lunes, marzo 02, 2015

249


El viernes fui víctima del escalofrío y la fiebre en su estado más salvaje. No sé cómo pude soportar ese día, en el que me encontré solo en la librería. Ahora, sobre lo que hice en la mañana del viernes, estoy pensando en si hago un artículo o simplemente un texto que numeraré como parte de los posts del blog. Sea cual sea la opción que elija, tengo la certeza de que sacará mucha chispa y mi tregua con ciertos celadores literarios y de las buenas costumbres habrá terminado.
Tenía que recuperarme, puesto que al día siguiente, el sábado, se casaban Lizette y David, dos buenos amigos a los que quiero y aprecio. Estaba preocupado, debía ponerme las pilas, pensaba y recordaba qué había hecho para ser presa de este malestar que no solo te ataca el cuerpo, sinotambién el ánimo. No sé cómo llegué a mi casa, puesto que para colmo de males me retrasé debido a la Marcha contra la TV basura. Lo último que me faltaba para coronar ese día era tener que soportar las bombas lacrimógenas y los policías a caballo.
Tomé unas pepas antes de acostarme y desperté ligeramente mejorado. Ya no tenía fiebre, pero cada movimiento que hacía me deparaba una factura de dolor, leve, pero de dolor.
El sábado se me presentó soleado y debía de hacer algunas coordinaciones finales para la actividad que se llevaría a cabo en Quilca, actividad que, según me cuentan, fue exitosa y muy festiva. Abrí la librería puesto que mi padre se haría cargo de la misma ese día, que dicho sea, la rompió.
Me retiré, con la idea puesta en la boda de mis amigos. Pero a las tres de la tarde, me vino la fiebre y el escalofrío. Pensé que no la haría, que no tendría fuerzas ni para volverme a duchar ni para cambiarme, es decir, ponerme el atuendo que se requiere para este tipo de ocasiones. Dormí durante algunos minutos y al despertar, vi a mi lado una pastilla blanca sobre un platito, más un vaso de agua. La pastilla era totalmente blanca, no tenía, o no pude ver, la marca. Dejé de lado mis dudas y la tomé.
El malestar se acrecentó, no el doble, sino el triple. Me sentí mierda. La cabeza me reventaba. El remedio resultaba peor que el mal. Sin embargo, luego de la embestida de dolor y fiebre, mi cabeza comenzó a disiparse y la frialdad/tibieza se asentaba en mi temperatura. Mis manos y piernas ya no sentían las punzadas eléctricas.

