lunes, abril 27, 2015

283

Abro la librería y pongo en el cd player el White Album. Me sirvo café y agua mineral. Quiero despejarme, respirar hondo y poner en orden mis sensaciones y olvidarme lo que fue esta mañana en la que sentí la violencia que genera el tráfico de la ciudad. Ese cruce entre 28 de Julio con Wison no es menos que una invitación a llevar cabo lo que Michael Douglas en Un día de furia. 
Me encontraba en el taxi, leyendo por tercera vez Susan Sontag. La entrevista completa de Rolling Stone de Jonathan Colt. Sin duda, se trata de un librazo del que en estos días escribiré una reseña para una revista literaria. El pensamiento de Sontag me abstrae tanto que me desconcentro del camino que toma el taxista, a quien olvidé decirle que haga otra ruta, de preferencia por Iquitos hasta Grau, pero también pienso que no era necesario alertarlo, porque él, como taxista, se supone que sabía mejor de los atajos para evitar ese infierno que genera la obra que se está haciendo en la intersección de 28 con Wilson. 
Cuando me doy cuenta de la burrada del taxista, es muy tarde. Demasiado. Pero me quedo callado porque la culpa es mía, por no hacer caso a esa voz interior que me decía que alertara al fanático de Air Supply en el volante. No tengo otra que adecuarme a la situación. El tráfico no es lo que me molesta tanto, sino el calor que se siente dentro del auto, calor que hace que empiece a sudar, a no saber qué hacer con las gotas de sudor que se forman en mi frente y nuca. 
Bajé la luna y encendí un cigarrito, más temprano de lo que esperaba hacerlo, pero no, no podía concentrarme del todo para seguir leyendo, menos para dedicarme a mirar pasar la vida. El aire caliente calentaba aún más el ambiente del auto, el sonido del motor era el anuncio de una muerte en vida que por más de un momento hizo que barajara la idea de pagar la carrera e irme caminando a la librería. 
Saqué el billete para pagar la carrera. Me iría caminando más de ocho cuadras, siendo víctima del calor que ahora sí se la agarraría conmigo porque no me había puesto bloqueador, sumado a que me había olvidado en casa el bloqueador. Parecía que sería un lunes de mierda, pero no lo fue tanto cuando el auto empezó a avanzar. El fanático de Air Supply aprovechó un hueco que llevaba a una cuadra a la espalda de Polvos Azules, en donde el trayecto a la librería se hizo más llevadero, aunque no rápido.


sábado, abril 25, 2015

282

Llego a casa temprano. La charla con Ulises Gutiérrez en el Virrey de Lima salió mejor de lo que pensaba. 
Al regresar, fui por el camino de siempre, por una casi deshabitada Camaná, que esperaba el punto azul de la noche para desatar su furia. En mis pensamientos, hacía un recuento de lo que me viene ocurriendo en estos días, del exceso que deposito en todas las cosas que hago, cosas que a fin de cuentas no sé si están bien o no. Pero como bien dijo un cineasta: “hay que hacer las cosas, hacer las cosas”. 
En el cruce de Colmena con Camaná, decido caminar hacia la Plaza San Martín. La idea es perderme entre los islotes humanos que alberga la plaza. Hubo un tiempo en que me perdía entre esos islotes, en los que intentaba, según mi creencia de ese tiempo, aprender algo de política, pero la política en acción que sin duda no podía aprender de los textos. Quería ser un virtual testigo y partícipe de lo que se debía hacer para cambiar el mundo. Me gustaba escuchar a esos tíos, no por lo que decían, sino por la manera que lo hacían. En sus ojos podía ver la satisfacción que les producía el discurso que pergeñaban, su importancia que exhibían al menos durante un par de horas. Aunque no entendía del todo sus conceptos de revolución, aplaudía fuerte luego de escucharlos. Y ahora que volví, los sigo viendo, siguen, pero más ajados, pajizos, pero con la misma actitud revolucionaria. 
Al llegar a casa subo al Face algunas fotos de la charla de hace algunas horas. 
Como estoy en el Face también me entero de algunas cosas que me sorprenden, pero en realidad no debería sorprenderme tanto, pero qué le puedo hacer, hay pues quienes no entienden una broma, que toman demasiado en serio mis palabras, hasta cuando las digo con ironía y humor.


