos, entre los que se cuenta el que le hizo a mi amigo Manuel Aguirre. 
Y para colmo, Sumalavia ubica a Vargas Prado de arquero. Estamos hasta las huevas. 

… 

Publicado en Lee por gusto.


viernes, junio 26, 2015

314

Me despierto temprano y busco entre los DVD´s una película protagonizada por Matt Damon y dirigida por Paul Greengrass. Green Zone o conocida entre nosotros como La ciudad de las tormentas. Antes de verla, me pongo a releer cien páginas de Quemar los días, el inmenso libro de memorias del no menos inmenso James Salter. 
No sé por qué me interesó volver a una película que tratara sobre la mentira del estado gringo al justificar la invasión a Irak bajo el pretexto de que Husein escondía armas químicas. Quizá se deba a que últimamente he barajado la posibilidad de releer algunas novelas de espionaje y política ficción, que para ser sincero, no frecuento desde hace mucho tiempo. Por ahí puede venir este interés súbito por todo lo relacionado al espionaje y la política internacional. 
Termino de ver la película de Greengrass y me fui a la sala en donde prendí la Laptop. Además, puse en el cd player el Fear of Music de Talking Heads. Respondo algunos mensajes y redacto algunos textos que debo presentar en el curso de la mañana. Pensé que iba a demorar más de la cuenta, pero a las nueve de la mañana ya estaba libre de lo que tenía que hacer. En mi sala tengo una pequeña mesa dedicada exclusivamente a colocar las publicaciones que me llegan. Me pongo a revisarlas y me animo por Los vivos y los muertos de Joy Williams, del que he venido escuchando y leyendo buenas referencias. También vuelvo a ver en Youtube los goles de Guerrero ante Bolivia. E imagino el ánimo que habrá en el país el lunes cuando la selección se enfrente a la de Chile por el pase a la final de la Copa América. Pienso en mis amigos chilenos, en Diego, Camila, Antonio, Felipe, Alejandra, Rodrigo, Claudia. Pienso también en que sus ánimos no coinciden con la estupidez local. Si ambas selecciones se sacan la mierda, pues bien, que se saquen la mierda, con patadas y metidas de mano incluidas. Y que allí quede.


jueves, junio 25, 2015

313

Me levanto tarde porque anoche me acosté tarde. Mi madre llegó a casa pasada la medianoche, puesto que había ido a visitar a un tío delicado de salud que vive fuera de Lima. Estaba cansado y no me disponía a descansar hasta tener a mi madre cerca de mí. De tanto en tanto mi padre salía al parque a divisar su llegada. Por mi lado, terminaba todo el café que quedaba en la casa, alejándome lo más que pudiera de la tentación del tabaco. 
Para colmo de males, no tenía mi celular a la mano y no podía llamar a mis tías, las hijas de mi tío Fausto. 
Llega un momento en que la ausencia de tus padres, no importa si es cuestión de horas o días, tiene el poder suficiente de cambiar tus planes inmediatos. Debía terminar un par de textos que había que enviar antes de las cinco de la mañana de hoy y no los podía terminar ni rescribir hasta no tener a mi madre en casa. 
No era para menos. Esta ciudad se ha convertido en una muy peligrosa. A veces se me sale el derechista que llevo dentro y barajo la posibilidad de que sería ideal que salga el ejército a patrullar y cuidar las calles. La idea, que es jalada de los cabellos bajo todo punto de vista, adquiere consistencia precisamente en los instantes límite, cuando piensas en lo que podría ocurrirles a las personas que más te interesan. 
Mi concentración se volvía nula hasta para responder inanes mensajes de Face o algunos mails. Mucho menos podía leer. Solo puse en la Laptop una película de terror, una olvidable pero que te dio miedo cuando la viste. No sé cuándo la vi, pero anoche la miraba sin mirar. 
Sentí las luces de un taxi que se estacionaba cerca de mi casa y salí, literalmente, corriendo. Abrí la puerta. Era mi madre, a la que abracé fuerte, creo que más fuerte de lo normal y sentí que la paz me llegaba de sopetón, una paz premunida de amor que necesitas, con mayor razón en estos últimos días en los que duermes poco y tu despliegue físico ha sido llevado al límite.


miércoles, junio 24, 2015

312

En las próximas horas tendré un nuevo sobrino(a). 
Yesenia se ha llevado mi celular Movistar para estar en contacto con la familia y yo he tenido que quedarme en la librería para terminar de preparar todo el material que se llevará a la feria de Arequipa. Aún no sé si iré, aunque lo más probable es que sí. No niego que siento una tensión por la nueva criatura que va a nacer, criatura que no es mi sangre pero que sin duda con el tiempo me llamará cariñosamente tío. 
Salgo un toque a Miraflores a recoger cheques. Algunos relacionados a los trabajos de la librería y otros en cuanto a mis actividades alimenticias. En el trayecto percibo de otra manera la ciudad. Sin duda, más de uno se ha llevado una sorpresa con este invierno que no tiene nada de tal, sino uno cuasi veraniego, que me obliga a caminar despacio para no sudar, al menos, eso es lo que me ocurre, suelo sudar más de la cuenta. En el camino al segundo punto miraflorino me compro una botella de agua mineral sin gas, además, tengo algo de hambre y voy a La Lucha por un sanguchón de pavo. Mientras espero que me llamen, releo algunas páginas de esa brutal autobiografía de Martin Amis, Experiencia. 
Cada día este se me hace se me un libro más abierto, mucho más de lo que pensé cuando lo leí por primera vez. Cuando regreso a él, lo hago en función al tema que me interesa. En este caso, a las páginas que Amis le dedica a su madrastra, la escritora Elizabeth Jane Howard, a la que califica como la mejor de su generación junto a, nada más y nada menos, Iris Murdoch. Cuando leo o escucho de Murdoch, se activa mi atención. Quizá Murdoch sea mi narradora predilecta, de la que escribí una reseña hace un tiempo en Buensalvaje, sobre su novela Henry y Cato. 
Lo que en principio era una lectura para pasar el rato, se ha convertido en las últimas en una especie de obsesión, porque me pongo a buscar algún libro de EJH. 
*
Actualización: fue mujer. Bienvenida, Luciana.

