miércoles, mayo 15, 2013


lunes, mayo 13, 2013

Lecturas de Madrugada 7: "The Wire. 10 dosis de la mejor serie de la televisión"





 

Este es uno de los libros que durante muchos meses –a lo mejor año y medio-- esperé que llegara a Lima. Cualquiera que haya devorado las cinco temporadas de la serie de HBO The Wire, me entenderá sin más. Y si hay alguien que aún no la ve, pues le sugiero que termine de leer esta columna y vaya tras la serie. Así de simple. Su existencia no es más que un motivo adicional que refuerza una verdad: el extraordinario momento --el mejor, a secas-- de la series de televisión.

Atrás, en el olvido, quedaron las series ochenteras y setenteras, que aparte de exhibir olvidables actuaciones, también hacían gala de un trabajo guionístico soberanamente insultante. No por nada, se dice que los guionistas de hoy son los hijos aprovechados de Dumas, que aprendieron los secretos de las novelas de folletín. Basta revisar los guiones de Mad Men, 24, Breaking Bad, Lost, Los Soprano y, sin ir muy al norte, de la primera temporada de la argentina Epitafios, para quedar absortos con el andamiaje estructural, la documentación enfermiza, en otras palabras: lo medular que resulta la logística narrativa.

The Wire jamás fue concebida para el mero deleite del espectador medio. Para disfrutarla, hay pues que dejar la piel en cada uno de sus episodios, casi del mismo modo de cuando nos enfrentábamos, por ejemplo, a las más crípticas películas de Godard, o para graficarlo mejor: como cuando ingresábamos en los laberintos de Paradiso de Lezama Lima.

Desde que empiezas a ver el primer capítulo de la primera temporada, el asunto tiene todos los visos de ser una empresa imposible de superar. ¿De qué hablan? Para colmo en jerga… Pero al final de la batalla uno queda con la sensación de que ha valido la pena invertir paciencia y sudor, puesto que terminas aprendiendo, y mucho. Sabes por fin cómo se movían las fichas de los sistemas representados, teniendo como única salida la de aferrarte a tus valores para no terminar emputecido. La locación: Baltimore, Baltimore para el mundo entero, en donde no hay personajes buenos, ni personajes malos, todos son iguales.

Eres, sencillamente, otra persona luego de cada temporada. No te confundas, no te sientes una mejor persona. Eres otra persona, muy zarandeada, para ser precisos.

En lo personal, y por más que a un purista le suene a herejía libresca, mis temporadas de The Wire las tengo en los anaqueles de mi biblioteca, al lado de los siete tomos de En busca del tiempo perdido, Moby Dick, Mientras agonizo, El cuarteto de Alejandría, de las obras completas de Chandler, Las ilusiones perdidas… O sea, en las filas de los más grandes.

The Wire. 10 dosis de la mejor serie de la televisión (Errata Naturae, 2010), es a todas luces un invalorable regalo para los fieles y sufridos fanáticos de la serie. Cada dosis viene por cuenta de escritores e intelectuales que también fueron fieles, es decir, hechizados y zarandeados por la podredumbre moral, incoherencia y chispazos de redención de sus recordados personajes, como Lester Freamon, Jimmy McNulty, Avon Barksdale, Omar Little (por cierto, antihéroe favorito de Barack Obama), Stringer Bell, Kima Greggs y demás. Las plumas convocadas para la presente publicación, todas ellas bendecidas por una suerte de fuerza sobrenatural protectora y a la vez amenazante, fueron las de: David Simon, George Pelecanos (imperdible su relato ‘El confidente’), Rodrigo Fresán, Nick Hornby, Jorge Carrión, Iván de Los Ríos, Marc Pastor, Margaret Talbot, Marc Caellasy y Sophie Fuggle. Cada uno de ellos --sin contar a Pelecanos-- de a pocos y sin pudor alguno, va dejando de lado la fría acuciosidad, la objetividad de su discurso, para dar lugar a uno impresionista que ya no puede contener al hincha y seguidor que lleva dentro. Es que no se puede ser objetivo si escribes de esta serie. Ellos lo saben bien, escribir sobre ella es ser parte de la historia de la narrativa visual, es colaborar en su tradición, se sienten importantes, porque se la creen, como tiene que ser.

Me es imposible pasar por alto la introducción de David Simon, el hacedor de la perdurable y gran bestia. “Y, siendo sinceros, The Wire no intentó solamente contar un par de buenas historias; sobre todo, buscó… pelea”. O sea, catalogar a The Wire como una simple serie de policías y ladrones, no es más que una mezquina reducción de su verdadero alcance: The Wire fue política, historia, sociología, antropología, psicología, economía... The Wire se fue por la puerta grande, llegó a la quinta temporada. Simon no cometió los horrores de los creadores de Lost y 24, que por dinero las extendieron cuando ya no tenían más que decir.

