lunes, octubre 20, 2014

161


Desde hace unos días vengo leyendo Jardines de la Disidencia. Si hay un autor de quien espero fagocitar absolutamente todo, ese es precisamente Jonathan Lethem. 
Esta lectura me lleva también a repasar la obra de este autor, como quien intenta forjar una especie de cartografía, como quien ubica su privilegiado sitial en la narrativa contemporánea. No hay que pensarlo mucho: estamos ante uno de los autores que hacen de la epifanía una marca registrada y se hace menester seguir esta epifanía, no dependiendo del aura de su condición de novedad, es decir, no limitarnos a comentar los libros de los autores que nos gustan a razón de su último libro. A veces resulta gratificante retroceder un poco para poder avanzar con paso firme, para darnos cuenta del valor de su epifanía. 
Por eso regreso a su penúltima novela. Una novela que se me ha revelado de manera muy especial gracias a su oculta relación con la librería Brazenhead Bookstore, en donde Lethem trabajó durante un tiempo. 
A esto sumemos una idea que vengo barajando desde hace un tiempo y que ahora me permito compartir: la crítica literaria no debe suscribirse a las novedades, no debe ser esclava de lo llamado “último”. En este sentido, bien nos podemos preguntar por todos aquellos libros buenos que leemos y que pasan desapercibidos debido a que nos acercamos a ellos a destiempo. Para quien esto escribe, esta realidad no es más que una injusticia. Tampoco sugiero que reseñemos libros publicados hace más de treinta años, no, esa no es la idea. La idea es la de ayer, hoy y también mañana: recomendar buenas lecturas. 
Empecemos: Jonathan Lethem no tiene lectores. Jonathan Lethem tiene hinchas. Fue a inicios de 2006 que leí La fortaleza de la soledad y decidí seguirle el rastro en cada uno de sus títulos. No todos, obviamente, me significaron una maravilla, pero en cada acercamiento quedaba hechizado por su coherencia narrativa, que descansaba en la exploración formal y su variopinta fuerza nutricia que recogía en demasía del rock, el comic, el cine, las artes plásticas y las novelitas de kiosko. Ni hablemos de su prosa, premunida de un extraño respiro radiactivo que no pocos escribas quisieran exhibir. 
Hay que ser un alucinado para escribir una novela como Chronic City (Mondadori, 2011). No todos están dispuestos a proyectar en los lectores la condición de hijo mimado no reconocido de David Lynch. Esta última novela, más allá de su clave autobiográfica, no solo es para los seguidores del autor, sino también para los que quieran a llevar a cabo, en 446 páginas, una sesión psicotrópica en la experiencia de la palabra. 
En ella tenemos pues a dos personajes que se complementan, tanto Chase Insteadman y Perkus Tooth cumplen en sus roles de disidentes de la soporífera cotidianidad. De lejos parecen poseros insoportables, pero de cerca no son más que fisonomías morales rubricadas por la extravagancia y el sino desdichado (carencia de plenitud) que los envuelve. Sin este par, Lethem no hubiera intentado cumplir con su objetivo: la creación de una ciudad paralela de New York. Una canábica novela total, sin tronco ventral definido pero sí con nervudas ramas oscilantes que nos acercan a personajes guiados por el yugo del consumo y la mentira, esclavos de los alucinógenos y las drogas, al punto que el nombre de una de estas titula la novela. 
Ahora, lo que obnubila es el cambio de registro narrativo que Lethem lleva a cabo. Por momentos tenemos la impresión de que estamos ante una novela hermana de Huérfanos Brooklyn y La fortaleza de la soledad, es decir, una historia anclada en un tenue realismo condimentado con humor y enciclopedismo popular (por cuenta de Perkus Tooth, por supuesto). El drama personal de Chase Insteadman, que a sus años lucra de su relativa fama de actor infantil y cuya novia Janice Trumbull, atrapada en el espacio, le manda amorosas misivas públicas, parece ser el camino a seguir por el lector; sin embargo, cuando Insteadman conoce a Perkus no solo su vida se asienta en otro sendero, también el sentido mismo de la novela, convirtiéndola en un aparato narrativo de registros que nos recuerda a los de Nova Express de Burroughs,  Amerycan Psycho de Ellis, Dinero de Amis y, muy en especial, de Una mirada en la oscuridad de Philip K. Dick. O sea: un celebratorio cóctel Molotov. Lethem abandona por completo el código realista para insertarse, gradualmente, en uno que bebe de la ciencia ficción y la fantasía por igual. La aparición de un tigre, por ejemplo, en un comienzo presencia potenciada por la desaforada mente de Perkus, que amenaza con tragarse a la ciudad de New York, sobrepasa su condición simbólica y metafórica para asentarse como el protagonista central de esta excelente novela que ubica a Lethem, una vez más, como la voz más explosiva y personal de la generación del relevo de la narrativa gringa, la que espera tomar la posta de Roth, McCarthy, De Lillo, Ford y demás. 
Lees a Lethem y te dan ganas de coger un machete, partirle la cabeza y comerte su cerebro. Eso es la posteridad. 