viernes, abril 24, 2015

281

Ayer fue un buen día en la librería. 
Solo al final de la jornada me di cuenta de que fue El día del libro. 
Con esa sensación extraña, pedí que me compren dos Cusqueñas en lata. 
Prendí un cigarro y dejé divagar mi mente, acto que me llevó a ser la última persona en abandonar el Boulevard Quilca. No sé cuánto tiempo estuve pensando, mirando a las dos perritas que yacían en una caja, supuestamente dormidas y que necesitaban dueño. 
Jacqueline me preguntó si no quería llevarme una de las perritas. Me preguntó lo mismo Valderrama. 
Una de las perritas me miraba, al menos, eso era lo que quería creer, que me miraba, seguramente me suplicaba mentalmente que me apiade de ella, lo suficiente como para ponerme de pie y cargarla. 
No lo niego, por algunos segundos pensé en la posibilidad de adoptar a la perrita que me miraba. Este pensamiento se reforzaba con lo del pekinés que en un par de semanas le regalarán a mi madre. El pekinés no debe estar solo, no puede caer en esas patéticas actitudes de los perros sin hembras. 
Me acerco a la caja en donde se encuentran las perras, acaricié la cabeza de la que me miraba y la cargué. Estaba dispuesto a llevármela a mi casa. Esta decisión no obedecía a criterios de raza, criterios por demás estúpidos que influyen hasta para adoptar animales. Solo obedecía a la empatía y con eso me bastaba. En otras palabras, me sentía bien con ella, me generaba paz hurgar en sus ojos, seguramente con la esperanza de poder verme en ellos. La perrita me olía, en especial la barbilla, que alberga todas mis canas, las mismas que sobredimensionan mi edad cada vez más, porque sin las canas en la barbilla, me vería mucho más joven, pero eso ya no importa, puesto que he asimilado mi edad, no con orgullo, pero sí con festiva resignación. 
Devuelvo la perrita a la caja, porque me percato de una niña que la mira. La niña se le acerca y pasa su manito por su cabecita. 
Esta escena, por más anodina que parezca, me conmueve. Y por el mismo hecho de que me conmueve, huyo, huyo de la posible y casi segura cursilería.


jueves, abril 23, 2015

280

Día de sol, de sol que espero desaparezca pronto y así evitar la sensación húmeda y salvaje del verano que hemos tenido. 
Realizo mis cosas habituales, como beber agua mineral sin gas segundos después de abrir la librería. Además, me percato de que algo en mí que no anda bien, una incomodidad profunda que me lleva a recapitular lo que debí hacer y, obvio, no hice en estos días. 
El martes último, el 21, no solo fue un día agitado, que me dejó con un fuerte dolor de cabeza, con una tembladera en todo el cuerpo que no sabía cómo controlar, tembladera que no estaba relacionada al consumo, ahora sí moderado, de tabaco, sino a una suerte de presentimiento que no era malo, sino de plenitud que me justificaba en la vida. No siempre soy presa de estas sensaciones, pero cuando sucede, no puedo dejar de dar gracias por la buenaventura que ha signado mi vida, porque siempre me he considerado privilegiado, y fui consciente de ese privilegio el martes, porque a pesar de lo alborotado que fue ese día, había una sensación de reconciliación conmigo mismo y de mí con el mundo. 
En fin, el día sigue su curso y avanzo Patrimonio, la publicación de los cuentos ganadores y finalistas de la última edición del Copé de Cuento. Si todo sale como espero, en los próximos días publicaré una reseña del libro, aunque para ello, buscaré el punto de equilibrio que me permita hacer una reseña equilibrada en lo literario, que es lo que siempre hago, aunque a veces lo extraliterario traiciona la supuesta objetividad. 
Pero me doy cuenta de que no he traído mi almuerzo y pienso en ir a almorzar al Queirolo y dar cuenta de un tallarín verde con bisté apanado. Solo espero que el bar no se encuentre lleno, porque lo que me gusta más es comer solo, o en todo caso, sin mucha gente, sin ruido ajeno.


miércoles, abril 22, 2015

279

Me levanto temprano y me pongo a leer El Cristo de la rue Jacob y otros textos de Severo Sarduy. Hace tiempo que no volvía a los textos del cubano y no sé si los que integran esta publicación de la UDP también forman parte de su obra completa que editó ALLCA. Igual, más tarde me sacaré de dudas. 
A las siete de la mañana me preparo café y huevos revueltos. Pongo en el CD Player algo de Lou Reed. 
Desayuno despacio, sin apuro, pensando de forma general lo que haré el resto del día, que, según sospecho, no lograré hacer. Eso me pasa, cuando planeo un día, no cierro absolutamente nada de lo que había planeado. Por más que me lo proponga, al final no llego a absolutamente nada. Con el tiempo me he convencido de que todas mis capacidades se sustentan en el azar, siempre y cuando me guste lo que esté haciendo. Solo así puedo ejercer aquello que llamo dimensión de trabajo. 
Cerca de las nueve de la mañana me conecto a Internet y reviso el Inbox del Face. Edwin, el director de Lima Gris, me dice que ya subió la entrevista que Rimachi me hizo anoche. Esa entrevista, hay que decirlo, sufrió de imperfectos técnicos. Por un momento sospeché que el petizo que habla de mí, muy mal de mí a mis amigos y a quien llegado el momento voy a intersectar por las calles de Lima, era el que estaba colgado de la antena de la radio, tratando de que no salga la señal en vivo, también pensé en su amiguito, que estaba jalando el cable. O sea, pensaba en un boicot. Pero luego, inmediatamente, pisé tierra y me dije que no era para tanto, puesto que los desperfectos técnicos son cosa habitual en estos menesteres. 
La entrevista, que respondí desde la más absoluta irracionalidad, sin calibrar mis respuestas, salió bien. Sé que mis comentarios no van a gustar a muchos y los que me leen/conocen saben que no me preocupo si mi opinión agrada o no, ya que prefiero quedar bien conmigo mismo, como pienso que tiene que ser. Además, no he dicho nada que no sea verdad. Por eso, muchachos, piensen, reflexionen y no la caguen más.