Después de cada emisión de los episodios, en especial los de la primera temporada, más de una institución del sistema de Baltimore se sentía contra la pared y con los pantalones en las rodillas. Por ende, no extraña que los productores hayan barajado, en más de quinientas ocasiones, cancelar el proyecto de Simon. Pero de a pocos la serie se fue forjando de una gran minoría de televidentes que encontraba en ella cosas que nunca antes había visto. No era para menos: esta gran minoría tenía en las pantallas de sus televisores una sugerente y adictiva novela visual. En otras palabras, fue la calidad del producto la que terminó imponiéndose a las tácitas presiones del rating y la publicidad.

“A la mierda el espectador medio”, dice Simon. Y le doy toda la razón.

domingo, mayo 12, 2013

Fogwill


sábado, mayo 11, 2013

El último detective salvaje - Texto de presentación de "Contemplaciones" de José Rosas Ribeyro



Texto leído el jueves 9.

 


 

La primera vez que supe de José Rosas Ribeyro fue gracias a la polémica antología Estos trece de José Miguel Oviedo.

Bien recordamos que dicho florilegio tenía la cualidad de presentarnos, en su gran mayoría, a poetas de alta calidad y de cierta y encomiable madurez pese a su juventud. Pues bien, los poemas de JRR reflejaban pues una voz inquieta, risueña, desenfadada, y algo provocadora, muy inclinada a lo social. Indudablemente llamó mi atención y quise leerlo, pero por más intento que hice, no pude hacerlo hasta mucho tiempo después, en realidad muchísimo tiempo después.

Conseguí leer Curriculum Mortis, que me lo prestó un buen amigo, y Ciudad del infierno. Al respecto debo decir que Ciudad del infierno lo compré en un puesto de libros de la Avenida Aviación y 28 de Julio, en La Parada. Lo recuerdo muy bien porque me pasaron el dato que allí había alguien que vendía poesía peruana y que hacía poco le acababa de llegar muchos poemarios del setenta. Fui tras esos libros con olor a cebollas, alfalfas y apio. Sin embargo, lo que se suponía que era una pacífica incursión libresca, casi me cuesta la vida, porque justo en los minutos que compraba los libros, entre los que se encontraba este de JRR, se desató una batalla campal entre los cargadores que pugnaban por desmontar un camión de costales de papas. El puesto de libros, para mi buena suerte, quedaba ubicado a no más de cinco metros de la gesta callejera. Y no lo digo por posería, se los juro, pero mientras veía la sangre de los otros chorrear ante mis narices, de cuando en cuando picaba los versos de nuestro poeta.

La presencia ausente del poeta se hizo más fuerte en mí debido a su participación en Poesía en Rock. En más de una ocasión he conversado con los hacedores de la publicación, Yrigoyen y Torres Rotondo, sobre su rol casi protagónico, puesto que sin él, sin su testimonio, sin su visión de lo que fue la década del setenta en Latinoamérica, ese libro no exudaría ese tsunami vital que lo sostiene. Si Poesía en Rock fuera una película, José haría algo parecido a lo de Orson Welles en El tercer hombre.  Él pone pues la salsa, el picante y la joda, harta joda. Por ejemplo, quién no se ha carcajeado con su versión del encuentro entre Verástegui con Octavio Paz y del inmediato odio de Roberto Bolaño al autor de En los extramuros del mundo.

Tengamos presente lo siguiente: no estamos ante un poeta, menos ante un narrador. José Rosas Ribeyro es ante todo una máquina de escribir. Una máquina de escribir con harta sensibilidad, con demasiada calle, con un más que apreciable espíritu analítico, con un gran nivel de lecturas (me consta, él es un devorador insaciable de libros; de los muchos escritores que conozco, pocos como él sienten una pulsión sin concesiones para con la palabra impresa) y, muy en especial, con una gran sensibilidad. En lo que he leído, ya sea en ficción, como en su estupenda novela País sin nombre, a la que le auguro un gran futuro, siempre y cuando los ánimos encontrados se calmen y leamos el libro y no la persona; y en no ficción, ya sea en sus entregas para El Hablador y Lima Gris, ha demostrado oficio, y sin exagerar, nos ha escueleado en los sinuosos senderos del narrar. Y por sobre todas las cosas, nos ha enseñado a mirar. No se puede pretender escribir si es que no sabes mirar, parece ser su mensaje.

Pero mirar es también recordar. Mirarse a uno mismo. Y mirarse a uno mismo es lo que hace en este poemario, gracias a Paracaídas Editores, Contemplaciones (apuntes de un sobreviviente), en donde nos topamos con un Rosas Ribeyro en estado de gracia, pero un estado de gracia con sorpresas y trampas, puesto que detrás de esa voz apaciguada, voz premunida de nostalgia, llanto, alegría, refulgen el ruido y la furia. Es por eso que al leer el presente poemario, experimentamos una suerte de viaje canábico hacia una etapa de juventud que más de uno ha querido vivir. Como bien sabemos, tal y como queda escrito en la leyenda urbana: Rosas Ribeyro fue un infrarrealista, o sea, muchacho y muchacha, nuestro poeta fue un detective salvaje, de los verdaderos. Corrijo: Rosas Ribeyro es el último detective salvaje y no caigo en exageración alguna: por su sangre corre la historia aún no contada de los infrarrealistas, o sea, la historia de una etapa más que importante de la literatura latinoamericana contemporánea, lo que también nos debe llevar a preguntarnos por las razones ocultas e interesadas que impiden dar a conocer sobre los años de Bolaño en México, con mayor razón cuando lo mejor de su obra está ambientada en dicho país.