… 

Publicado en Siglo XXI.

domingo, octubre 19, 2014



160


Hace unos días estuve participando con Selecta en un congreso nacional de Ciencias Políticas, llevado a cabo en la universidad Federico Villarreal. Fuimos con algunas dudas, pero no puedo negar que nos fue mucho mejor de lo que esperábamos.
Ahora, los que me conocen, saben bien que tengo la piel muy sensible. Soy de los que deben usar bloqueador todos los días y en todas las estaciones. Pero en esos tres días de ambiente villarrealino, mi bloqueador fue la absoluta nada, la inutilidad en estado de gracia a razón de un sol que, literalmente, quemó, dejándome la nariz tan roja, peor que la de un adicto angustiado.
Más allá de estas cosas, debo decir que la pasé bien. No sabía que conocía a mucha gente, no sabía que mucha gente me conocía y se acercaba a saludarme, hasta el Philip Roth de la Villarreal. Como también el joven periodista Marco, de la universidad San Martín, que fue a buscarme mientras abría cajas y acomodaba varias rumas de libros.
No es la primera vez que me entrevistan, tampoco quiero decir que me entrevistan desde el inicio de los tiempos. En realidad, no me gusta que me entrevisten. Pero hice una excepción con Marco. Hasta donde sé, él es un lector del blog.
A diferencia de otras entrevistas, no puedo pasar por alto que Marco hizo su tarea, puesto que se informó de lo que debía informarse, detalle que veo muy poco en ciertos periodistas culturales que asumen su chamba como si fuera un pasatiempo, un hueveo, que el lector/oyente potencial percibe sin mucho esfuerzo, reforzando pues el prejuicio de que cualquiera puede dedicarse al periodismo cultural.
Me gustaría poder explayarme sobre casi todas las preguntas que respondí, pero una de ellas iba sobre un artículo de Gustavo Faverón en La República, en donde el narrador y crítico se preguntaba por la ausencia del humor en la cultura peruana contemporánea y la deformación que presenciamos hoy por hoy de aquello que precisamente llamamos humor.
Específicamente, pensé en la ausencia del humor en la narrativa peruana última. Me preguntaba si existía alguna novela que exhibiera en su sentido discursivo el aliento del humor, que entre las palabras se proyectara la presencia constante de la ironía y el sabor verbal presentes en nuestra historia narrativa. Pero seamos sinceros, el humor solo ha estado presente en alguna que otra novela importante. Su tradición es flácida. Ni hablar de los cuentarios, al punto que el único logro en esta parcela para la narrativa peruana última la tiene el inhalable cuentario Manual para cazar plumíferos de Leonardo Aguirre. Entonces, pensé en el artículo de Faverón, pensé también en alguna razón que nos permita especular al respecto, razón por demás impresionista en todos sus lados.
El sol daba en mi cara, en especial en mi nariz, que tal y como ocurre cuando es bañada por el calor, comienza a sangrar, primero de a pocos, como preparándome para la hemorragia.
Pues bien, la respuesta siempre ha estado a la mano, en lo que me toca ver día a día, como en la carencia de crítica a los problemas sociales, en preferir y defender la comodidad personal en vez de abrigar ideales colectivos, en quedarnos callados ante la mirada del opresor, en no saber reírnos de nuestros propios defectos.
Aunque claro, qué humor, porque el humor es también una visión de la vida, podemos esperar en nuestra literatura de hoy, cuando sus actores andan más preocupados en sus intereses personales, como el ser invitados a una feria internacional del libro, buscando en Facebook el Like de la legitimidad, en sobar al crítico en pos de una reseña positiva, sabiendo que ven al crítico como un imbécil, en pontificar sobre asuntos que en la práctica se desdeñan.
El humor en narrativa es una actitud que no solo obedece al artificio. El humor viene acompañado de una coherencia ética y moral por cuenta de su hacedor. O sea, para practicar el humor hay que ser un inconforme, no quedarse callado, estar en un constante proceso de desahuevamiento, en reforzar cada vez que se pueda el aliento crítico, ese aliento crítico que hoy en día ha desaparecido.

