jueves, agosto 27, 2015

"los vivos y los muertos"

Desde hace un tiempo le vengo prestando atención a los libros de la editorial española Alpha Decay. Como quien pierde el tiempo, pienso en cómo serían sus responsables, en lo que han tenido que leer para definir el perfil que no solo buscan en su editorial, sino también el de sus lectores. En el catálogo de una editorial, al menos en teoría, puedes darte cuenta de aquellos que sustentan su proyecto. 
Hace no más de un mes me encontraba en la librería El Virrey de Lima y me puse a revisar las novedades. Entre los títulos del sello uno llamó mi atención, no sé si por el título o el sonido que me despertaba el nombre de su autora. Lo importante es que me llevé el libro, haría con él lo que hago con todo libro que no ubico del todo: ofrecerle ciento cincuenta páginas de tolerancia. Si es que hablamos de novelas de largo aliento. 
No pasó mucho para que esa tolerancia se vaya, felizmente, a la mierda. 
Apúntalo en donde sea y no demores mucho en leerla. Estamos pues ante una novela que nos revela a una autora que nos deja con más preguntas que certezas. Será nueva entre nosotros, pero con una presencia más que importante en la narrativa norteamericana contemporánea. A eso se debían las ideas iniciales sobre los editores de esta editorial, porque hay que ser lectores que editan para haber apostado por una autora que muy poca gente en hispanoamericana ubicaba en la cartografía de la narrativa contemporánea. Estos lectores que editan se anotan un gol desde el mediocampo con esta novela de Williams. Hay que ser lector y tener la sensibilidad desarrollada para publicar una novela que debimos conocer hace ya muchos años, pero no es el momento para lamentarnos, sino es el momento de la celebración; porque esta novela es más que una gran novela, es también una cátedra abierta de la riqueza de la novela como género literario. 
Lo que nos enseña Williams es algo tan simple y tan de genuino de los grandes, como lo es narrar. Con esto no hablamos de una novela que sea fácil de leer, en absoluto. Los vivos y los muertos se nutre de la agilidad y densidad narrativas de la tradición norteamericana (pensemos en Faulkner, Steinbeck y McCarthy como faros para Williams) y de lo mejor de la escuela rusa decimonónica sobre la configuración de los personajes (Tolstoi y Pushkin). Así de salvaje es Williams, cuyas sombras de influencia son tan patentes, pero que a la vez ha sabido asimilar, rehuyendo de la mera imitación, construyendo así una poética propia que ha enriquecido con el aliento de la locura desértica/lisérgica del cine de David Lynch. Williams se impone como una eximia hacedora de personajes, prueba de ello lo vemos en las protagonistas de su novela, las tres adolescentes huérfanas: Alice, Annabel y Corvus, quienes en su árido pueblito de Arizona ven pasar los días y en esa actitud intentan conocerse a sí mismas, como también a las personas que las rodean. 
Somos testigos, en primer lugar, de un asombro por partida triple y mediante el asombro asistimos donde el talento de Williams, que no es otro que el saber mirar y escuchar. Estas tres adolescentes pueden tener intereses comunes propios de la edad, pero son tan diferentes entre sí, hasta en el modo de emplear sus registros verbales accedemos a un monumental trabajo de albañilería verbal. Es precisamente en este trabajo de albañilería en el que descansa el prestigio de Williams (se la conoce como una “fábrica de sensibilidades”), y este prestigio narrativo lo vemos en una paulatina secuencia de configuración de sus personajes, ya sea en los principales y en los que vienen después. En el caso de las huérfanas, nos encontramos ante mujeres quebradas, pero cada quien a su modo, se las arregla para no ser absorbidas por una realidad que, aparte de llenarles de tierra, no les brinda la más mínima oportunidad de salir adelante. Por esta razón, a manera de resistencia, las tres hacen lo que les viene en gana con las personas que las conocen. Esta interacción se refuerza con la estrategia de Williams de desordenar la estructura de la narración, lo que confiere de verosimilitud a la galería de personajes que desfilan sin cesar en estas páginas. Por momentos, podemos tener la idea de estar ante un mosaico de gente desadaptada, pero no, no hablamos de una locura premeditada, sino de una locura que se asume sin pensar, como una forma de sobrevivir en este lugar árido y caluroso que es toda una invitación a la muerte en vida. 
Los vivos y los muertos bien puede ser calificada de obra maestra, una novela no de trama, ni de estructura, sino de personajes. Sin embargo, así el lector de turno sea muy cuajado, debemos advertirle que tiene que poner a prueba su paciencia, aunque sea en las cien primeras páginas. Como señalé líneas atrás, nos enfrentamos a un trabajo de albañilería de Williams para con sus personajes, que puede llegar a ser lento y pesado. La paciencia es pues un requisito, y pasado este óbice, uno ya está en la novela, con la firme intención de no querer abandonarla jamás. 

