sábado, agosto 30, 2014

123


Ayer en la tarde, mientras caminaba para despejarme, caí en la cuenta de que no había pensado en absoluto en Cortázar, que más de uno lo recuerda y celebra en estos días. Obvio, lo que digo suena a lugar común, el narrador argentino se ha convertido en un icono cultural, en una suerte de mentor para más de una generación de lectores, escritores y lectoescritores. En lo personal, no pierdo mucho si no hablo de Cortázar, más bien, me resulta desapercibido en estos días. Pues ese es el mejor homenaje que le puedo hacer a Cortázar, que pase desapercibido en mi día a día, o sea, el no recuerdo como el mejor y más honesto de los homenajes, al menos el que más sentido tiene para mí.
Si algo bueno trajo toda esta serie de artículos y ensayos sobre Cortázar, en una especie de magia revelada, fue que lo sintiera cerca en lo que realmente me importa, ya que sin percatarme me he percatado de que lo sigo leyendo con la misma fruición adolescente y juvenil. Basta revisar la torre de libros que releo y ubicar tres títulos suyos entre ellos. Títulos que no leo íntegramente, pero que sí pico con voracidad, voracidad similar al derecho natural por el sexo, la comida y el rock.
Por otra parte, me cuesta entender esa moda, por llamarla de algún modo, que amenaza en convertirse en tendencia, que cataloga su obra solo para lectores jóvenes y escritores iniciáticos. Respiro hondo para no ser preso de la cólera que me genera esa moda, que ojalá fuera llevada por lectores poseros, de esos que a las justas han leído treinta libros en la vida, pero no, la escucho en lectores cuajados, exigentes, como si la poética de Cortázar no sintonizara con sus exigencias de lector.
Se aprende a leer y se aprende a escribir leyendo a los grandes, entonces, ¿en qué se justifica ese coto con el que se pretende minimizar su literatura? Muchos de los que lo minimizan no se percatan de que son los escritores que son, de que son los lectores que son, gracias a Cortázar. Además, soy de la idea de que hay que matar a los padres literarios, es pues una ley natural, la única para forjar y cimentar aquello que conocemos como originalidad, pero hay que matarlos bien, pues, con respeto y gratitud, sin enlodarse de la ramplonería del efectismo.

viernes, agosto 29, 2014



122


No me gusta que se considere a los Remakes como una especie de subcine. Cada película, por más deudora que sea de su antecesora, es dueña de su propia narrativa y de su correspondencia interna.
Hace algunos años un amigo me habló de The Wicker Man (1973) de Robin Hardy. No sé si fue lo que me dijo de la esta película o su entusiasmo por ella lo que me llevó a buscarla cuanto antes. Me costaba creer que fuera verdad lo que me decía, es decir, me costaba creer que la inverosimilitud de la historia sea tan contundente y verosímil en el proceso de su desarrollo. Él me hablaba de un trabajo de culto, de esos que no necesariamente tienen que contentar al espectador común, aunque habría que indicar su evidente influjo del discurso intelectual de la psicodelia setentera.
Al día siguiente tenía en manos la película y ni bien terminé de verla se convirtió en una de esas películas que solo puedes recomendar a los elegidos. No, no es caer en la posería cinéfila, que la detesto tanto como la literaria, sino en el hecho de que no todos tienen la suficiente mente abierta para apreciarla, con mayor razón en un contexto tan conservador como el nuestro, así suene lo dicho a rancia botadera, pero es necesario decirlo cuando te topas con más conservadores de lo que crees en el circuito cultural de la ciudad.
Semanas atrás, buscando películas, encontré un Remake de The Wicker Man, a cargo de Neil LaBute y protagonizada por Nicolas Cage. Estaba ante una producción del 2006 y por más que lo intenté, no recordaba haberla escuchado jamás. Era pues obvia la acción inmediata. La compré, en principio con la idea de verla ni bien llegara a casa, pero una cosa llevó a la otra y recién pude verla hace unos días, como quien uno se repotencia luego de ver por tercera vez El doble, película basada en la novela homónima de Dostoievski, de la que escribiré un artículo, para más señas.
Hablé de este Remake con algunos patas; un par, los que más cine han visto, me dijeron que se trataba de una película cumplidora, de la que no había que esperar mucho, solo pasar un buen rato. Otro par, digamos el más posero, me dijo que era una pésima película, que viéndola entendieron por qué Cage está como está.
Sin duda, la versión de LaBute no puede compararse con la de Hardy, pero sí es más que cumplidora. Funciona en todos los aspectos y lo que le falta de la versión primigenia es justamente ese discurso contracultural de la que hacía gala. Este Wicker Man tiene los visos del discurso policial y una actuación sobresaliente, como casi siempre, de Cage.
Esto es lo que espero de los Remakes. No espero que superen a su versión matriz. Basta con que se inspiren de un rasgo, un gesto, para llevar a cabo un producto sencillo que incomode y transmita. En su sencillez y limitaciones también puede lograrse un lazo con el espectador, que si en caso fuera curioso, como en esencia debe serlo, nacería en él la motivación de buscar a la madre de culto y de esta forma ser parte de esa experiencia sensorial y cognitiva.