sábado, octubre 18, 2014



viernes, octubre 17, 2014

159


Termina el conversatorio con Marco García Falcón sobre su novela Un olvidado asombro y la narrativa peruana última.
Ha sido una velada muy emotiva y enriquecedora. Y no niego que me sentí raro en un ambiente tan solemne como el de la librería Communitas.
En este tipo de conversas, uno se la lleva fácil, en el buen sentido de la palabra. Siempre he tenido la suerte de toparme con autores que manejen un buen discurso, tanto en lo literario como en lo intelectual.
En esa conversa hablamos de muchas cosas, siendo una de ellas la de su silencio literario, silencio literario que muy pocas veces he visto en los últimos exponentes de la narrativa peruana.
Al menos para mí, García Falcón pertenece a esa estirpe de narradores a lo Loayza, a lo Prochazca, si hablamos de voces locales; cada quien, pues, con una característica peculiar, pero siempre en el límite del silencio, viendo el discurrir de la fiesta literaria desde dentro pero en una esquina, pero su observación es una observación asentada en el detalle, detalle que con el tiempo se convertirá en materia literaria.
Si a este silencio sumamos la legitimidad. Puesto que legitimidad es lo que le viene faltando a la narrativa peruana, y desde hace varios años.
Me explico: hablamos de silencio, pero también de un reconocimiento paulatino que no viene de la gran prensa, cosa que el autor conoce porque también ha sido saludado por la prensa, sino del lector de a pie, tanto del que lee con frecuencia como del que no, es decir, me refiero al tan llamado “boca a boca”, “boca y oreja”, ese lector que no hace suya las mentiras y medias verdades de la logística publicitaria, sino que juzga con más dureza que el más temido crítico literario, que asume el comentario de un libro como si se tratara de un ajuste de cuentas.
Por eso, sea en este espacio, en un conversatorio, o a cualquiera que me pida una recomendación, no dudo en decir que lo mejor que le ha pasado a la narrativa peruana de los últimos años es la publicación de Un olvidado asombro, una novela completa, que ante todo transmite, novela cuyos personajes exhiben cariño, amor y también mucho rencor, novela estructurada en una compleja sencillez capaz de escuelear, en especial a aquellos acróbatas del verbo que viven la patraña de que solo lo difícil es original. Una novela como esta nos hace mucho bien: vuelve a nuestra tradición para enriquecerla en su presente y seguramente en su futuro.