Si en sus anteriores entregas poéticas, percibíamos el salvaje voltaje lírico de su propuesta, ahora el poeta, a lo mejor bajo el amparo de las enseñanzas de la edad, y quizá apiadándose de nosotros, nos sigue ofreciendo ese mismo voltaje lírico, pero en dosis moderadas, adrede.

Seamos francos: la poesía de Rosas Ribeyro es peligrosa. Seduce. Corta. Lacera. Incomoda.

No me interesa saber cuánto ha vivido, me basta y sobra con su poesía, que tiene esa cualidad mágica de hacernos pensar y que nos arrastra. Ahora JRR no usa el registro social, es más íntimo, pero tratándose de él, esa intimidad es como un cuchillo afilado, y un cuchillo afilado siempre será peligroso en las manos de un eterno adolescente como él. O como bien me dijo un amigo mío, gran lector de poesía, hace unos días: “este libro solo lo pudo escribir un genuino pendejo”.

Veamos un detalle: RR fue horazeriano e infrarrealista.

Que no se diga más. Pero sigo, hay que seguir.

La poesía, señoras y señores, es para pendejos. La hacen los pendejos. La poesía es Libro. La poesía es Pensamiento. Pero la poesía es Vitalidad. En Contemplaciones hay amor, sexo (del bueno), creencia en las causas perdidas, un reencuentro con el más exigente y vergonzante yo.

(Lectura del poema XXV)

Bien lo decía Johannes Pfeiffer, más o menos así: “La poesía, cuando es falsa, se traiciona y hace ver su traición. La No-Poesía se percibe al instante”.

José Rosas Ribeyro nos presenta un discurso avalado por la Verdad (en mayúscula), avalada por el hálito moral contra los que creen y piensan que la poesía es solamente escribir bonito y ser efectista, pura estructura, o ser un entenado no aprovechado de Lezama, cuando lo cierto es que para escribir poesía, sea en el registro que sea, la vida ha tenido que sacarte la mierda, y también la vida, esta vida, ha tenido que reconciliarte con ella misma.

La publicación de Contemplaciones nos pone en bandeja un espíritu de época, espíritu de época guiado por el espíritu de Bolaño, Cuahtémoc Méndez y Mario Santiago. Por lo tanto, estamos ante un acontecimiento, no pensado pero sí milagroso, y por ser milagroso, porque lo genuino, lo que al final perdura, nos llega sin que lo pensemos, a lo mejor no para quedarse con nosotros inmediatamente –bien conocemos los mezquinos códigos de nuestros feudos poéticos--, sino después, cuando asimilemos lo que Rosas Ribeyro nos quiere transmitir: saber vivir, saber mirar y saber escuchar. Solo así podremos ser sobrevivientes.

viernes, mayo 10, 2013


lunes, mayo 06, 2013



sábado, mayo 04, 2013

Las cartas



Hace algunos meses llegó a mis uno de esos libros que he deseado leer desde que se publicó, o sea, leerlo inmediatamente.

Pues bien, la espera valió la pena.

 Tener en manos la correspondencia que durante veinticinco años mantuvieron Allen Ginsberg y Jack Kerouac, los padres de la Beat Generation, no es menos que una experiencia lisérgica.

Corrijo: es más que una experiencia lisérgica.

Cartas (Anagrama, 2012) es un viaje hacia los agrestes senderos de la médula de aquella generación que hizo lo imposible para vivir a su manera, ajena a las convenciones y a lo oficialmente establecido. Una generación que decidió sin decidir ser diferente, una generación que cambió, y repotenció, no pocas sensibilidades artísticas en el mundo entero, una generación que bien puede preciarse de tener hijos, nietos y bisnietos.

No hay que pensarlo dos veces: con los Beats todas las reverencias del caso, prendamos velitas, que estas cartas son de por sí un peregrinaje salvaje. Estas cartas son la Biblia de todo aquel que se haga llamar Beat, ya sea porque se considere tal, o se considere tal en la más risible impostura, puesto que los hay y felizmente muchos. No es para menos, porque cuando se nos habla de Jack y Allen, es como si se nos estuviera hablando de dos de nuestros más grandes amigos que, sin haberlos conocido, nos enseñaron y no dejan de enseñarnos, y ahora con mayor razón, porque el presente epistolario nos hará admirarlos y quererlos mucho más.

¿Quién en su vida no se ha sentido, aunque sea por alguna sola vez, un Beatnik? Si existiera una cápsula que nos transportara al pasado, estoy seguro de que más de uno no desaprovecharía la oportunidad de vivir el convulsivo contexto que nutrió la hechura de obras como El camino y Aullido.