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Publicado en Revista Lecturas


miércoles, agosto 26, 2015

346

En la mañana tuve que hacer algunas gestiones fugaces, ir desde Lince a San Isidro y desde allí a la PUCP. Lo hice, felizmente, en tiempo record, con la ayuda de taxis, porque el tráfico se ha vuelto, aparte de infernal, en una generadora de pérdida de tiempo. Ni siquiera se puede leer bien en el transporte público, peor cuando tienes que hacer una distancia más o menos larga. Mientras leía lo que parece ser un buen cuentario de una narradora colombiana, pensaba en el libro de cuentos de otra colombiana, un libro que presenté en una anterior edición de la FIL y del que puedo decir que me gustó, pero que a la vez me apena no saber nada en lo literario de esta autora ya que se dedicó a los menesteres de la política en su país, siendo a la fecha una figura incómoda de la política colombiana. Eso es lo que me gusta: que los intelectuales y artistas sean participantes incómodos cuando ejercen una función política y no meros papagayos que repiten lo que la billetera les manda y que cuidan sus palabras debido a algún anticucho discursivo que tengan por allí. 
Sigo leyendo a la colombiana. Ahora el taxi atraviesa la Residencial San Felipe. El viaje está resultando más rápido de lo que podía pensar y por un momento me siento tentado en pedirle al taxista que aminore la velocidad, al menos quiero terminar de leer el tercer relato de la publicación, que ahora sí califico de muy buena, aunque dentro de mí haya una suerte de diablo rojo que me dice que mejor no vaya a la feria, que regrese a casa y haga las cosas que debo terminar en las próximas horas. 
Prendo un cigarro y me pongo a analizar la propuesta del diablo rojo. Los placeres intelectuales y carnales se imponen ante los deberes laborales, pero la decisión final se ve aplastada ante la inminente llegada del taxi a la universidad. Ya estoy a sus puertas y poco o nada puedo hacer, respiro hondo y vuelvo a prender otro cigarro. Eso era lo que me faltaba, respirar hondo y fumar otro pucho y así tener una mejor perspectiva de las cosas. De mi billetera extraigo mi carné y escucho una voz de mujer que me llama. Volteo y la miro. La reconozco aunque confieso que me he olvidado su nombre, últimamente me olvido de los nombres de los lectores y las lectoras de la librería, y eso que con todos ellos converso demasiado, siempre de libros, y no necesariamente porque estemos hablando de precios o negocios, simplemente conversando y dejando que el tiempo se vaya en el intercambio de impresiones, ya sea de una película, libro o de algún partido de fútbol. La mujer, de no más de veinticinco años, se me acerca y la saludo. Intercambiamos algunas palabras al vuelo y le digo que estoy con Selecta en la feria de la universidad. Antes de despedirnos, me dice que disfrutó mucho de la recomendación que le hice, y no fue necesario pensar en qué título le recomendé y me adelanto a lo que dirá, cosa que así no me siento tan mal por haberme olvidado su nombre: Qué fue de Sophie Wilder de Christopher R. Beha.

