miércoles, enero 28, 2015



233


El sol me obliga a tener que buscar una chela. Llamo al señor Quiñones, “Hombre sabio”, para que se haga cargo de la librería en mi ausencia. Mientras lo espero, me pongo a releer algunas páginas de Susan Sontag. La entrevista completa de Rolling Stone de Jonathan Colt.
Una vez ubicado en el Salón Hora Zero en el Queirolo, pido una Cusqueña y una butifarra. A mi lado, mi cuaderno loro de apuntes. Me gusta este salón, porque a las once de la mañana no hay mucha gente. No hay nada peor para el disfrute de una chela que el ruido de la conversa alegre de los demás. Hago algunos apuntes, refresco mi memoria, de lo que más tengo presente de Susan Sontag. Como se puede deducir, haré una reseña de este libro y me es imposible no consignar en mi cuaderno Loro el hecho de que Sontag fue quizá mi primer gran amor platónico intelectual. Y pienso en si sería válido poner este dato en el archivo de la reseña, dato que considero esencial, aunque para algunos puristas y celadores de las buenas costumbres sea toda una provocación. 
Supe de Sontag en San Marcos, mucho antes de que las canas en la barba delataran mi verdadera edad. Veía a patas y flacas con su fotocopia de  Contra la interpretación, que cuidaban como si fuera un texto que solo podía ser por leído por los elegidos del pensamiento académico. Me fastidiaba esa actitud y me vengaba de ellos vacilándolos por su desconocimiento que tenían de los clásicos. Se me salía pues el Harold Bloom que habita en mí hasta el día de hoy.
Gracias a mi amiga Verónica pude leer a Sontag. Me convenció de hacerlo luego de que me hablara de su ensayo sobre la fotografía, debido a que ella durante esos meses tenía un interés por la fotografía, o llámale foto documental.
En esos años nos encontrábamos en la protohistoria de Internet. Así que me aboqué a la búsqueda de todos sus libros y de sus datos biográficos que pudiera conseguir. Creí que la tarea sería fácil, pero no, no fue nada fácil. No encontraba ni sus libros ni datos biográficos. Ni siquiera sabía cómo era físicamente.
Cuando vi su foto en una revista mexicana, fue un amor a primera vista.
Sontag era una mujer bella, pero su belleza era extraña, esa extrañeza que irradiaba fue lo que más me gustó. A pesar de no haber leído ni una sola línea de ella, tuve más ganas de leerla, había quedado prendido de su aura. Ocurre que siempre he tenido debilidad por las mujeres de carácter. Confío en ellas.
No por nada una inigualable bella mujer de carácter es la que ha puesto en orden mi vida.
Hice de todo, cumplí al pie de la letra todos los favores en pos de sus libros. Su ficción fue lo primero que llegó a mis manos, luego su ensayística. Había más de un punto en su faceta de pensadora que me impedía estar de acuerdo con ella y ese desacuerdo se mantuvo por mucho tiempo, hasta que leí sus diarios, el primer tomo de título Renacida, en donde entendí la génesis y pulsión que encendían su pensamiento, como también su compromiso y coherencia.