jueves, agosto 28, 2014



121


En los últimos días se me han juntado varias actividades, algunas de ellas inevitables, pero las cosas siguen su curso natural, y muy dentro de mí espero la llegada de un libro desde el sur, que al momento de tenerlo en manos, haré un alto a absolutamente todo para leerlo en una seguidilla de horas, seguramente en una madrugada.
Mientras calmo mis ansias lectoras, leo La República, que leo dejando un día, aunque el diario de siempre ha sido, es y será El Trome, puesto que no me pierdo ninguna de las columnas del Búho. Pues bien, ayer pasaba las páginas de La República y encuentro el artículo de Carla García. Confieso que no soy muy adepto a sus columnas, en realidad no soy muy adepto a ninguna del diario, a excepción de las de Alonso Cueto.
Leí la columna de García y esa experiencia me llevó a leer sus cuatro o cinco columnas anteriores. Entonces llegué a la conclusión de que poco o nada me podía interesar lo que escribía. Sin embargo, es precisamente su última entrega la que me lleva a darle la razón en casi todos los párrafos. Esa columna ha originado pues un apanado público por cuenta de nuestras maravillosas mentes de izquierda, que una vez más demuestran una insana intolerancia hacia la opinión divergente, demostrando ese verdadero lado oscuro que tanto quieren ocultar, portándose como lo que más critican.
No digo nada nuevo, pero hay que decirlo cuantas veces sea necesario, como si estuviéramos en el colegio: las opiniones se confrontan con opiniones, si le metes criollada y chongo a tu refutación, no llegas a nada, te expones tal cual y luego no sabrás cómo resarcir ese espectáculo, que queda en el recuerdo. Por eso, huevas, no debe sorprenderte ese mohín de fastidio, esa mirada de incredulidad, cuando tus lectores te leen sobre los temas más importantes, esos temas que te elevan a la iluminación ética y moral.
Te pregunto: ¿qué parte del artículo te fastidió? Seguramente cada idea del párrafo, pero tuvo que haber uno que haya despertado al Canebo colegial que llevas dentro. A ver, ¿quizá fue: “cuando sus líderes de manos limpias son involucrados en investigaciones, se automachuca el botón de mute”?