lunes, agosto 24, 2015



domingo, agosto 23, 2015

345

Los domingos me levanto relativamente tarde, me gusta pasarla leyendo, escuchando rock y viendo una que otra película, la desconexión es la norma. Por supuesto, qué mejor que un bue café pasado y un suculento tamal de chancho para ver las próximas horas de la mejor manera posible, en especial ahora que las cosas van a exhibir un cambio algo radical. 
Entre las películas que pienso ver este domingo, hay una del maestro John Frankenheimer, The Young Savages (1961), protagonizada por Burt Lancaster. Mientras busco la película, que sé que está por allí, recuerdo lo que estuve haciendo ayer, como luchando contra la burocracia en la PUCP, pensando, y respirando hondo, en qué pasa con el criterio de las personas cada vez que tienen que seguir al pie de la letra una orden, orden que en la práctica puede perjudicar a no pocas personas durante horas. Ayer, ningún camión podía ingresar a la PUCP si es que no se tenía un seguro CTRL (así le decían), hecho que provocó la presencia de una treintena de camiones que esperaban entrar y que no podían. Ese también fue mi problema, pero no esperé tanto como los otros, porque me gusta solucionar las cosas hablando claro y fuerte, apelando al criterio de las personas, en este caso de los mandamases de la puerta de Riva Agüero, a cuyo jefe tuve que escuelear y de quien recibí predisposición para el escueleo. Una vez que mi camión ingresó, contraté a unos cargadores que en menos de un cuarto de hora sacaron las cosas del camión y las instalaron en el stand de Selecta, que es el mismo de siempre en esta feria, pero ahora un poco más grande. 
Comenzamos a colocar los estantes y abrimos las cajas y dispusimos de los libros. Lo que me gusta de nuestro stand, es que aparte de los buenos libros, tenemos una mueblería que llama la atención por su buen gusto, prácticamente es un stand que ha quedado bastante bonito, con el suficiente espacio que me permite poner mis cosas, que no son muchas, pero que justifican mis días: el espacio para mi infaltable termo de café, la Laptop y los dos libros que pienso que leer en los primeros días, aunque esto de los libros es un decir debido a los muchos libros que siempre tengo a mi disposición. Lo malo, porque no todo es perfecto en la vida, es que no podré fumar como me gusta, con mayor razón ahora que estaré solo en estos días feriales, puesto que en la PUCP no se permite fumar, pero igual, me las arreglaré, ya que si pude hacer pasar un camión que no cumplía la documentación en seguridad, bien puedo sacar provecho de la maña mentirosa para fumarse un par de cigarritos por día.