martes, enero 27, 2015

232

Ayer me dediqué a mirar la celebración de los jóvenes en la Plaza San Martín. 
Horas antes, muchos de ellos se organizaban para marchar hacia el Congreso, en donde se debatiría la derogatoria de la Ley Laboral Juvenil, o Ley Pulpín, como se la ha estado llamando. 
Me acomodé en mi mesa de siempre, o casi siempre, del Domino´s. Pedí un jugo de granadilla y una hamburguesa clásica. Sobre la mesa, el ejemplar de Juntos y solos, la antología de relatos de Alberto Fuguet. 
Iba por el cuento “Prueba de aptitud” y fácil terminaría el relato en los minutos que demorara llegar mi pedido. 
De cuando en cuando, levantaba la cabeza y miraba la manera en que los jóvenes se organizaban para marchar. Había pues expectativa, entre violenta y festiva. A pesar de que los jóvenes no conformaban el número de las otras marchas, marcha que metía miedo a los cientos de efectivos policiales que como pocas veces se reunía, con la actitud de estar resguardando una ciudad en vistas de una invasión, cada joven expresaba la furia y esperanza de cuatro ausentes. 
Tomé un sorbo de mi jugo de granadilla. Paulatinamente, la organización tornaba en una desorganización, pero festiva, en una especie de Woodstock limeño del nuevo siglo. El aroma a maravilla verde adquiría una mágica complicidad con la tibieza que deparaba la generosidad del sol. Los patas y las flacas bailando, cantando, calentándose para la eclosión: la Ley Pulpín no iba y eso justificaba todos los excesos. 
Pedí otro jugo, pero uno más terrenal, de piña. Y seguí leyendo la antología de relatos de Fuguet. Los patas y las flacas seguían festejando, pero el sol hacía sentir su presencia, con mayor razón porque se trataba de la hora del almuerzo. 
Me gusta que esta juventud no se dejé meter el dedo. 
Y en lo personal, poco o nada sabía de la Ley Pulpín. No sé si era correcta. No opiné de la causa, sino que saludé su efecto, ese efecto que me extrañaba no ver en la juventud de hoy. 
Entonces, llamo a mi amigo Richard, ex arquero de las juveniles celestes, que se desempeña como periodista económico. Mi pregunta era clara: ¿era o era dable esa ley? Me dijo lo que pensaba. También llamé a una amiga, Martha, una economista de carrera, a quien le hice la misma pregunta que a Richard. Me dijo casi lo mismo. 
Por un momento, me aterré ante la posibilidad de estar viviendo una mentira. 
Antes, en otra situación, me hubiese puesto a discutir, a ser el contreras del grupo. Hoy por hoy solo me limito a ser un testigo, un mero observador de la realidad.


lunes, enero 26, 2015

"un golpe de dados"

No tenemos muchos poetas, de los buenos y referentes, que demuestren consistencia y alcance cada vez que hacen su ingreso en los terrenos de la narrativa. En lo personal, estas incursiones siempre llamarán mi atención. Si algo distinto, original, espero de la narrativa, en especial de la narrativa peruana, lo espero de sus poetas, pero de sus verdaderos poetas, que me brindan la seguridad, esa garantía, de que algo se hará con el lenguaje, que no solo será coraza, disfraz para los que no tienen nada que decir. 
Ahora, subrayemos un detalle: el discurso narrativo es un imán. Basta leer los poemarios, no solo de los nuevos poetas peruanos, sino también de los más trajinados, para darnos cuenta de que es una presencia que tienta y seduce a más de uno. Al respecto, cada poeta tiene el derecho de escribir en el registro que bien le venga en gana, no importa si esa tentación obedezca a una apuesta artística, genuina, o al facilismo más ramplón. Si vemos con objetividad esos poemarios invadidos por un subterráneo registro narrativo, entenderemos, en algo, el por qué estamos como estamos. 
En los últimos años hemos tenido poetas que se han desempeñado por igual tanto en poesía y narrativa. Sin embargo, los resultados no siempre han sido de los más auspiciosos e imagino que ello se debe a una alarmante carencia de lecturas previas, a un desconocimiento de los registros poéticos y narrativos, que les impide cuajar una propuesta, apelando a justificaciones jaladas de los cabellos, vendiendo el producto como “Artefacto”, “Escritura de vanguardia”, “Narrativa Siglo XXI”, o lo que es inadmisible: como algo novedoso, cuando lo cierto es que no hay nada novedoso al respecto. Hacemos mal, muy mal, cuando hablamos de “Novela de poeta”, “Novela de lenguaje”, definiciones poseras que nos distraen de la verdadera discusión, del punto que no deberíamos desaprovechar: de las grandes ventajas para fundir registros que nos ofrece la novela como género. 
A la fecha, bien podemos asegurar que Victoria Guerrero es una de las voces poéticas más sólidas del actual panorama literario peruano. Hablamos de una poeta dueña de una propuesta literaria coherente, que ahora nos entrega su primera incursión en las parcelas narrativas: la novelita Un golpe de dados (Kodama Cartonera, 2014). 
Seguramente, más de un purista de las buenas costumbres literarias se escandalice por el descuido estructural que vemos en estas páginas, y, sin duda, harán más de un mohín al percatarse de la presencia de varios personajes que prometen un mayor desarrollo pero que no pasan del enunciado. Lo que parece un defecto, yo lo veo como una alternativa, un camino hecho adrede que privilegia el fuego que hay en estas páginas, esa luz que acompaña a la narradora protagonista Nadja. O sea, se sacrifica la estructura y se privilegia la voz del personaje, a lo mejor uno de los más desgarradores que haya podido leer en la narrativa peruana en los últimos veinte años. Nadja puede ser tierna y salvaje, amar y odiar, como también indignarse. Hablamos de un personaje que no encuentra su lugar en el mundo y para superar/reprimir ese no-encuentro hace uso de sus recuerdos y de sus sensaciones inmediatas de contexto para poder explicarse y justificarse ante la vida. Este recorrido nos permite acceder a dos tipos de dolores en Nadja: el individual y el colectivo. Pues bien, ese estado de ánimo se corresponde con el estilo que emplea la autora, un estilo seco y que corta a manera de estilete, incomodando, tal y como lo hemos visto en sus poemarios El mar, ese oscuro porvenir y Berlín
No me hago problemas: prefiero una novela imperfecta en lo estructural, pero redonda en cuanto a nervio narrativo que transmita. Lo diré una y otra vez, así se moleste más de un fan del extrañamiento y seguidor de las acrobacias formales: la literatura tiene que transmitir. Guerrero ha sabido configurar un personaje real, un personaje que deja la piel en lo que nos cuenta. 