Aquí nos enfrentamos a una verdad irrefutable: lo que vivieron los integrantes de la Generación Beat, solo contados lo pudieron vivir, solo los elegidos por los dioses canábicos.

La publicación de este libro es, sencillamente, un hecho histórico e irrepetible. Estamos pues ante una radiografía de la gran bestia, desde las entrañas y sin afeites, en cuyas páginas Ginsberg y Allen no se guardan nada. Lo dicen todo, disparan sin mirar. Se aman, se odian, se admiran, se envidian, y, ante todo, se brindan mutuo apoyo. Y esto es lo que retumba en estas páginas, la constante y desinteresada ayuda que se brindaban, en tajante de ejemplo de generoso desprendimiento que solo podemos ver entre los verdaderos grandes, detallito del que casi nunca somos testigos entre las estrellas del firmamento literario actual.

Allen es cauto, racional, y siempre premunido de dudas; Jack en cambio es explosivo y sensual. El primero tenía diecisiete años y el segundo veintiuno cuando se conocieron. La atracción fue inmediata. Allen quedó obnubilado con el atractivo de Jack, pero también con su sensibilidad temeraria, gregaria, que indefectiblemente influyó en él. Leyendo las cartas, nos damos cuenta de que Allen es el acicate de las mismas, el que habla más de sus proyectos, un yoísta por excelencia, al punto que en más de un tramo agobia a su amigo, quien se ve obligado a tratarlo mal en más de una misiva, lo trata tan mal que no sorprendería que las réplicas de Allen hayan sido escritas con una incesante lluvia de lágrimas, pero este guarda su dolor y no encuentra mejor oportunidad de desquitarse que petardeando el ego de Jack, destilando harto despecho, afinando aún más su espíritu crítico, en especial cuando lee por primera vez el manuscrito de lo que sería su novela más celebrada, tildándola de mediocre, pésimamente escrita, que de nada sirve su fuego verbal si esta no guarda una coherencia estructural. Jack no responde, sino espera, espera lo suficiente, la misiva de su amigo enamorado que se compromete a hacer todos los esfuerzos posibles para que se su libro se publique, y claro, le pide perdón por lo que le dijo. Y Jack le perdona. Siguen escribiéndose, desde distintas partes del mundo, relatándose sus experiencias, pero también por el mero hecho de escribirse, de escribirse para no perder contacto. Ambos se necesitan.

El derrotero de los padres beats no fue feliz. El derrotero de los padres beats estuvo signado por la intensidad, e intensidad es la fuerza nutricia de este Documento – Monumento, que desde ya debe figurar entre las joyas de la literatura contemporánea.

jueves, mayo 02, 2013


lunes, abril 29, 2013

Lecturas de Madrugada 6: 'Poesía en Rock. Una historial oral. Perú 1966 - 1991'




 


 

Una de las publicaciones peruanas de estos últimos años que indudablemente sobrevivirá, por lo menos, un par de décadas más, es, sin duda alguna, Poesía en Rock. Una historia oral. Perú 1966 – 1991, de Carlos Torres Rotondo y José Carlos Yrigoyen.

Reconozco mi entusiasmo, justificadamente excesivo, para con esta publicación. En primer lugar, los autores son muy amigos míos. Y en segundo, y no creo que esté mal que lo diga, en su momento hice todo lo posible para que el presente libro sea una realidad, al menos colaboré con un granito arena para dicho fin. Era pues un libro polémico. No sé cuántas veces he vuelto a sus páginas. Hay muchos datos que pueden recogerse de él, como los detalles del famoso duelo entre Antonio Cisneros y Jorge Pimentel, o el encuentro de Enrique Verástegui con Octavio Paz en México. Pero ante todo, es un libro muy divertido.

Pues bien, días atrás volví otra vez a sus páginas. Andaba tras un dato incluido en un pie de página, mi idea no era releer el texto completo, pero lo volví a hacer, quizá llevado por una mirada más calmada, más analítica y con algo de espíritu crítico. Al cerrarlo, me quedé pensando, pensando en lo necesario que resulta su lectura, más aún en estos tiempos en los que la poesía peruana actual transita alegremente en las acequias del olvido; si buscamos en la hojarasca, a las justas podrán encontrarse tres o cuatro alfileres. Pero esto no es lo peor, lo peor es que estamos siendo testigos de la celebración de la mediocridad, la falta de talento, la carencia de lecturas ligada al alarmante desconocimiento de nuestra gran tradición poética.

Desde la primera vez que lo leí, no dejé de resaltar su extraño poder, poder casi mágico de afianzar convicciones, poder que solo muy contados libros pueden transmitir. Uno no es el mismo luego de su lectura. O se es, o no, así de simple es el asunto.

 En principio sería difícil ubicarlo en un género específico. Para mí Poesía en rock es un artefacto, en donde vemos una bien pensada mezcla de registros, en donde entran a tallar el ensayo, la historia, la crónica, el testimonio y la poesía. Si Poesía en rock existe como libro es porque no pudo ser un documental.