sábado, agosto 22, 2015



viernes, agosto 21, 2015

344

Me acuesto tarde y me levanto temprano. Una película espera en la lectora de DVD. Mi ánimo es otro, porque después de diez días apareció Silvestre, que se quedó a dormir en la casa, en señal que ha superado, imagino, los celos que le genera el nuevo perrito que tenemos con nosotros. Voy a ver a mi gato y converso con él y también veo sus heridas, las huellas que han dejado las gatas en estos días de furia hormonal. Silvestre me entiende, sabe que el cariño que le tengo no se verá afectado por el cariño que le tengo al nuevo cachorrito, su hermano, a fin de cuentas. 
Ando interesado en los policiales, no sé por qué, se me ha pegado esa manía. Y miro y vuelvo mirar absolutamente todo, hasta las películas catalogadas de menores, pero que sí funcionan bien, puesto que respetan sus normas, pegadas a su registro. Claro, estas películas eran filmadas con el único  objetivo de entretener, como lo fue Cop Hater (1958) de William Berke. 
Lo acabo de decir, no es una obra maestra, pero me gustó. Lamento, sí, que durará tan poco, 1 hora y 20. 
La historia es sencilla: hay asesino en serie de policías. Únicamente policías, a los que acribilla a balazos al salir de los bares, del puticlub de Mama Lucy o en plena calle mientras se lleva a cabo una investigación. La película fluye, acorde a las reglas del suspenso. Sencillamente, cuesta despegarse de ella, en especial cuando ves a Shirley Ballard, en el rol de Alice Maguire, esposa de uno de los policías que investiga los asesinatos. En más de un tramo, la presencia de Maguire parece obedecer a una cuestión meramente accesoria, pero esa impresión comienza a llegar a un quinto plano, puesto que Cop Hater se sostiene en el sinsabor existencial de Maguirre, mujer deseada por los compañeros de su esposo, que no duda en parar en paños menores bajo el pretexto del calor (en realidad, en la película no hay personaje que no se queje del calor), como si buscara una salida, la que sea, para abandonar la vida casera que la está carcomiendo. 
Y lo que interesa, no solo en las novelas policiales, sino también en las películas de este corte, es sencillamente la interacción entre los personajes. No es nada nuevo lo que digo, pero me veo en la obligación de hacerlo, en años en los que el personaje como tal, su configuración moral, es relegado por estrategias discursivas de moda, como desde hace un tiempo en el cine, aunque mucho más en la narrativa contemporánea. 
Termino de ver la película y me alisto para salir a la librería. Vendrán horas apuradas, no muy frenéticas. Mañana sábado es nuestra instalación en la Feria del Libro de la PUCP, algo suave en comparación a la FIL, aunque el problema para mí es que aún no armo ninguna caja.