… 

Publicado en LPG.


231

Aunque lo he vivido contadas veces, la semana pasada lo volví a vivir. Perdí la total noción del tiempo durante dos días. Me di cuenta de ello el sábado, creyendo que era jueves, cuando le pregunté a mi madre, supuestamente con anticipación, a qué lugar quería ir a comer el domingo. Cuando ella me dijo que ya había hecho planes con su prima, fue que supe que no estaba en un soleado jueves, sino en un caluroso sábado. 
He estado pues muy desconcentrado del quehacer exterior. Esto no quiere decir que no haya hecho vida social, porque el trabajo me obliga a hacerlo. Ocurre que hemos estado en días de cambios. Por un lado, enfrentar los problemas que hay en Quilca, como también ver la remodelación del nuevo local de la librería, que seguirá en la misma recta del jirón, para mi buena suerte frente al bar Don Lucho. 
Me pongo a pensar, trato de recordar qué fue lo que hizo que perdiera la noción de dos días. A lo mejor fueron las reuniones que teníamos en las noches, siendo testigo del realismo trágico de los que no hacen nada por defenderse. Siempre he sido de la idea de que si voy a perder, dejo la piel, lo entrego todo. Me resulta nociva la derrota cuando esta viene por cuenta de la mediocridad y la dejadez. Hay que lucharla, hasta el final, sobrevivir pues con dignidad. 
No tenía tiempo que perder. Me había atrasado en varios textos y me puse manos a la obra. Mientras tecleaba, y por una especie de impulso, escribo la palabra “golpe”. No recordaba haber recibido un golpe en la cabeza, pero como soy muy paranoico, aún más que un amigo narrador que en estos días estampará su firma con un sello editorial grande, empecé a barajar en las posibles secuelas de la herida que tuve hace unos días al lado del ojo izquierdo, en lo que me pudo dejar el efecto del gas lacrimógeno durante la última marcha contra la Ley Pulpín. 
Obvio, no se trató de un golpe, pero me ha dejado muy ahuevado lo de la pérdida de la noción del tiempo, uno podría entender que no te percates de un día, pero con dos es una señal de que hay que dejarse de huevadas.