Más de una vez he dicho que la década del setenta fue propicia en cantidad y calidad para la poesía peruana. Sin exagerar, son nuestros años maravillosos. Dicha década tuvo de todo. Se vivió la violencia que despertaban los discursos ideológicos y políticos, era pues la cima de la alteración continental proveniente del decenio anterior. Por ello, la poesía que se escribía no era ajena a ese influjo, no era un ejercicio descontextualizado, era como una esponja que se alimentaba de los vientos calientes de la revolución, siendo uno de sus principales nutrientes lo vivido en Mayo del 68 francés, cuando se creyó en el rock, la poesía y la revolución como una sola fuerza capaz de cambiar el mundo.

Durante décadas se ha hablado mucho de la poesía peruana de los setentas y ochentas. Sobre la década setentera tenemos un documento importante, como la antología Estos 13 de José Miguel Oviedo. Pero si tomamos como cierto lo que él dice en su prólogo, tendríamos una visión realmente deformada de lo que ocurrió poéticamente. Ni hablar de lo que se dice y escuchamos en los bares y tertulias. Se hacía necesario tener la palabra de los principales implicados, de los sospechosos comunes. Ellos tenían que hablar. Exponer sus puntos de vista, puntos de vista que abarcan un cuarto de siglo que estamos en la obligación moral de conocer a fondo.

Para este fin, Torres Rotondo e Yrigoyen reúnen a los poetas de los grupos poéticos más representativos de la época. Estación Reunida, Hora Zero, La Sagrada Familia y Kloaka. A excepción del movimiento fundado por Jorge Pimentel, los demás dejaron de ser lo que se suponía tenían que proyectar. En HZ podemos ver una actitud de golpe, una poesía que no solo se justificaba como tal, sino también en la actitud de sus integrantes. Es por ello que los horazerianos marcan la pauta de la historia que se nos cuenta. No es para menos, los testimonios de Pimentel, Eloy Jáuregui, Enrique Verástegui, José Rosas Ribeyro, Roger Santiváñez y Tulio Mora son cartuchos de dinamita encendidos, es Historia Literaria dicha desde la calle y uno se siente parte de esa Historia Literaria, deseando haber podido vivir aunque sea una parte de la misma. Más allá de las contradicciones que puedan tener, más allá de exceso egocéntrico, no demoramos en llegar a la conclusión de que estamos ante las principales voces de nuestra última generación. Así es, como suena, nuestra última generación de poetas.

Mejor que lo expliquen los hacedores del libro: “Escuchen bien. En la tradición poética peruana solo existen tres generaciones, cada una con su propio abanico de propuestas estéticas y sus ecos en poetas posteriores. Tres: no más. El resto son promociones, no ciclos con una propuesta estética cohesionada. La teoría de las generaciones por décadas ha sido institucionalizada oficialmente o por pereza intelectual o para repartir más lotes en el Parnaso de los efímeros egos literarios”.

Hora Zero, sin pasar por alto los valiosos aportes de las otras agrupaciones y los poetas que desarrollaron en paralelo una propuesta poética, como José Watanabe, Abelardo Sánchez León y Manuel Aguirre, es el eje central, la fuerza centrípeta.

¿Pero qué es lo que, en especial, leemos en los testimonios? Recordemos que los protagonistas hablan valiéndose de la memoria, y por más que existan inexactitudes en sus versiones, hasta mezquindades repartidas, y por más que se adornen, yace una creencia en la práctica de la poesía como tal, en asumirla como fin. Es decir, primero la voz poética y luego el reconocimiento y la fama minúscula. Que la mayoría de ellos cayó en la posería, tan frecuente en la juventud (por ejemplo: Verástegui semidesnudo promocionando un libro en Caretas), es innegable. Total, la fama y el reconocimiento son resultados lícitos, y si ellos los obtuvieron tan jóvenes, fue debido a que ante todo se imponía la poética individual y colectiva. Pensaban que sin furia no podía haber poesía. Estaban convencidos de que la poesía es inconformidad. Estas agrupaciones entendieron el mensaje, sabían lo que tenían que hacer, pero solo Hora Zero fue consecuente, hasta el día de hoy.

En el capítulo “Nota de febrero de 2010” nos encontramos con un panorama cruel pero real de la producción literaria peruana. En lo personal, en este punto tengo más de un reparo con Torres Rotondo e Yrigoyen, pero no en lo sustancial. Habría que ser un habitante de Saturno para no darnos cuenta que pasamos nuestro peor momento. No existe discrepancia. La crítica literaria en medios, o lo que queda de ella, está emasculada, incapaz de decir las cosas por su nombre; pero la crítica académica, la llamada a escribir el canon, a cartografiarlo, ningunea a las voces de valía, forjando un discurso guiado por el amiguismo, o sea, mintiendo.  Para esta, por ejemplo, el discurso de la calle llevado a la poesía nace y alcanza su cima en los ochenta, negando, o prestándole poca atención, a lo que se hizo una década atrás.