viernes, febrero 27, 2015



jueves, febrero 26, 2015

248


La tarde de ayer me encontraba en el Don Juan, esperando mi Cheesecake de fresa y un espresso, que es lo que siempre pido cada vez que vengo a este restaurante. Supuse que era una buena manera de premiarme por el éxito de algunas gestiones que había llevado a cabo en las últimas horas. Me puse a leer un libro de Quim Monzó, autor de quien llevo años sin leer nada.
En esas estaba, cuando hacen su aparición un par de críticos literarios bien conocidos por su evidente hueveo teórico. Viajan mucho en calidad de críticos, teóricos, algo que no veo nada de malo, pero lo que sí me sorprende de ellos es que a diferencia de otros críticos que viajan, estos no tienen ni un puto libro en su haber. Se hacen llamar críticos, pero no tienen obra, más bien siempre están a la espera de la llegada de un crítico de renombre para hacerle la corte y de esta manera ganarse una recomendación para un congreso en Las Bermudas. O sea, el lustrabotismo en todo su esplendor.
En principio, este par de hueveros de la crítica académica, no me vieron. Me quedé en silencio, esperando que ocupen una mesa cercana al baño. Pero no, estos se ubicaron, luego de dar vueltas buscando mesa, en una para dos detrás de mí.
Tuve que responderles el saludo.
La mirada de uno de ellos, el más ojeroso, me comunicaba que querían hablar conmigo, aprovechando la oportunidad del encuentro. En un segundo pensé en las múltiples respuestas negativas que le daría, pero me di cuenta de que ambos jamás han sido mala onda conmigo, por el contrario, me han invitado a eventos y congresos y en una lejana oportunidad me invitaron a publicar un cuento en la revista que dirigían.
Llevé mi pedido y le pedí a un mozo que me alcance una silla.
Empezamos a hablar de nuestras lecturas en común, que eran muy pocas. Hablaba rápido porque quería comer rápido mi Cheesecake, además, debía regresar a la librería. Aprovechaba los silencios para darme un respiro, veía las agujas del reloj del restaurante. Tenía una imperiosa necesidad de irme, pero demoré un poco más de lo presupuestado ni bien el ojeroso me preguntó si podía participar con ellos en un congreso sobre el cuento latinoamericano que se desarrollaría en mayo.
La propuesta me vino como anillo al dedo, porque de realizarse este supuesto congreso tendría la oportunidad de hablar/escribir de un tema que pocas veces he tocado. Esta oportunidad me servía también para volver a los maestros latinoamericanos de las distancias cortas. No lo niego, la idea me entusiasmó.
Empero, este entusiasmo no me duró mucho, a las justas cinco minutos. El otro pata empezó a sacar pluma de los beneficios que podríamos obtener de los auspiciadores. Según él, tenía muchos conocidos que estaban dispuestos a soltar un generoso billete. Ahora, no es que no me guste el dinero, por el contrario, me encanta. Más bien, no me gusta hablar de dinero cuando hablo de literatura.
Con el ojeroso, la cosa fue más distinta, al menos en apariencia. En un papel apuntaba los lineamientos que tendría el congreso. Conversamos de los autores que hablaríamos, de sus cuentarios medulares, pero a medida que intercambiábamos impresiones, yo era el único que hablaba, era el que monologaba. Supe entonces que sus lecturas yacían en la limitación. No había leído como me lo esperaba, pero me gustaba su esmero en querer aprender.
No creo que dije algo malo. Más bien dije algo obvio, implícito, axiomático.
“Habría que dedicar una sesión exclusivamente a Cortázar. Hablar de su vigencia, de los registros de su poética”, dije.
El comentario que recibí arruinó el disfrute de mi Cheesecake, en realidad, me malogró el día, puesto que ante lo evidente, uno espera recibir su misma reciprocidad, pero no, lo que recibí fue una pachotada que no puedo aceptar en alguien que se las pega de importante en la academia. Uno qué puede hacer ante comentarios que lindan en la estupidez, tipo “No, Cortázar no. Cortázar no interesa a nadie, no vende. De Cortázar ya se ha dicho todo”.
Fui preso de una disyuntiva: ¿le pegaba o no?
Este crítico literario resulta ser un peligro para la literatura. ¿De qué diablos les habla a sus alumnos que lo ven mismo Rey Midas?
Pegarle no era más que un acto de justicia literaria.