miércoles, octubre 15, 2014



158

Me despido de Yesenia. Me quedo un rato parado, memorizando la placa del taxi. Bueno, siempre memorizo las placas de los taxis, que a fin de cuentas resulta una buena costumbre. 
Camino hacia Alfonso Ugarte, en donde esperaré el bus que me lleve a casa, aunque también barajo la idea de tomar un taxi. 
El paradero está relativamente poblado y en mi mochila tengo no pocos (inesperados) libros que me han regalado el día de hoy. Así que me pego a la pared, en la pared de una farmacia, farmacia flanqueada por telitos de veinte soles. 
Fumo tranquilo mientras pienso en Enemy, la película de Villeneuve que volví a ver ayer y de la que en su momento escribí para Cinépata. Es que ver otra vez una película es como la relectura y desde hace buen tiempo estoy viendo películas que he visto hacía muchísimo tiempo. En esas estoy, pensando en Enemy o quizá pensando sin pensar en Mélanie Laurent. 
Como sea. 
Sigo fumando pero ahora siento varias miradas, como si me estuvieran estudiando. Entonces respondo a las miradas de esos huevones, huevones que no son choros, pero no por ello menos peligrosos. Caigo en la cuenta de que son cafichos, entonces me dedico a acabar en calma el cigarro y me percato de que a ambos lados de mí, a medio metro de cada lado, están dos putas que se me van pegando, cada vez más, como esperando que mi presencia les brinde algo de seguridad. 
Las cosas no se ponen nada bien. Lo lógico sería que me aleje, que espere mi bus donde debería esperarlo y no pegado en la pared de la farmacia. Debo tener cuidado con estas bestias, porque sé por qué me miran así. Si las putas se me pegan es porque se están aferrando a la primera persona que las pueda librar de una paliza, quizá debido a que se hayan quedado más tiempo del normal con un cliente o porque no hayan cumplido con el porcentaje que deben darles por servicio. Lo pienso bien, lo inteligente es no hacerse problemas y abrirse, pero como soy bastante bruto, irracional hasta el cansancio, decido quedarme y miro a ese par de cafichos, que esperan el momento para saltar sobre el que piensan es el nuevo caficho de sus mujeres. Pues noto en su mirada la calentura del orgullo magullado, humillado. 
Siento el roce de los codos de las putas en mis brazos. La de mi izquierda no debe tener más de 25 años y la otra es menor de edad, al ojo. 
Los cafichos se disponen a avanzar hacia mí. Y no demoro en meter mis manos en los bolsillos de mi casaca. Los cafichos se detienen, conocen ese movimiento de manos, que en más de una noche de chelas han escuchado, porque hay que tener cuidado cuando hacen “eso” con las manos. Pero esa determinación solo les dura algunos segundos. Ahora me miran con más tirria que segundos antes y vienen dispuestos a chavetearme. 
No pienso en agredirlos, sino en cómo defenderme. 
Pero bueno, la buena estrella siempre está de mi lado. 
Desde la Plaza Dos Mayo llegan cuatro camionetas de serenazgo, tres mujeres policías en moto y un patrullero, que empiezan a peinar toda la zona, lo que origina que las putas, tracas y cafichos desaparezcan de la escena. Las dos putas que me flanqueaban se van corriendo y los dos cafichos que se me acercaban se van corriendo como ratas, al punto que uno de ellos se tropieza con un metálico tacho de basura, dejando al pobre tacho con una marca de rodilla destrozaba en el centro. 
Prendo otro cigarro, pero lo apago y voy por una botella de agua mineral sin gas.