jueves, agosto 20, 2015

Chirbes

El sábado 15 en la madrugada me enteré de la muerte del narrador español Rafael Chirbes. 
No lo voy a negar, sentí una profunda pena porque era un autor a quien admiraba, específicamente por dos libros. Ambas novelas, una corta y la otra de largo aliento. Mimoun y Crematorio
Cuando al respecto escribí un breve texto en mi cuenta de Facebook, más de uno me preguntó por qué no consignaba su también celebrada novela En la orilla. La razón no guardaba grandes secretos. Ocurre que En la orilla, siendo una buena novela, no había calado en mi experiencia lectora, hasta podría decir que me gustó por partes. Me bastaba y sobraba con las dos novelas que consigné. Por ejemplo: Mimoun es una novelita de la que me doy el gustazo de releer una vez por año, que no es poca cosa, porque lo mismo hago con El corazón de las tinieblas de Conrad, El extranjero de Camus y algunas novelitas más. Sé que suena muy exagerado, pero me refiero a una suerte de empatía, o llámale conexión con esta novela que fue el disparo inicial, el primer ladrillo, con el que el Chirbes comenzó a construir su trayectoria. 
Aún tengo presente el momento que la leí. Andaba a la caza de un nuevo autor español. Obviamente, me ubico en una época en la que iba muy atento a la narrativa española actual, quizá porque muchos escritores jóvenes españoles venían invitados a Lima. Como fuere, mi interés por la narrativa española iba acorde con una posería, como el estar al tanto de las novedades de las editoriales que marcaban la pauta en ese entonces. No me juzguen, tenía veintipocos y pensaba que ya era el momento de leer a nuevos narradores de otros países, y la necesidad era entendible y reforzada, teniendo en cuenta que muy poco había quedado de la narrativa peruana última escrita en los noventa. Fue así que llegué a Chirbes, de casualidad, porque no se trataba de un narrador joven, aunque no tardé en darme cuenta de que era un autor nuevo. Si no me hubiera interesado por la narrativa española última de la época, quizá habría llegado a Chirbes muchos años después, a lo mejor con un libro lejano a ser una idónea puerta de entrada a su poética. 
Mimoun fue finalista del Premio Herralde de 1988. La publicó a los 39 años, o sea, con suficiente experiencia de vida, en un estado de madurez emocional que le permitió encausar una prosa por demás sensual. Si tuviéramos que definir Mimoun, haríamos bien en llamarla “Novela sensual”, en la que la sugerencia no es el medio, sino la norma que canaliza el discurso del autor que nos presenta estas páginas ambientadas en Marruecos, páginas que nos testimonian los devaneos de Manuel, un profesor español que vive en la ciudad de Fez que decide irse a Mimoun con el único fin de escribir un libro. Manuel sufre de crisis existencial a razón de no poder escribir el libro, libro del que no se dice nada, pero poco nos importa aquel libro, porque Chirbes nos coloca en la piel de un aspirante a escritor que recorre Mimoun de madrugada en búsqueda de aventuras. Llega a su hospedaje tan cansado, habiendo sido amado por hombres y mujeres, que no tiene tiempo ni ganas mínimas de escribir. En principio, podríamos estar ante una metáfora del escritor que no escribe, pero no, nos enfrentamos a una novela que metaforiza el sinsentido existencial que depara un lugar en donde solo hay tierra y calor. 
Sin duda, Mimoun fue una excelente carta de presentación para Chirbes. Y no dudé en ir tras sus libros en los años venideros. En el trayecto leí casi todos sus libros, destacando La buena letra, Los disparos del cazador y La caída de Madrid, las cuales, y pese a su buena factura, no lograban el hechizo de Mimoun. Como ensayista también entregó títulos que recomiendo, como El viajero sedentario y El novelista perplejo. Es precisamente en el ensayo donde pude intuir algo que veía contadas veces en un escritor en actividad: un claro compromiso político, pero este compromiso estaba libre del alegato. Chirbes era sabedor de su talento para escribir, pero siempre cuidó la calidad de su prosa, que esta no se contamine con el respiro ideológico de izquierda. En sus ensayos podíamos acceder al intelectual comprometido, este compromiso lo deducíamos en los márgenes de su exposición, además, nunca usaba la adjetivación barata, sino la argumentación inteligente, ajena a la pedantería, tal y como lo podemos ver en los maestros del ensayo. Me gustaba ese Chirbes, pese a que no sintonizaba del todo con sus ideas políticas, estas poco o nada me importaban porque bastaba y sobraba con recibir de su generosidad intelectual. 