miércoles, febrero 25, 2015

247


Anoche me gustó ver la lluvia de verano. Abandoné mi condición de animal tropical urbano para disfrutar de la vista que me ofrecía la lluvia. Eso es lo que me gusta, disfrutar de la lluvia. Tengo pues un rollo con las lluvias, que pensándolo bien, han marcado las experiencias más medulares y peculiares de mi vida, ya sea porque alguien te llama en medio de la noche, o porque te genera curiosidad los rostros de las personas que caminan con cuidado, o debido a que llevan a los pasajes y escenas de las novelas que más te han gustado.
Años atrás fui sorprendido por una verdadera y letal lluvia en la ciudad colombiana de Bucaramanga. En esta ciudad, conocida como “La ciudad bonita”, participé como invitado “especial” del ¿Sexto/Cuarto/Quinto? Encuentro Nacional de Estudiantes de Literatura. Así es, fui invitado a un encuentro de teóricos y críticos literarios de oficio cuando yo, desde ese entonces y antes y como hoy en día, me encontraba en las antípodas del discurso académico. Por un tiempo creí que me habían invitado a manera de provocación. Tanto ayer y hoy, era pues un Don Nadie, pero este DN siempre ha tenido suerte: resulta que a varias alumnas, las responsables de armar este encuentro, les gustó mi primera y única novela en una visita que hicieron a Lima un par de años atrás. O sea, me tenían en la mirada, estudiándome en el blog, siendo testigos de mis constantes peleas con los conspicuos representantes de Poetilandia.
Ofrecí un par de conferencias: en la Universidad Nacional de Santander diserté sobre las novelas de la violencia política en Perú y en la Universidad Autónoma de Bucaramanga ofrecí una conferencia sobre la nueva crónica latinoamericana, que tuvo un título efectista: “Los hijos bastardos de Hunter Thompson”.
En esos días, en los que tenía que participar, me guardé como un intelectual responsable en el Hostal UNAB. Cumplí bien con lo que tenía que cumplir e inmediatamente después me dediqué a conocer y disfrutar de la ciudad. Varios patas y flacas colombianos me advertían de los peligros del clima, que no debía andar solo por las calles, tal y como lo estaba haciendo. Prácticamente me perdía adrede en las calles, experiencia que me dejó la grata impresión del espíritu festivo del colombiano, que es lo que más me gusta de este pueblo, pero también tuve la impresión de que este pueblo tiene el ánimo polarizado, porque así como es capaz de quererte es también capaz de odiarte. El colombiano no es como el peruano, ducho en la hipocresía.
Durante mi  estancia conocí la fuerza de la lluvia de Bucaramanga. Era una fuerza que la podía resistir, así lo pensé durante varios días. Sin embargo, en mi penúltima noche, mientras regresaba algo sazonado por el alcohol y la marihuana, retumbando en mi cabeza toda la salsa bailada, la lluvia me agarró desprevenido, también los rayos, que cruzaban los edificios ubicados en la cordillera verde que rodea la ciudad. Debía subir por las escaleras ubicadas entre esos edificios y me percaté de que era el único ser humano en ese momento. Las gradas se habían convertido en falsos canales que contenían el agua de lluvia, agua de lluvia que hizo que resbalara y cayera en diagonal casi siete metros.
Caí y perdí el conocimiento... Desperté después de diez segundos. No me moví porque no hay que moverse cuando tienes una caída aparatosa, sino esperar a sentir el cuerpo libre de lesiones. Eso es lo que hice. De a pocos movía el cuerpo y me puse de pie. Tenía que llegar a la Carrera 33, y hacia ella fui, pero a menos de diez metros supe que me faltaba el pasaporte.
Chuchadesumadre, dije.
Regresé al lugar en que caí. No había rastro de mi pasaporte. Lo peor: ya me veía bajando hasta la Carrera 44, pues el agua debió arrastrar mi pasaporte. Pero no, no bajé hasta la 44. El agua también caía en los jardines de los edificios cercanos de donde caí. Busqué el pasaporte sumergiéndome en el lodo. Meses después recordé, para mi pesar, que mi desesperación debió ser parecida a la de John C. Reilly en Magnolia, en la escena en la que este se le pierde su arma de policía. A diferencia de C. Reilly, encontré mi pasaporte. Se lo tuve que arrebatar a un insecto que se lo cargaba a no sé dónde.
Subí las escaleras.
A llegar a la 33, prendí un cigarrito mojado y llegué al bendito Hostal UNAB. Al verme mojado y enlodado, el portero, un viejito simpaticón, me preguntó qué me había pasado. Al escuchar mi historia, me dijo que era muy adrenalínico, que no debía confiar tanto en mi suerte, que por algo no hay un alma alguna a estas horas de la madrugada. “Estas lluvias son tramposas. Han matado a muchos”.
Me sirvió café y me entregó toallas. Conversamos un rato en la cafetería del hostal. No tengo presente lo que me contaba, yo solo miraba la glorieta del hostal, su fino acabado y el agua que resbalaba y caía por su fisonomía. Pero lo que sí tengo presente fue lo que me dijo antes de entrar a mi habitación: “descanse bien, joven limeño salvaje, disfrute de la habitación que hace un par meses ocupó Jorge Luis Pinto y un año atrás Carlos Monsiváis”.