martes, abril 21, 2015

278

Llego temprano a la librería, tengo que dejar algunas cosas ordenadas porque saldré más temprano de lo debido. A las ocho de la noche me entrevistará Gabriel Rimachi en su programa Fahrenheit 051 de Radio Lima Gris. Mi idea es dejar la librería a las 7 y 30. Media hora es más que suficiente para llegar a las instalaciones de Lima Gris en Petit Thours. 
Pienso en lo que diré y no niego que también siento algo de temor en lo que vaya a decir, porque lo mío es esencialmente escribir, no hablar, pero ahora me toca hablar y trataré de relacionar mi pensamiento escrito con el hablado, que por más que se crea que es fácil, no lo es. La espontaneidad, pues, me ha jugado varias malas pasadas durante mi vida. 
Aunque claro, lo último que haría es premeditar mis respuestas. Ante ello, libro mi mente de conceptos, de posturas determinadas. Apuesto por la mente en blanco y me consagro a la frivolidad hasta el instante en que deje la librería. 
Mientras tanto, hay que realizar funciones, como ordenar la librería, pero antes se me antoja un café con orejitas azucaradas. 
Doy cuenta del café y las orejitas. 
Pienso en el almuerzo. 
Reviso los periódicos que no he leído en los últimos días. Me pongo al día en el caso del tal Oropeza, de la metáfora del nuevo rico hampón. 
Aunque no recuerde el episodio, ni la temporada, en Breaking Bad, Gus Fring, el dueño de Los Pollos Hermanos, le dice a Walter White que ahora que es millonario, tiene que aprender a vivir como rico, controlar la exposición de su riqueza, porque vivir como pobre, cualquiera puede vivir como pobre.


"excepción bolaño"

Desde hace mucho tiempo un libro de crítica literaria no llamaba mi atención. Me fastidiaba y sigue fastidiando la arrogancia de la jerigonza académica. Felizmente, este fastidio no es solo mío, es compartido por cientos de lectores que quieren saber un poco más e ir a la profundidad del autor y tema que les interesa. 
Llama la atención que me haya gustado un libro sobre un autor del que se ha escrito y se seguirá escribiendo mucho, como lo es el chileno Roberto Bolaño. Para quien esto es escribe, Bolaño es el combustible literario, me basta y me sobre con volver a su obra para poner las cosas en orden, también para afinar conceptos sobre su misma poética. A la fecha no me sorprende el grado de resonancia y el nivel de epifanía que esta genera. Sin embargo, lo que leía sobre él, no me entusiasmaba mucho, menos aún los títulos de corte académico. Sentía esos textos como si fueran impostados intentos por desnudar la literatura de Bolaño, intentos impostados a la fuerza. 
Lo que hace de Excepción Bolaño (Instituto de Cultura de Puerto Rico, 2014) de Francisco Carrillo Martín, una publicación especial es el puente que Carrillo forja con el lector. Carrillo, un hombre que conoce la teoría de la A a la Z, parte su ensayo de lo medular si es que se quiere analizar a Bolaño, es decir, de su condición de lector, la del lector que admira. 
Con una prosa limpia y alejada del lugar común, el crítico nos brinda un acercamiento a Bolaño, libro a libro, o ya sea de forma colectiva e individual, manifestando, como tiene que ser, su punto de vista, sin depender del facilismo del acopio de datos y huyendo de la mera descripción. Carrillo no hace alarde de conocimiento teórico y en esa carencia de alarde descansa la fuerza del presente trabajo. Carrillo nos lleva a la médula de la escritura de Bolaño, especulando de la riqueza de esta con su influjo político. Porque Bolaño era un escritor político, así hayamos estado o no de acuerdo con él, notábamos una postura ideológica que alimentaba su literatura. Bajo ese sentido, el crítico construye un discurso que deja satisfecho al lector, a quien impulsa a leer y releer toda la obra del chileno. Esto, hoy en día, es un logro. 

… 

Publicado en Siglo XXI