Pasaron algunos años para volver a otro título de Chirbes, en ese lapso me enteré del éxito de Crematorio, el cual leí a destiempo, ajeno a los saludos de la inmediatez. Crematorio no es una novela fácil de leer, pero con un poco de paciencia, la paciencia del hincha, hice mía esa proeza que aparte de ser una joya literaria, resultaba también un testimonio crudo y demoledor de una España que vivía una mentira, la mentira del Boom inmobiliario. En estas páginas accedíamos a personajes corroídos por el dinero, personajes que exhibían una frivolidad insulsa y que se legitimaban en el bien material a costa del prójimo. Por lo escrito, no pensemos en que estamos ante una novela de corte moralista, no, lo que relato es solo la coraza, porque su pulpa era una auténtica bomba Molotov construida con un estilo sinuoso, envolvente, el ideal para que Chirbes nos muestre en toda su amplitud la degradación moral de sus personajes, degradación que traspasaba la experiencia literaria para instaurarse como una radiografía de la condición actual del hombre en su relación con el mundo. 
Todos los reconocimientos que mereció Crematorio fueron más que justificados, los que reforzaban aún más la legitimidad que había alcanzado su obra. Pues bien, me permito especular sobre la resonancia de su nombre y el alcance de su obra fuera de su país. Es cierto que sus libros podían hallarse en Latinoamérica, pero solo llegaban a ellos los lectores bien informados, los que hurgaban aún más en los catálogos de las editoriales. A esto sumemos que era un autor discreto, de lo que prefieren hablar con sus libros que en una entrevista a toda página. En otras palabras: no era un figurón. 
Para muchos lectores peruanos, el nombre de Chirbes empezó a sonar cuando se anunciaron a los tres narradores finalistas de la Primera Bienal Mario Vargas Llosa de Novela. Junto a Las reputaciones de Juan Gabriel Vásquez y Prohibido entrar sin pantalones de Juan Bonilla, pugnaba por el premio En la orilla de Chirbes. Quien esto escribe ha tenido la oportunidad de leer estas novelas y si bien las de Vásquez y Bonilla son una muestra más, y tajante, de sus buenos y saludados oficios literarios, no podían compararse a En la orilla. Además, esta novela de Chirbes venía precedida de elogios y premios en España, en donde se la ubicó como la mejor novela del año. En este sentido, no era descabellado pensar/especular que su novela era la que ganaría esta primera edición de la Bienal. Sin embargo, Chirbes no vino. Al respecto se barajaron varias versiones. Se dijo que su ausencia obedecía a motivos de salud, pero esa versión se cae sola, ya que el autor venía desde hace buen tiempo en constante actividad de promoción literaria. Pues bien, la versión más sustentada  descansa en el hecho que no vino a Lima debido a sus convicciones ideológicas. La abierta simpatía de Chirbes por el comunismo y la izquierda eran más que abiertas y rastreables tanto en su poética como en su actividad promocional. Su discurso político tenía un objetivo a atacar: el neoliberalismo. Tampoco había que ser un dotado neuronal para no deducir que esta bienal tenía también un cariz político e ideológico, en franca respuesta al Premio Rómulo Gallegos. 
En tiempos como los que corren, en los que no pocos escritores llamados de izquierda son presas del atarantamiento mediático, en los que aceptan sin dudar reconocimientos que contradicen su discurso político e ideológico, el ejemplo de Chirbes resulta saludable y a la vez perdurable. Se puede estar de acuerdo o no con su actitud, en la que dejó de lado todos los beneficios promocionales, como también pecuniario (100 mil dólares), en pos del respeto de su discurso, un discurso de izquierda presente en todos sus libros y que no iba a mancillar por la tentación del diablo verde y los flashes. Aparte de estupendo narrador que deberíamos leer, era también un artista/intelectual que hoy por hoy deberíamos emular. 