martes, febrero 24, 2015



246

Terminé agotado luego de conversar con un joven narrador que quiere publicar su libro ya. Al parecer, y pese a mis advertencias, editará su primer libro con supuesto editor que tiene la mala fama de estafador, y no solo en la ciudad sureña de la que proviene; además, hace de las suyas con los fondos editoriales que vienen creando los gobiernos regionales. Estos fondos no son producto de una política cultural, sino una suerte de pretexto para justificar el gasto de dinero. Tienen tanto dinero los gobiernos regionales que en algo deben gastar, exhiben, de paso, una logística que es toda una chanchada, un patada al criterio, porque si la gente de conceder el dinero fuera responsable, harían el trabajo de la forma que tiene que hacerse, con una convocatoria seria, pero no les interesa hacerlo, porque si no fuera así, no otorgarían dinero al primer imbécil que se hace llamar editor. 
Este joven aspirante a escritor me tenía cansado con su cháchara, creyó que iba a alegrarme con lo que me contaba, pero no, más bien me hizo enfadar, su estúpida ingenuidad era lo que me sacaba de quicio. No quería seguir hablando con él, para qué perder el tiempo con un papanatas que no entiende, que vive cegado por la mentira que le ha hecho creer el estafador que tarde o temprano se quedará con su dinero. 
Con la gente que no quiere escuchar y recibir sugerencias, lo mejor es alejarse, huir de su mediocridad, así esta se pinte de ingenua. Esa es mi ley: no contaminarme con miserias éticas ajenas. 
Horas antes, en realidad en la mañana, a golpe de once, presencié el matrimonio civil de un par de amigos. La ceremonia, que fue rápida, tuvo lugar en un bonito ambiente de una municipalidad local. Si la memoria no me falla, es la primera vez en mi vida que voy a una municipalidad, o sea, a un matrimonio civil. El ambiente estaba acondicionado para esta clase de eventos, ni hablar del aire acondicionado, que por un momento hizo que me olvidara del calor y la humedad de mierda que caracteriza a esta ciudad. 
Luego nos fuimos a comer. Pero no solo a comer, sino también a beber un excelente vino. Eso es lo que hice toda la tarde, beber vino y comer como un hambriento, con mayor razón cuando la comida estaba no menos que deliciosa. 
A eso de las cuatro de la tarde me acordé que debía cumplir las responsabilidades. Me despedí de los recién casados y de los presentes y me fui a abrir la librería. 
En el trayecto a la librería, sentado en el asiento delantero del taxi, y recibiendo la inclemencia del sol y el viento que logró que el polvo bañara mi cara, hecho que me hizo sentir la imperiosa necesidad de tirarme de una vez a la primera piscina que viera en mi camino, pensaba en que posiblemente haya sido un error en retirarme de la reunión para cumplir mis deberes. 
Felizmente, en el nuevo local de Selecta siempre tengo a la mano una muda de ropa, de la única que me justifica cómo pasar los veranos, lo más fresco que pueda. Con la ropa que llevaba puesta no la hacía, debía cambiarme, sacarme el sudor reseco en mi espalda y brazos, airearme de la pesadez húmeda de la canícula. 
Me cambié y mojé la cabeza. Estaba relativamente listo para abrir la librería, al menos durante tres horas que pensaba aprovechar como tenía que aprovecharse. 
Al ir a Selecta recibí un par de llamadas en el celular. De la primera no reconocía el número. Por un momento pensé que no valía la pena responder la llamada de quien no sabía quién era, pero lo hice finalmente. La voz, una voz a lo mejor andrógina, me ofrecía una promoción de Movistar. Muy amablemente le dije que no me interesaba la promoción, pero la voz insistía en que acceda a la promoción. Debí colgar de inmediato, pero de hacerlo iba a ser peor, ya me ha pasado que cuando me niego a algo paso inmediatamente a ser víctima de acoso. Decidí pues escuchar la propuesta mientras comparaba una botella de medio litro de Coca Cola helada. Después de treinta segundos, hubo un silencio entre la voz y yo y cuando me preguntó si me interesaba en la promoción, le dije que no. 
No niego que ese tipo de llamadas me incomodan y no seré el primero ni el último en maldecir su frecuente inoportunidad. Después de esa llamada no creí que fuera a pasar otro mal rato, pero claro, he aprendido en no confiarme, nunca esperé la llegada de ese joven aspirante a escritor que cuanto antes deseaba tener su libro publicado. Sin embargo, la culpa era mía, solo mía, ya que no debí abandonar la reunión de mis amigos recién casados, debí quedarme con ellos y los suyos, bebiendo buen vino y comiendo como un agradecido famélico.