martes, octubre 14, 2014



157

En la tarde tuve que hacer un par de gestiones en el mismo centro de la jungla de cemento. Una de ellas era una gestión para mi mujer y la otra la debía hacer con mi padre. 
Salí de la librería en el momento que tenía que salir, cuando más necesitaba despejar mi mente puesto que debía definir los pasos a seguir en los próximos días, como el pasar a Word mis apuntes de la novela El plantador de tabaco de John Barth y en pensar cómo sería la dinámica del conversatorio que sostendré con Marco García Falcón el día miércoles en la librería Communitas, en donde hablaremos de su muy buena novela Un olvidado asombro y de la narrativa peruana última. 
Había quedado en encontrarme con mi padre en la puerta del Reniec, para de allí enrumbar a las gestiones que requerían de su conocimiento y, muy en especial, de su paciencia. Mi padre ha trabajado muchos años en el Centro Histórico y por esa razón es que tiene muchos amigos por allí. Cuando me encontré con él, él se encontraba hablando con un ex colega, el bajito y gracioso Ampuero, que me reconoció a medida que me iba acercando, y que no dudó en abrazarme fuerte, sintiéndome mal porque en tantos años de conocerlo nunca se me ha ocurrido preguntarle, ni a mi papá, por su nombre, porque siempre lo he llamado por su apellido. 
Me di cuenta de que estaba interrumpiendo una conversa de dos amigos, además, no tenía ningún apuro en las gestiones, pese a que las debía de realizar antes de las seis de la tarde. Mi padre me preguntó si lo podía esperar o en todo caso acompañar a comer una ensalada de frutas. Le dije que lo esperaría cerca de la puerta del Reniec. Y así fue, vi a los dos amigos que ingresaban a una de las galerías en donde comerían su ensalada de frutas. 
Por mi parte, me dediqué a fumar y a pensar en Barth y en García Falcón. 
De la reseña de El plantador de tabaco tenía en claro las ideas centrales de mis apuntes y de la novela García Falcón tenía la certeza de que se trataba de una novela de la putamadre, que le hace muchísimo bien a la narrativa peruana última. Mi problema sobre el conversatorio giraba en el tono que emplearía al hablar de la narrativa peruana última, que se ha convertido en un terreno muy sensible, difícil de tocar debido a la fragilidad de los egos colosales de sus protagonistas. Al respecto, sé quiénes son los quedan de la década anterior y quiénes son los que proyectan en lo que va en este decenio y sé también que muchos se resisten a desaparecer, puesto que no aceptan su condición de almas que penan. 
Entonces pensé en estrategias. 
Repasé al vuelo algunas. 
Y tuve una repentina iluminación: Vila-Matas escribe de sus viajes antes de realizarlos, entonces me tomaré la libertad de escribir una crónica del conversatorio antes de realizarse, puesto que de esta manera podría no solo ordenar mis conceptos, sino también aligerar el peso de una furia innecesaria, en saberme tranquilo porque jamás he sido partícipe de la Otra Literatura que ha acribillado a potenciales narradores, que terminaron renunciando, claudicando, del oficio narrativo en pos del autobombo, del relacionismo. 
Así es, llegando a casa me pondría a escribir una crónica sobre lo que será el conversatorio. 
Pues bien, muy cerca de la puerta del Reniec veo a un considerable grupo de personas reunidas. 
Me acerco a ver qué es lo que ocurre. 
Las personas reunidas contemplan a siete perritos chuscos, cuya ternura quiebran hasta el más recio de los presentes. Detrás de los siete perritos un par de chibolos alientan a las personas a adoptarlos. 
Este par de chibolos dirigen un albergue en San Juan de Lurigancho, en donde cuidan a los perros que rescatan de las calles, en donde los vacunan y desparasitan para darlos en adopción. Minutos después mi padre me contó que ese par de chibolos han sido amenazados de muerte por los sujetos que, dos cuadras más arriba en dirección hacia el Congreso, venden perritos y toda clase de animales domésticos, sujetos que ven en ese par de chibolos una amenaza a sus intereses comerciales. 
Llamé a mi madre y le pregunté si quería un perrito. Mi madre me dice que le gustaría, pero que por el momento tiene suficiente con Silvestre y Gringo, mis gatos salvajes rescatados del parque, a los que quiero tanto que no me he atrevido a esterilizarlos, ni siquiera caparlos. 
Mi padre me da el encuentro, lo veo muy feliz, seguramente por la espectacular ensalada de frutas que acaba de comer con su amigo Ampuero. Mi padre me dice también que en casa tienen suficiente con Silvestre y Gringo, pero que hablará con mi mamá para llevarnos uno de sus perritos que nos miran con ternura, quizá la próxima semana. 
Nos retiramos mientras escuchamos los aplausos de las personas puesto que una señora y su hija acaban de adoptar un perrito.