miércoles, agosto 27, 2014



martes, agosto 26, 2014

120


Hasta hace un tiempo me hacían la misma pregunta, aunque no era frecuente, sí venía pautada por moderados espacios temporales. Pues bien, llevaba meses sin escucharla, pero me la hicieron el sábado pasado, pero a diferencia de otras ocasiones, ahora la pregunta tenía que ver con este blog, si es que lo estaba usando con fines paralelos, escondidos, si el constante posteo tenía que ver con una estrategia de mi parte.
La pregunta me hizo pensar, porque no me había percatado de esta posible reflexión ajena y pensé al respecto, no tanto por mí, sino por los lectores del blog que a lo mejor puedan tener una idea que no se ajusta al verdadero fin de esta página. Esta persona  me preguntó si algún día publicaría un libro, algo parecido a una antología de textos del blog, puesto que el constante posteo le daba esa impresión y que el próximo libro que publicaría sería pues uno dependiente del blog.
No me hice problemas en la respuesta, porque la tengo muy clara. Es decir, nunca ha estado, ni está en mis planes publicar una selección de textos del blog, al que considero una especie de dietario virtual, que me permite escapar de la trama del trabajo literario que llevo a cabo en las mañanas y en las horas muertas del día, porque eso es lo que hago aquí, escapar de la vida, del mundo, hasta de la literatura misma, pese a que escribo especialmente de libros.
De lo que sí podría publicarse de este blog son las entrevistas que republicaba. En este sentido, tengo dos propuestas que me vienen tentando desde hace un buen tiempo, esas propuestas son más recurrentes que las preguntas sobre la antología de textos del blog, quizá en un principio me sienta animado, pero luego lo pienso, son cerca de setenta entrevistas río, y, obviamente, resulta imposible publicarlas juntas, se tendría que hacer una selección, y selección es lo que menos quiero hacer desde hace algunos años, además, habría que actualizar y reescribir más de una entrevista, cosa que me demandaría mucho tiempo, pero bueno, quizá algún día me levante con toda la voluntad y llame a uno de los dos editores que quieren publicar estas entrevistas-río.

lunes, agosto 25, 2014



domingo, agosto 24, 2014

119


Se pone de moda entre los intelectuales y artistas peruanos apoyar las supuestas causas justas.
Muchos de estos intelectuales hablan de la realidad inmediata como si existiera un compromiso pragmático de su parte. Lamentablemente, conozco a muchos de ellos, se hacen llamar luchadores del bien, o dan a entender esa imagen en las tribunas tradicionales y virtuales, cuando lo cierto es que en la intimidad amical, y últimamente en al tramo final de una noche desaforada de alcohol, dicen su verdad, esa verdad que cuidan tan bien, esa verdad que no vende y que como tal les significaría un suicidio mediático.
Así es, la ciudad de Lima necesita de una reestructuración en su logística, logística que durante muchos años ha sucumbido a las leyes de la oferta y la demanda. Esta logística, hoy por hoy recargada, pretende brindarnos nuevas alternativas que nos permitan soportar el infierno que es habitar esta ciudad.
Bien saben los lectores del blog que este servidor no apuesta por una ideología determinada. Ante todo me considero librepensador y en base a ello me siento libre de no caer en las estrecheces de miras de la derecha e izquierda peruanas. Hace mucho tiempo cuestioné los peligros y destaqué los aciertos de la derecha e izquierda y opté por un refugio en el que no tenga que hipotecar mi consciencia. Aunque claro, si viviera en un país normal, con un relativo aire de decencia en cada uno de sus centros de opinión ideológica, me iría hacia la izquierda.
Ocurre que la pose, ignorancia y, muy en especial, la doble cara de la intelectualidad de nuestra izquierda la pinta por cada uno de sus lados. Lo que busco en ella no es solo discurso ideológico, busco  praxis, coherencia, ética, tanto en lo colectivo como en lo privado. Para bien o para mal, conozco a más de un líder de opinión de la zurda y de todos ellos puedo decir que son muy bacanes para la conversa y el hueveo nocturno de fin de semana. Me he convertido en un asqueado testigo de su flojera, improvisación, malhabladuría, detallitos que los manifiestan en su función pública, función que pretende sentar las bases de aquel gran cambio que le urge a la ciudad, callando, porque conviene, sobre el costo social que trae consigo ese gran cambio. En otras palabras, les importa poco o nada el costo social de los que menos tienen, de los que solo viven el día a día, de esa gente que tanto dicen defender.
A uno de ellos le pregunté si se dieron el trabajo de investigar, cosa que así se percataban del costo social en la reordenamiento del transporte. La respuesta no fue menos que risible, pero el idiota lo decía con una seriedad y convicción que he decidido alejarme de esta persona por salud mental y moral.
Pero lo que más me aterra de esta gente y su capitana, la burgomaestre, y peor ahora que se van a la reelección, es su evidente racismo, que bien haríamos en llamarlo racismo zurdo, que lo notan también sus eufóricos simpatizantes, que no sé por qué callan.
Cuando me preguntan por quién voy a votar, no me hago problemas, y no es que vaya a votar, porque para estas elecciones me quedaré durmiendo en casa, sin pensar en quién ganó, tranquilo conmigo mismo, porque por la racista e hipócrita y mentirosa Susana Villarán no pienso votar, así se pinte como la única alternativa decente.