lunes, febrero 23, 2015



JDT

Por medio de un artículo de Alonso Cueto, en La República, me entero del fallecimiento de la narradora peruana Julie de Trazegnies, autora del libro Maldita sea (Planeta, 2008). 
Me es imposible no dejar de sentir pena, una pena que bien puede ser profunda, tratándose de una persona joven y de quien tenía un buen concepto pese a que no éramos amigos, y a quien solo vi en persona una sola vez, en el 2012, en un evento realizado por el Centro Cultural de España de Lima. En ese evento, si mal no recuerdo, se abordó la narrativa peruana escrita por mujeres y participé en él a razón de Disidentes 1, mi antología de narradoras peruanas que aparecieron a partir del 2000, antología en la que incluí un cuento de Julie, “La espera”. 
Sin duda, la mejor manera de recordar a los escritores, a los buenos, es leyendo sus libros. No sé si a la fecha pueda encontrarse Maldita sea, puesto que le fue muy bien en ventas, a pesar de no tener las suficientes reseñas que sí merecía. Pero bien vale el esfuerzo de buscarlo, sus cuentos irradian más de una epifanía y, en lo personal, me hacen barajar la idea de que la autora no solo escribía bajo fines estéticos, sino también como una manera de luchar contra el dolor. Varios cuentos suyos exhiben un oscuro poder de remecernos, algo que no me sorprende, porque lo suyo era narrar, transmitir, y para ello no dudaba en dejar la piel, el alma y el corazón en lo que escribía. 
Tuve también la oportunidad de hacerle una entrevista. Me gustaría que la puedan leer, cosa que así tendrán una idea de qué iba su poética, y se animen a leer Maldita sea.


domingo, febrero 22, 2015

"pista resbaladiza"

Quizá uno de los libros con los que más me he sentido identificado, quizá el libro que alguna vez me gustaría publicar, aunque para ello, tendría que exhibir una mirada más desarrollada, por no decir escéptica, muy ajena a la frivolidad. 
Sin duda, cuando acabé, hace varios meses, la lectura de Pista resbaladiza (Ediciones UDP, 2014) del chileno Roberto Merino, me propuse no comentarlo durante un buen tiempo. Más o menos eso es lo que suelo hacer, los libros reseñables ingresan a un obligado descanso en el que me olvido de él y así, cuando tenga que volver a sus páginas, me haga de una visión libre de las trampas del impresionismo inmediato. 
Los meses pasaban y me preguntaba cuándo escribiría sobre esta selección de artículos y crónicas de este autor, artículos y crónicas que permanecían en mí tal cual resonancia de seis de la tarde, viendo el paso de la vida de los otros y de la mía, intentando enfocarme en el detalle que bien podría justificar una vida, aunque no necesariamente para bien. 
Desde el primer texto (anotemos que la presente selección estuvo a cargo de Andrés Braithwaite) es posible percibir la transmisión que nos depara la mirada de Merino, una mirada que, como señalé líneas atrás, viene cargada de escepticismo, o llámalo también, de un cargado espíritu crítico. Merino disecciona la vida de los otros desde todos los espacios posibles, sea desde un café de Providencia, como desde las páginas de un diario, por medio de una canción que escucha en la radio o desde la conversa al paso con algún amigo o conocido. 
No, no estamos ante una publicación que obedece al recuento de impresiones. Lo que leemos en estas páginas es alta literatura condensada que nos lleva a conocer a un autor que ha hecho del texto de no ficción un terreno epifánico para todo interesado en este registro de escritura. Es decir, y sin exagerar, te hablo de un maestro, pero de los que no pretenden contentar a la platea; hablo de un maestro que muere en su ley, es decir, respetando su mirada, algo que no debería destacarse cuando hablamos de escritores de raza, pero resulta necesario hacerlo cuando vemos que la escritura del contentamiento viene marcando la pauta, y no necesariamente en los textos de ficción, sino también en lo que llamamos, a falta de otra definición y cayendo en el vulgar lugar común, literatura de no ficción. 
Merino no es presa de ese relativo y nuevo afán que pauta el comportamiento de muchos escritores relativamente mayores que se entregan al maestrismo de las nuevas voces, cosa que así se aseguran alguna referencia cuando los años hagan pesar su factura. Al menos, esto es lo que veo desde hace un tiempo, el escueleo de los mayores, con promesas veladas de canonización para los alumnos interesados. Hay pues en los textos de la presente publicación una verdad que diferencia a su hacedor como uno peculiar y original, no solo sus textos hacen alarde de una verdad, sino esta verdad descansa en la legitimidad que irradia su escritura, legitimidad que solo unos pocos pueden conseguir. Esta legitimidad  la presenciamos en un sendero que recorre cada línea, sendero que direcciona los tópicos que alimentan la poética de Merino. Me refiero a la libertad de decir lo que piensa sin pensar en lo que dirán los demás. Esta libertad, más la mirada afinada, dotan al estilo de su poética de un rasgo que lo perdura y lo aleja de la fugacidad de la media que caracterizan a los textos periodísticos, además, el autor se sabe muy bueno en lo que puede ser bueno, en la brevedad del formato, he allí el secreto de su éxito y su ambición, involuntarios para más señas.