Como dije, Poesía en rock es un libro divertido. Pero es también uno sumamente incómodo. Aquí hablan sin censura los poetas convocados y sus hacedores exhiben sus urticantes puntos de vista. Sin duda, estamos ante un documento histórico de la literatura peruana contemporánea. Su perdurabilidad no descansa en su excelencia, sino en su imperfección, imperfección que nos lleva a revisar nuestra tradición poética última y así saber, descubrir y redescubrir quién es quién.

viernes, abril 26, 2013


miércoles, abril 24, 2013

Otro Pamuk



En más de una ocasión me he acercado a la obra del escritor turco Orhan Pamuk (Premio Nobel de Literatura 2006). Digamos que, entre lo que he leído, conozco sus novelas más representativas, como El castillo blanco, Me llamo Rojo y Nieve. Sin embargo, Pamuk no me entusiasmaba, imagino quizá a cierta deformación lectora, a lo mejor mi sensibilidad aún no es del todo permeable. Lo mismo me ocurre con casi todos los escritores orientales, entre clásicos y contemporáneos.

Sé que tiene una pequeña legión de seguidores. Algunos son conocidos míos y doy fe de su capacidad lectora. Y no pongo en duda de que sea uno de los pocos, contados, galardonados por la academia sueca que vaya a quedar. Se trata de un escritor serio, con una propuesta literaria coherente; además, su figura no solo se asocia al espectro literario, es también un intelectual comprometido con los problemas del mundo de hoy, en especial con la historia turca contemporánea. Muchos aún lo recuerdan por sus declaraciones, en el 2005, a razón de la matanza de un millón armenios y treinta mil kurdos por cuenta del gobierno de Turquía. Estas declaraciones le valieron ser víctima de una serie de ataques bajos por parte de la prensa sensacionalista, incluso fue llevado a juicio y llegó a creerse que seguiría el sendero de Salman Rushdie. La polémica es, pues, parte de su faceta intelectual. Si lo comparamos, estaríamos hablando de un escritor en onda, aunque no al nivel de producción, de la Industria Mario Vargas Llosa.

Como dije líneas arriba, sus libros no me entusiasmaban. No me entusiasmaban hasta el pasado fin de semana, en que devoré como no lo hacía en mucho tiempo Otros colores (Mondadori, 2009), en donde pude encontrarme con un Pamuk distinto, un Pamuk que hace un derroche de una inestimable pasión por la lectura de los grandes clásicos e imprescindibles autores contemporáneos, un Pamuk entregado al humor y la ironía, un Pamuk que escribe desde la aguas marinas del “yo”, y, claro, un Pamuk con involuntarias ganas de provocar.

Este es un escritor de otra época, o mejor de dicho, uno a la ahora vieja usanza de escritura. Su prosa está marcada por un ritmo cadencioso, indudablemente decimonónico, que a un lector no entrenado podría aburrir, pero es precisamente en esa cadencia que roza lo insoportable que consigue urdir sus ideas. No tiene la más mínima intención de facilitar la lectura del lector, quiere que este trabaje, se esfuerce y así comprenda lo que en realidad quiere transmitir: un mensaje de perdurabilidad moral. A modo de prueba tenemos “Mi padre”, conmovedor tributo que le brinda, obviamente, a su progenitor, en donde se pregunta constantemente cómo así un hombre tan bueno, premunido de valores, abrigó la idea de ser escritor. En estos párrafos subyace la idea de la infelicidad como crisol inherente de la literatura, y contra esta idea es que el autor ha luchado desde muy joven, puesto que tuvo una vida feliz y todas las oportunidades para desarrollarse como escritor. Al respecto, basta hacer un breve repaso a su obra de ficción para nos damos cuenta de que su poética se alimenta de la visión histórica de Turquía y Europa, dejando en un segundo plano el desarrollo de una visión intimista.

Con el citado texto, nos adentramos en la lentitud, y latente estilo risueño, de los más de cincuenta textos que integran las secciones ‘Vivir y preocuparse’, ‘Libros y lecturas’, ‘La política, Europa y otros problemas relativos a ser uno mismo’, ‘Mis libros son mi vida’, ‘Cuadros y textos’, ‘Otras ciudades, Otras civilizaciones’, ‘Entrevista con Paris Review’ y el relato “Mirar por la ventana”. O sea, la biografía/radiografía de Pamuk. Avanzamos de a pocos, pero avanzamos disfrutando del hechizo de su sabiduría, porque Pamuk no solo sabe de literatura y política; sabiduría que la transmite con generosidad y sencillez, sin dejar de lado el rigor intelectual, rigor que es desmenuzado y exhibido en la interesante entrevista que le hiciera Paris Review, en donde, entre otras cosas, nos dice sin decir que una de las razones de la aceptable morosidad de su estilo obedece a que escribe a mano, presa del seseo del bolígrafo o el lápiz.