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Publicado en LPG


martes, agosto 18, 2015

"el estilo de los otros"

Los seguidores de la narrativa latinoamericana contemporánea pueden sentirse bien servidos con el libro de entrevistas El estilo de los otros (Ediciones UDP, 2015) del narrador y periodista argentino Mauro Libertella. Nos enfrentamos, pues, ante una publicación que bien la puedes leer de un tirón o salteándote, dependiendo, claro, de tu grado de conocimiento de los autores que ha convocado el argentino. Más allá de posibles estrategias de lectura, la presente publicación nos sirve como un mapa con espíritu de antología que nos comunica, en la voz de sus más conspicuos representantes, cómo ha ido evolucionando la narrativa contemporánea en América Latina, como también cuáles son los lazos temáticos que comparten sus autores, o, lo que es más importante, qué es aquello que los diferencia. 
Para la presente publicación, Libertella ha tenido que seleccionar, y como toda selección, esta no es libre de omisiones (que detallaremos más adelante). En líneas generales se nos ofrece un fresco atractivo, tenemos a Alberto Fuguet, Diamela Eltit, Alejandro Zambra y Rafael Gumucio por Chile; a Alan Pauls, Sergio Bizzio, Sylvia Molloy, Matilde Sánchez, Fabián Casas y Ricardo Piglia por Argentina; a Ercole Lissardi por Uruguay; a Rodrigo Rey Rosa por Guatemala; a Antonio José Ponte por Cuba; a Horacio Castellanos Moya por El salvador; a Mario Bellatin por Perú; y a Margo Glantz, Guadalupe Nettel y Juan Villoro por México. 
No hay que pensarlo mucho: viendo la selección podemos conocer también al lector que hay en Libertella, un lector, digamos, exquisito, o llamémosle ecléctico. Sin duda, hay nombres a los que nos hubiese gustado acercarnos más, nombres a los que asociamos cuando se nos habla de la narrativa contemporánea en América Latina. Sin embargo, lo que parece una omisión, no es más que una apuesta por poéticas con las que, suponemos, el mismo Libertella se siente identificado. Es decir, el entrevistador/antólogo no ha sido parte de la demagogia de convocar a los nombres inamovibles, a los figurones de toda la vida, cosa que así somos políticamente correctos y contentamos a la tribuna. Pero en este sendero puede existir más de un peligro, el peor: que Libertella nos esté ofreciendo una cartografía por demás sesgada del panorama narrativo latinoamericano actual, entonces, vienen las preguntas tácitas: ¿por qué no están Rodrigo Fresán, Pedro Juan Gutiérrez, Valeria Luiselli, Edmundo Paz Soldán y Alejandra Costamagna, por citar algunos nombres, que bien pueden compartir lazos temáticos y estilísticos con sus convocados, teniendo en cuenta que un par de ellos, Fresán y Gutiérrez, ejercen un magisterio silente en no pocos narradores latinoamericanos? 
Felizmente, no es una cartografía sesgada la que nos ofrece Libertella, sino una apuesta en exceso subjetiva que haríamos bien en saludar para polemizar y discutir y analizar en las voces de sus protagonistas el mensaje que nos dejan en sus silencios. Me vienen a la memoria las respuestas de Bellatin, especialmente en cómo fue que llegó a editar su primera novela, Mujeres de sal, que obtuvo la mejor prensa posible: el boca a boca de los lectores. Hasta esta entrevista, mi interés en la obra de Bellatin era nulo, sentía que ya no tenía mucho que decir como escritor, bastándome solo sus novelas Salón de belleza, Damas chinas y Efecto invernadero, pero luego de la lectura de esta entrevista, experimenté una nueva curiosidad por su poética, o sea, una necesidad, una segunda visita a todas sus novelas. Las respuestas de Bellatin también son una patada frontal al contexto peruano en el que se inició como escritor, en cómo este permite que traten a sus artistas y escritores. No deja de llamar mi atención por qué Libertella lo considera peruano cuando bien pudo colocarlo con los mexicanos. Bien sabemos que en México Bellatin encontró las oportunidades que aquí jamás se las iban a dar. Iluminadores, por decir lo mínimo, resultan las intervenciones de Piglia y Glantz, que más allá de revelarnos los entresijos de sus poéticas, nos conectan y comprometen hacia mirada más apasionada y no por ello menos responsable de lo que debemos detectar al momento de leer, es decir, ir tras la sensibilidad que sostiene la forma del registro narrativo. 
Podemos estar o no de acuerdo en la selección de Libertella. En lo que sí tropieza el entrevistador/antólogo es en el uso de distintos métodos de entrevista con sus seleccionados. No todas las entrevistan gozan del mismo calibre e impacto y hubiésemos deseado la aplicación de un método clásico en todas las entrevistas. Por ejemplo, siento que Villoro se pierde en el texto fragmentado, lo mismo podría decir de Eltit. 
Más allá de los inevitables reparos, El estilo de los otros cumple un cometido, tanto para los conocedores y potenciales interesados: ir a la busca, y nuevo arribo, de estas voces, algunas de ellas algo perdidas e injustamente no lo  suficientemente reconocidas como Sánchez, Lissardi y Ponte. Sin embargo, el principal cometido lo cumple en la discusión y polémica que generará, a lo mejor por la selección o las respuestas de los escritores que dan vida a este libro, y eso es saludable, pues Libertella propicia una discusión, no importa si esta sea silente entre los escritores y lectores.