sábado, febrero 21, 2015

245


Mañana de sábado. No sé si estoy de boleto, pero igual abro la librería. Los excesos de madrugada no son obstáculos para abrir la librería. Durante un tiempo se puso de moda una frase de Bryce: “Soy un borrachito con agenda”. La escuché en esas épocas en las que era un actor de reparto de la escena literaria local, que no es la gran cosa como piensan muchos aspirantes a escritores, puesto que esta escena literaria es igual a una película chambona de bajo presupuesto.
Supongamos que fue en una perdida noche de abril del 2000. Me encontraba en un bar de Barranco, en donde se estaba celebrando un recital de poesía, el cual puedo calificar de relativamente memorable puesto que los poetas noventeros y ochenteros que se dieron cita leyeron sus Hits. Fueron a la fija y no se refocilaron en leer poemas que estaban trabajando y que, por lo tanto, exhibían una implícita baja calidad acicateada por la inmediatez y el figuretismo.
Me uní a un grupo de asistentes, en donde dictaba cátedra un referencial poeta setentero que, al igual que yo, había ido al recital. Sobre la mesa, al lado de la canchita y su Margarito, la página fotocopiada del diario en donde estaban las declaraciones de Bryce. Este poeta, que no tenía idea de lo que Bolaño decía de él en su celebrada novela, decía que él era como Bryce: un borrachito con agenda. A diferencia de Bryce, según él, su obra era mayor en comparación del famoso narrador, porque lo suyo no solo era la poesía, también el ensayo, la narrativa y el discurso matemático. Sin darme cuenta, y ahora lo reconozco después de muchos años, hice mía esa sentencia, al punto que hizo de mí una persona disciplinada más allá de los excesos característicos de la edad.
Recuerdo esta sentencia al ver a muchos potenciales narradores y poetas, que si se desahuevaran, tendrían una obra mayor que los figurones de obra mediana. Potenciales narradores y poetas perdidos en las acequias del alcohol, la pasta, el cloro, el moño rojo, que deambulan duros por los bares y recitales, mostrando una infatigable lástima. Más de uno me ha confesado que anhela abandonar ese ritmo de vida y reforzar aquello que muchos pensábamos de ellos en el inicio del apego a la vocación. Han pensado en rehabilitarse, pero cuando los veo, tengo la certeza de lo siguiente: no necesitan una rehabilitación, sino fuerza de voluntad para dinamitar su flojera y así llevar a la práctica, a lo real, su entusiasmo.