Pese a ser Nobel de Literatura, la obra total de Pamuk no genera mucho entusiasmo entre los lectores hispanoamericanos, entre los que me incluía. Sin embargo, Otros colores es una invitación a su sendero emocional, nos enteramos de lo que está hecho como persona y de cuáles son sus pulsiones narrativas. El presente título es una puerta que hay que abrir y cruzar con algo de esfuerzo y voluntad, puesto que las poéticas que perduran, algunas de ellas, necesitan de un respiro mayor, un desgaste que no mata, porque al final la recompensa será grata. Nos quedamos con la sensación de que el tiempo invertido valió la pena y volveremos a su obra de ficción con otra visión de la misma, como fue mi caso.

martes, abril 23, 2013


domingo, abril 21, 2013


sábado, abril 20, 2013

EVV



A fines del 2006 hice un viaje a Cusco, se trataba de uno especial, no era de placer, mucho menos de trabajo. Ya conocía Cusco y en ese viaje pondría punto final a un largo proceso emocional y existencial que venía cargando desde hacía siete años. Un día antes de partir, pasé por la librería El Virrey, del Centro de Lima. No sé qué estaba buscando, a lo mejor mi presencia en aquel lugar obedecía a una innata propensión por perder el tiempo, un modo de distracción, un preludio a los días que vendrían. No recuerdo si fue Mariano Orozco, Erika Miranda o Yesenia Ballardo, quien me puso al día de las novedades peruanas.

De los libros que me dieron para ver, uno de lomo delgado y formato relativamente grande.

No hay duda alguna, la Generación del 50 es la mejor, la más dotada de talento de nuestra tradición literaria. Cada día estoy más convencido de que no puede existir escritor peruano que no haya bebido o beba su fuente, que por igual se reparte en narrativa y poesía. Y si en caso haya alguno, porque todo puede pasar y todo puede ocurrir en nuestro circuito literario, que la conozca (lea) de oídas, no tengo otra que conminarlo a visitarla, visitarla como se debe y de esta manera aprender.

Uno de sus principales nombres es Eleodoro Vargas Vicuña (1924 – 1997). Si ofreciéramos una visión de su obra, esta lo ubicaría como un extraordinario escritor menor. No debe sorprendernos. EVV tenía un gran talento, era un voraz lector, pero nunca escribió todo lo que se esperaba de él. Y la razón, me aventuro a especular, es muy sencilla: EVV quiso ser narrador llevando una vida de poeta. Son tantas las anécdotas que sé de él, que muchas veces estas terminan opacando u oscureciendo su gran narrativa lírica. En cierta oportunidad, un amigo mío que lo conoció de cerca, me dijo que este autor confiaba mucho en sus recursos, sabedor pues que tarde o temprano entregaría a las imprentas una obra maestra. Y así vivió, engañándose, seguro de que el talento le era suficiente para escribir esa obra maestra de la que tanto hablaba y de la que nunca pergeñó una sola línea. Su error fue depositar sus fuerzas en un vitalismo excesivo, le gustaba alimentar su imagen de bohemio y vivió para ello. Su deseo era que todos hablaran de él, a como dé lugar.

Por ejemplo, en cierta esta ocasión este amigo que lo conoció muy bien salía de un café de La Plaza San Martín, era de noche y lo único que deseaba era llegar a su casa y seguir leyendo a Thomas Mann. Cuando se disponía a abordar un colectivo, alguien lo llama desde lejos. Era EVV. ¿Qué haces hombre? Me voy a casa. ¿A tu casa? Sí. Olvídate. Vamos a Breña, que me han invitado a un matrimonio. ¿Vamos? Vamos. Llegaron a la fiesta del matrimonio. Ambos entraron. EVV fue directo donde los novios y le quitó el micrófono al maestro de ceremonias. EVV habló, habló largo y tendido de la importancia de la familia y del amor. Su discursó generó más de una lágrima, en especial en las viejitas que se preguntan si ese hombre era familiar del novio o la novia. Ni bien terminó, EVV besó en los labios a la novia, e hizo lo mismo con el novio. Era su bendición y todos los asistentes aplaudieron. EVV y mi amigo la pasaron bien en esa fiesta, bailaron, rieron y comieron rico. Horas después mi amigo le pregunta si era familiar de la novia. No, no soy nada de la novia. ¿Del novio? Tampoco, nunca he visto a ese tipo. ¿Entonces? No te quejes, has bailado y has comido todo lo que has querido.

El libro que compré en la librería era una reedición, por cuenta del INC, de Ñahuín y no paré hasta terminarlo. Y volví a leerlo varias veces en los días siguientes, jugaba a su favor su brevedad y una extraña sensación, como si en la poesía de las frases, desde muy dentro de ellas, se me lanzaran dardos de incomodidad y revelación. No dejaba de preguntarme cómo era que había dejado pasar tanto tiempo sin leerlo.

En los cuentos de EVV existe pues una visión íntima y universal del sujeto andino, la misma que encierra un contenido universal expresado a través de un lenguaje seco pero no libre de lirismo, canalizado por medio de una técnica narrativa deudora del dato escondido. Entre los cuentos que me gustaron, difícilmente abandonarán mi memoria “El tiempo de los milagros”, “La Mañuca Suárez”, “Chajra” y “Esa vez del huayco”.