martes, junio 23, 2015



lunes, junio 22, 2015

311

Salgo de casa con algo de retraso. A medida que camino hacia México, percibo la alegría de las puntas que me cruzan. Sus rostros exudan una paz, como también el exceso de las celebraciones que denotan sus ojos rojos. No hay que pensarlo mucho, han estado chupando como cosacos por la clasificación de la selección peruana a los cuartos de final de la Copa América. 
Sin duda, estamos cagados. Nos alegramos por pequeñeces, por empates. Pero qué importa a fin de cuentas, el fútbol es un desfogue y vaya que este país necesita del desfogue, con mayor razón cuando estás por empezar un lunes, que no es distinto que empezarlo con la sensación de la derrota. Vi el partido con mi padre y hermano, los tres reconocimos que Gareca la hizo, mostró un planteamiento, el equipo jugaba a algo, o mejor dicho, a lo que podía jugar, siendo un acierto el haber puesto a los chatos Cueva y Sánchez, que no estaban en las nóminas titulares de nadie. 
Paro un taxi. El taxista me dice que por el tráfico no sabe cómo llegar al Centro Histórico. Le digo que no se preocupe, puesto que le indicaré una vía para evitar el tráfico de Iquitos. Subo al taxi y me acomodo. En el trayecto, y tal y como suelo hacer en los trayectos, o me pongo a leer o me pongo a recordar, cualquier cosa, o como en esta mañana, recuerdo la novela El diario de Hamlet García de Paulino Masip. 
Llegué a esta novela por recomendación de Dío, que me habló muy bien de esta novela de Masip, autor de la llamada Generación del 27. Cuando me habló de Masip, confieso que no lo ubicaba y a medida que escuchaba lo que decía, llegaba a la conclusión, una bien triste, de que era un autor a la fecha olvidado. Le pregunté si me podía prestar esa novela por una semana y justo el día de hoy lunes se la voy a devolver, con no poca pena porque sí me gustaría tener esta novela en los anaqueles de mi biblioteca, biblioteca que en unos días repartiré entre dos casas porque ahora sí siento que los libros me van a botar de la mía. 
Mientras el taxi entra por la callecita secreta para evitarnos el tráfico, pensaba en la novela de Masip. También cavilaba en qué podría hacerse para no olvidar a un autor que supo ser mucho más vanguardista que otros que se pintaban como tal. Aunque también hay que subrayar algunos aspectos: Masip no es un autor para mayorías, así suene a posería la idea, pero a veces, solo a veces, lo bueno hay que cuidar, que no es lo mismo que guardar celosamente para un supuesto grupo de entendidos. En tiempo que no leía la novela de un autor cuya poética fue profética para lo que hoy por hoy se nos quiere presentar de novedad. Una lectura que me obliga a marcar distancia de los vendedores de sebo de culebra que empiezan a abundar últimamente. Como bien dice Steve Coogan en 24 Hour Party People: “Quizá deban leer un poco más”.


domingo, junio 21, 2015

310

Domingo gris, caliente y algo húmedo. 
Me levanto y me alisto para ir a casa. Es el Día del Padre y debo saludar a mi padre y a mi hermano. Pero antes de salir, me pongo a leer. De lo que voy leyendo, Monasterio de Halfon se pinta como una lectura de taxis y custers. Ojalá no me decepcione, porque he escuchado muy buenos comentarios de este narrador guatemalteco. 
Tomo un duchazo y me pongo a desayunar, café y lo que quizá sean los tamales más ricos que he probado en mi vida. 
Salgo de la casa de Yesenia rumbo a mi casa. 
Detengo un taxi, conducido por un viejito, con gorra y grises bigotes de puntas aguileñas. Me acomodo en el auto, guareciendo el riquísimo arroz con pato que llevo en el taper. Me fijo en la caja del auto, la presencia de un USB, del que suenan varias canciones de Daryl Hall y John Oates, este dúo que más de uno ha sabido bailar en los noventas, esos años que se están poniendo de moda, extrañamente. 
Pienso pues en el discurso silente que viene construyéndose sobre lo que se hizo en esa generación, una suerte de discurso, llamémosle, excluyente, de clase, en apariencia inofensivo, que tiene todas las mañas del modelo neoliberal, que no confronta, sino que ningunea. Felizmente, no hablamos de economía, de esa ciencia oculta, sino de literatura. 
Le pregunto al taxista si hay más canciones del dúo en el USB, él me dice que sí, que hay varias más. Quizá mi prejuicio es más fuerte y calibro la impresión sobre si este taxista bailó o no las canciones de este grupo, puesto que sus canas y arrugas ubican su juventud en los sesenta, no en los ochenta. Al menos, pensar en esto, me hace bien, me permite refrescar la idea de lo que pienso escribir más adelante, de los dardos con nombre propio que mandaré contra los inocentes desubicados que quieren cambiar la historia creativa de los noventas. Leo lo que han escrito y me pregunto: ¿Acaso creen que los lectores son idiotas? 
No sé qué pasará. A lo mejor pierda algunas supuestas oportunidades, como también amistades, cosa que me apenará profundamente, pero no puedo con mi genio, con mi emoción en caliente, que al menos me asegurará algunas semanas de sana y perversa diversión.