viernes, agosto 22, 2014

118


Cuando muchos creíamos que ya nada nuevo quedaba por explorar en estructura narrativa, aparece la traducción al castellano de la novela La casa de hojas (Pálido Fuego-AlphaDecay, 2013), del narrador norteamericano Mark Z. Danielewski. No hay que pensarlo mucho: estamos ante un verdadero acontecimiento literario que nos hace creer en la vigencia del libro en formato físico, siendo un golpe letal contra aquellos ignorantes que, habiendo leído treinta libros en sus vidas, aseguraban la muerte de este a cuenta del libro digital.
Tenía entendido que se trataba de una novela difícil de traducir y es precisamente en ese detalle en que yacía su leyenda. Leyenda, cómo no, repotenciada en la red por sus fans gringos y no gringos, que llegaron al extremo de equiparar una posible traducción de la novela con una del Finnegans Wake de Joyce. O sea, una empresa imposible. Sabía también que la presente publicación venía precedida de los mejores elogios, es decir, me enfrentaría a un libro blindado por todos sus lados. El encargado de la traducción al castellano fue el narrador español Javier Calvo. No todos los traductores están en condiciones de traducir textos literarios que escapan a la linealidad clásica de la narración. Cualquiera no traduce el Ulises, menos el Tristram Shandy, peor aún A la busca del tiempo perdido. Para que esas empresas hayan llegado a buen puerto se hizo necesario contar con un traductor que conectara con el texto literario, es decir, que lo sienta y de esta manera proyectar en el lector la extraña y mágica sensación de la experiencia literaria. En este sentido, Calvo cumple con creces, logra esa conexión entre La casa de hojas con el lector.
Confieso que me acerqué a la novela con no pocos prejuicios. Me generó desconfianza su ya señalado blindaje y me adentré en sus páginas con el único objetivo de confrontar ese blindaje. Pero desde las primeras páginas me di cuenta de que no valía la pena hacerlo, sino que lo recomendable era dejarse llevar como una pluma al caprichoso vaivén del viento. Desde el saque Danielewski nos demuestra que es un narrador de oficio, con tradición y mirada procesada. Por ejemplo: La “Introducción” de Johnny Truant no es nada gratuita, ya que nos pone en el tapete lo que vendrá en las siguientes 700 páginas. El autor hace gala de una sugerencia gris que entre líneas nos anuncia un sendero en el que no solo hallaremos un drama psicológico con dosis de paranormalidad, sino también un mestizaje de registros narrativos, enriquecidos con la disposición espacial de no pocas páginas.
El mérito del autor no es otro que hacernos verosímil lo inverosímil. Veamos. El fotoperiodista Will Navidson compra una casa para salvar a su familia de una inminente disolución a causa de la obsesión de este por el trabajo. Pero esta casa de Ash Tree Lane en Virginia repotencia los temores de la familia Navidson, en especial en Will, quien para entender lo que ocurre en ella filma un documental que llamará El expediente Navidson. Este documental motiva a más de uno a interpretar la casa y así saber qué es lo que ha ocurrido con esta familia. Por ello, lo que se inicia como una curiosidad, torna en inquietud discursiva, en un viaje de locura y horror que abstrae a los que “piensan” e investigan el documental, sumiéndolos en una realidad no menos que onírica.
Nos encontramos ante una novela que recoge y reconfigura el legado de las vanguardias artísticas y literarias del siglo pasado. No hay nada nuevo que descubrir en cuanto a su influencia. El autor transita caminos ya recorridos y lo que ha hecho no es más que picar de ellos al amparo de una mirada potenciada con una actitud deliberadamente experimental. Por ello, sería un craso error caer en mezquindades intelectuales, como buscarle una línea genérica. En lo personal, no me pierdo en las definiciones. Cuando terminé de leer La casa de hojas, sentí que había sido parte de una extraña experiencia sensorial y supe también que había estado ante un artefacto literario que amedrenta. Ante esto, la verdadera experiencia lectora te lleva a tomar partido, o bien siendo parte de los aguafiestas sabelotodo o bien aunándome a los que han disfrutado y vivido la novela. Ocurre que los libros llamados a quedar marcan la diferencia y como tal generan opiniones encontradas y este de Danielwski no es ajeno a este destino.
 