Pienso en EVV y llego a una conclusión: se le lee poco y cuando se le lee, se le lee mal, asociándolo únicamente a la veta indigenista. Y no es así, pues. Ahora que andamos engañados con que el estilo justifica la narrativa, sería bueno entonces volver, descubrir, como gustes, la obra de este estupendo narrador peruano, quizá el mejor estilista, luego de Martín Adán, de nuestra historia narrativa.

viernes, abril 19, 2013


miércoles, abril 17, 2013

'Bolivia' (2001), de Israel Adrián Caetano



martes, abril 16, 2013

Lecturas de Madrugada 5: 'Cortos' de Alberto Fuguet




Publicado en Lee por Gusto – Perú 21


En alguna oportunidad, no muy lejana por cierto, escuché más o menos lo siguiente: “Alberto Fuguet es un gran escritor que aprendió a escribir luego de publicar varios libros, tuvo que ser famoso para que aprendiera a escribir muy bien”.
No sé cuán cierta sea esa opinión. Hasta suena mezquina. Lo que sí muy bien es que el autor chileno tuvo que recorrer un largo camino para que se le reconociera como una de las voces capitales de la narrativa latinoamericana contemporánea. La primera vez que escuché de él, en el primer lustro de los noventa, se hizo referencia a que era el escritor de la derecha chilena, un producto de su sistema económico. Obviamente, quien lo dijo era un literato que leía mucho, pero era de esos que leían con el ojo izquierdo, y en base a ese ojo izquierdo valoraban. Este dato nos sirve para darnos cuenta de cómo puede ser vista y apreciada una poética desde sus inicios y de cómo esta se abre paso. Y por más extraño que parezca, esta poética se abre paso entre los senderos de la fama, nunca dentro de los difíciles senderos que recorren los desapercibidos. Por demás, es el público el que ha legitimado su poética, siempre, pero siempre ha estado con él. El público no se ha dejado influir ni atarantar por la férrea resistencia valorativa de la crítica literaria, tanto la que se practica en la academia y en los medios.
En estos días he estado releyendo Mala onda y mientras lo hacía me venía el recuerdo de Sobredosis. Tanto la novela y el cuentario me gustaron cuando los leí, pese a ciertas falencias y grietas en el andamiaje estructural de ambos, había pues una furia, sea patente y latente, en el nervio narrativo, una furia que incomodaba, y también una tristeza, una agobiante tristeza, casi tanática. A medida que avanzaba la relectura, tenía la fugaz sensación de que no estaba ante un escritor, es decir, no ante uno que transmitía escribiendo literatura, sino ante uno que transmitía narrando. Porque Fuguet es una máquina de narrar y si lo conocemos como escritor es porque la literatura era el medio que se adecuaba más a su urgencia de narrar. De haber sido su deseo, especulo, y de haber tenido las posibilidades, Fuguet sería primero director de películas y de cuando en cuando escritor.
Uno de sus títulos que entre nosotros pasó relativamente desapercibido, fue Cortos (Alfaguara, 2004). Lo leí en el año 2008, inmediatamente después de una novela suya que me había gustado hasta el exceso, Las películas de mi vida. Cortos podría ser visto como el laboratorio de Fuguet, su cocina creativa en donde se condensa el nervio de su poética, tanto literaria como visual, en donde nos preguntamos constantemente qué es lo que estamos leyendo. Sin embargo, preguntarse qué es lo que se está leyendo, no es más que una pérdida de tiempo, no tiene sentido alguno ubicar los relatos dentro de alguna parcela, sea esta literaria o visual. Cortos no es más que narración, gran narración que consigue lo que algunos libros y películas: ser otra persona, tener otra visión de la vida, no feliz, obvio, luego de haber incursionado en sus páginas.
Los relatos que conforman la publicación, podrían ser catalogados como cuentos y cortometrajes. Y más allá de las estructuras que emplea, Fuguet no descuida el punto único, axial, que una narración debe exhibir: la configuración de los personajes, que bien podrían ser la versión treintañera del adolescente y bipolar Matías Vicuña, el recordado protagonista de Mala onda. El primer relato, ‘Prueba de aptitud’, cuentazo en todo el sentido de la palabra, que a lo mejor, espero que sí, en el gran futuro figurará como un texto medular de la cuentística latinoamericana, nos da las suficientes luces del camino a seguir en los demás relatos: un viaje al pasado ochentero a través de la tristeza, viaje motivado por el presente de la indefinición existencial y los golpes sin avisar de la depresión, tan común en quienes deben sobrevivir la fase de los treinta. En el mismo respiro del relato, quedan también ‘Más estrellas que en el cielo’, ‘Road Story’ y ‘La hora mágica (Matiné, Vermouth y Noche)’.
Creo que no caería en la mera exageración: Fuguet es uno de los pocos escritores latinoamericanos actuales que más ha afianzado su propuesta y el que más transmite. Porque eso es lo que todo escritor tiene que cumplir: no escribir bien, sino transmitir. Cortos no será su título más representativo, pero sí el que más expone su envidiable acervo creativo, acervo que no solo se nutre de la tradición literaria.

domingo, abril 14, 2013