lunes, agosto 17, 2015

343

Ciertos domingos tienen el aura de brindarte la oportunidad de poner en orden las cosas. Cosas que esperabas encausar y que por más que intentabas, no podías hacerlo. Al menos, en estas últimas horas tienes el tiempo suficiente para darle un sentido a lo que se venía germinando, como también potenciar lo que venías haciendo. En fin, veremos cómo se van desarrollando las cosas. 
Días antes mi hermano José Carlos me mandó un mail en el que me pedía de regreso sus dvd´s de la WWE. Al igual que yo, por años fuimos seguidores de esta compañía de lucha libre de entretenimiento. A diferencia mía, él es más coleccionista y en esos dvd´s estaban las mejores peleas en la historia de la WWE. No me puse a pensar en los motivos de su requerimiento, que era inmediato, porque en nuestra última conversación hablamos de los luchadores actuales de la WWE, que a excepción de Cesaro y Brock Lesnar, son una vergüenza en comparación de la épica que veíamos en los luchadores que marcaron nuestra adolescencia y primera juventud. José Carlos quería de vuelta sus dvd´s para volver a los años de gloria en los que éramos testigos de las batallas de Bret Hart, Hulk Hogan, Tito Santana, Macho Man, The Big Boss Man, Shawn Michaels, Jake “The Snake” Roberts, los Demolition, The Ultimate Warrior et al. 
Junté los dvd´s y los puse en la mesa de la sala para cuando pasara mi hermano a recogerlos. Después de almorzar, me alisté para salir, puesto que debía recoger a mi madre en Jesús María, en un barrio cerca de la Residencial San Felipe. Mi idea era pasar por la residencial, cruzar sus parques, caminando lento y volver así a los meses en los que me gustaba recorrerlo, porque, para ser sincero, después de muchos años iba a volver a hacerlo. Además, tenía ganas de caminar, caminar despacio, con la sensación de no saber a qué lugar ir. 
Poco antes del llegar a mi destino, me bajé del taxi en Salaverry, en la intersección del Rebagliati. Pensé en que si caminaba en diagonal, iba a llegar a la residencial y así recorrerla en calma hasta recoger a mi madre. Sin embargo, hice mal, porque en vez de caminar por la Salaverry, lo hice por una calle de la que no recuerdo ni me interesa recordar su nombre, puesto que a media cuadra de la misma, una cuadra inmensa, la del Círculo Militar, me di cuenta de que estaba en una calle que a toda costa trato de evitar. 
Hay calles que tienen el poder de tirarte al suelo, de quedarse con lo mucha o poca vida que puedas tener. No es la única, puedo encontrar más en Lima y huyo de ellas sin más, alejarme en una de su patetismo que le quita sentido a mi vida. No hablo pues de calles pobres, más bien, estas podrían calificarse de sobrias, pero que indudablemente encierran un mal, proyectan una desazón: la acumulación de los espíritus de los muertos y acribillados que deben permanecer en el subsuelo de las casas que habitan la calle. Esa es mi teoría personal, porque luego de barajar muchas posibilidades, no tengo otra opción que pensar en ello, mirar estos hechos con otros ojos, no los terrenales. 
No me encontraba en una calle que tenía que evitar. Esa calle a evitar no era mía, porque de haberlo sido, no me habría bajado del taxi en Salaverry. Esta era la calle a evitar de José Carlos, mi amigo que se llama como mi hermano. Conozco la pesadez de esta calle gracias a él, que me pidió hace cinco años que lo acompañara una mañana a recorrerla, de la que deseaba recoger impresiones para usarlas en una novela que estaba escribiendo. Aún tengo presente esa mañana, como también su insoportable pesadez existencial. Hubo un momento en que le pedí que aceleráramos el paso y salgamos cuanto antes de allí. José Carlos se río y me dijo que quería comprobar la sensación que él tenía, que no solo era de él, sino también de los que cruzaban esa calle por primera vez. 
Pasaron los años y José Carlos publicó el libro del que me hablaba y del que leí sus distintas versiones. La calle aparece en su libro y estoy seguro de que los lectores también han sentido esa pesadez de la que les hablo.