 
Publicado en Revista Ache - Ecuador


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Gracias a un comentarista anónimo, que tan anónimo no es, porque sé quién es, aunque él crea que yo no sé, me entero de un texto del poeta/ensayista José Carlos Yrigoyen.
El texto lo pueden leer aquí.
Allí, Yrigoyen habla sobre la venta de libros viejos por Face, en especial sobre esos libros de poesía peruana a la fecha inubicables, los cuales son vendidos como si se trataran de papiros bíblicos.
Bien sabemos que la tradición de la poesía peruana es la que más ha contribuido al prestigio de la poesía escrita en castellano durante el Siglo XX. En lo personal, pienso que la poesía en castellano del siglo pasado poco o nada se puede justificar sin las voces de Vallejo, Adán, Eguren, Westphalen, Eielson, Hinostroza, y últimamente sin Verástegui y Pimentel, por citar solo a los más conocidos, y también los más requeridos.
No me sorprende que haya gente que busque por coleccionismo o fetichismo esas primeras ediciones, las primeras manifestaciones de conexión con un determinado universo poético que a lo mejor les haya salvado la vida, o que en el mejor de los casos les ofreció un sentido vital. Como sea, entiendo esa pulsión, y entiendo también pulsiones que me cuesta mucho trabajo entender, como el que suscita el irregular poeta Luis Hernández. Si se tiene los medios para comprar una primera edición, adelante, tenla, consérvala, disfruta con buen gusto de tu poder de adquisición.
Pueden decirse muchas cosas de los que administran esas páginas de venta de libros viejos por Face.
Podemos hablar de libre mercado.
También de la usura al momento de sobrevalorar los precios.
Quien decide es quien compra, el cliente, el lector de poesía.
Ahora, lo que nunca ha dejado de llamar mi atención de estas páginas de Face, y lo mismo podría decir del circuito de librerías físicas y virtuales, salvo contadísimas excepciones, es el casi nulo compromiso con la literatura de quien vende, o mejor dicho, su abierto asco a la lectura.
Para bien o para mal, he tenido la nefasta experiencia de hablar con no pocos vendedores de libros y arribé a la triste conclusión de su precario nivel cultural, de saber que lo único que los motiva es el lucro, el vender a lo bestia. Por eso, en este país hay muchos vendedores de libros, pero contados libreros.
Volviendo a la sobrevaloración de precios que señala Yrigoyen, soy de la idea de que hay que exterminar a esas cucarachas que se aprovechan de la pasión lectora del seguidor de poesía peruana, bueno fuera que exhibieran un conocimiento apasionado de los poemarios que encuentran y venden, pero no es así, porque si fuera así, uno podría entrar en una discusión y quizá quitarse la venda de los ojos y entender por qué un poemario cuesta lo que cuesta, el por qué se le sobrevalora, pero claro, esa sería la realidad ideal, que no es para nada el caso de este triste contexto que nos concierne.

jueves, agosto 21, 2014