viernes, enero 23, 2015



230


Durante mucho tiempo fui un fiel lector de novelas de espionaje, como también un consumidor compulsivo de películas que trataran sobre espionaje y sus variantes paralelas. Podría decirse que mi vapuleada novela La cacería, así es, esa novela de leyenda negra, con innumerables errores de edición, que iba a significar mi debut y despedida en el maravilloso mundo de la literatura peruana, según los decretos de algunos celadores literarios que hoy en día están más quemados y carentes de legitimidad, es, digamos, deudora de la tradición de las novelas de espionaje. Si me dicen que la novela es mala, bien, no me hago problemas, pero si me dicen que es divertida, mucho menos me hago problemas porque la escribí para que el lector se divierta, y vaya que con las malas novelas uno también puede divertirse.
Me ha sido imposible no repasar en las últimas horas todas las novelas y películas que tratan sobre el espionaje. Este repaso no es más que un recorrido por mis años en donde mis energías físicas, emocionales y mentales estaban en su mayor despliegue, manifestándose en una dimensión de entrega y trabajo que sorprendía a más de uno. Creo no equivocarme si digo que al sumar, al vuelo, el tiempo invertido, por ejemplo, en la lectura de novelas de espionaje, ese tiempo bien podría justificarse en año y medio. Así es, era una bestia y sigo siendo una bestia que lo consume todo porque solo funciono en la vida haciendo lo que me gusta.
Pero ¿a qué se debe este repaso? ¿Por qué tematizo el post con el tópico del espionaje, y de paso trampeo contrabandeando mi novela?
La razón obedece a que de casualidad me reencontré en la madrugada de hoy con The Mackintosh Man de John Huston.
A la fecha, muchas películas de este director son consideradas clásicas, de visión obligatoria para todo aquel que se precie de seguidor del buen cine. Sin embargo, mientras veía las peripecias de Paul Newman (haríamos bien en recordar a este actor por haber encarnado a Joseph Rearden y no como galán), Dominique Sanda y James Mason, siguiendo al pie de la letra las indicaciones de un viejo zorro, conteniendo el ánimo histriónico y sabiendo que el éxito de la empresa yacía también en el laconismo (los actores dicen más en sus silencios), reforzaba la sospecha de que estaba ante la obra maestra de Huston, impresión que bien puede ser polémica, porque Huston es de los pocos directores que se jactaban sin jactarse de solo realizar obras maestras. Obras maestras que no eran tributarias de grandes secretos, sino del simple acto de narrar, de la manera más sencilla posible, sin artificios, huyendo del dato escondido, haciéndole ascos al discurso críptico.

jueves, enero 22, 2015



229

Mientras boleteaba una novela de John Williams, bueno, la única obra maestra de Williams que ha llegado por estos lares, es decir, Stoner, que hace una semana recomendé a una lectora, a quien también sugerí que no se fiara de lo que le decía, sino que reforzara su criterio de elección con las opiniones de otras plumas que, seguramente más que yo, también comparten el entusiasmo por esta novela que bien haríamos en calificar de obra maestra. 
Eso es lo que hago todos los días, sugerir, no me gusta imponer, tampoco caer en esa trampa de aseverar, a lo bestia, que todos los libros son maravillosos, cuando no es así. Lamentablemente, soy un pésimo negociante, seguramente el peor vendedor de libros, un peligro patente para la subsistencia de cualquier librería. Ocurre que no puedo hacer nada, se impone el lector antes que el vendedor, se impone pues el librero, porque el librero, imagino, aunque no tenga desarrollado bien el concepto y, valgan verdades, poco o nada me interesa desarrollar ese concepto por considerarlo una pérdida de tiempo, tiene que ser un formador de lectores y ser permeable a la opinión contraria de los mismos. 
Discuto y converso mucho con los lectores. Quizá de esa condición brote de mí la persona tolerante que en otras instancias de la vida me es difícil ser. Hay pues una actitud romántica, una visión idealista que no se ajusta a la bestialidad de las leyes del mercado, que asesina la mística que debe tener todo negocio enfocado en el tránsito cultural. 
Me levanté pensando en esta penosa certeza. Hoy en día, en Perú, son contados los libreros, curadores, gestores culturales, que bien pueden honrar un principio en vías de extinción. Siento pues, y para bien, una resistencia entre los que quedan. No hay otra opción, se tiene que resistir, jugársela por el ideal, porque solo el arte, la cultura y la lectura brindarán esperanzas a este país de mierda con ciudadanos con dinero que se portan como acémilas, incapaces de redactar una carta a la madre, atarantados al momento de hilvanar una idea/concepto, peor cuando lo tienen que escribir.

miércoles, enero 21, 2015