lunes, octubre 13, 2014

156

Aunque no se trate de la mejor novela peruana del 2014, se trata pues de una de las más llamativas que he leído este año, año que deberíamos catalogar de generoso, tan generoso que nos ha permitido acceder a una apreciable novela menor, que bien pudo ser buena, sin duda. 
Sin embargo, la lectura de El hombre de Pompeya (Dedo Crítico Editores, 2014) de Carlos García Miranda, me genera más de una pregunta, llámale también inquietud, no solo en relación a esta novela póstuma, sino también hasta qué punto el circuito literario local es capaz de ningunear a un autor, un circuito por demás podrido, tan podrido que su ninguneo no obedece a una carencia de talento del autor ninguneado. 
De hecho, más de uno me dirá que el desaparecido profesor y narrador García Miranda no era un ninguneado. Hablamos de un narrador con varios premios en su haber, de un literato exigente y recordado precisamente por su exigencia. Pero ese reconocimiento a duras penas pasaba el circuito académico o los pasadizos de la Facultad de Letras de San Marcos. 
Me recuerdo muy joven leyendo el primer libro del autor, el cuentario Cuarto desnudo. Después de algunos años leí su novela Las puertas. Aunque la poética del autor no sintonizaba con mis gustos, ello no impedía en ubicarlo muy por encima de varios de sus compañeros generacionales. Estaba ante una poética que se estaba construyendo, al punto que bien podría calificarla como una antecesora de lo que a mediados del decenios anterior fue la narrativa metaliteraria escrita en Perú. 
Sabía que se trataba de uno de los narradores peruanos de mayor proyección, pero la realidad me demostraba que su grado de influencia era muy limitado, injustamente limitado, para ser más preciso. Bien sabemos que entre nosotros, la referencialidad literaria no se consigue con buenos o interesantes libros, para nada. Si un autor quiere hacerse conocido como escritor y anhela que sus libros sean leídos más allá de su familia y amigos, tiene que entrar en un sincopado baile de loas a escritores mayores, a practicar el sobadismo a cuanto periodista cultural se le cruce por el camino y al derroche de saludos para con los narradores de moda, así hayan leído o no sus libros. 
Nuestro autor no fue partícipe de estas prácticas, pero con esto no quiero decir que haya sido un autor independiente en cuanto a opinión. Se sabía talentoso, pero cayó en el mismo discurso de los que reclaman una mayor atención para su obra: la malhabladuría. Pues bien, debo decir que yo fui, durante un tiempo, blanco de sus invectivas. A mí sus invectivas (y él) me tenían sin cuidado y lamento no haberlo conocido en esa otra dimensión en la que sí lo conocieron sus alumnos; lamento, sí, haberlo conocido en fiestas y reuniones de amigos en las que circulaban innumerables cajas de cervezas. 
¿Por qué cuento estas cosas? No, no se trata de un ajuste de cuentas de mi parte. Líneas arriba dije que la lectura de esta novela me dejó varias inquietudes. Obviamente, sé de las diferencias que debemos tener sobre el autor y el narrador, en lo letal que pueden ser las cosas cuando confundimos las instancias. Sin embargo, de vez en cuando es bueno permitirnos algunas licencias. 
Bajo esta licencia podemos entender a su protagonista Adrián Garcilaso. Y bajo esta licencia llegamos al punto más bajo de la novela que nos reúne, que no es más que el abierto ajuste de cuentas de su autor. En muchos tramos de la novela, nos topamos con no pocos personajes reconocibles del circuito literario local. Lógicamente, esta práctica no es nada nueva, al respecto tenemos suculentos antecedentes en la narrativa peruana contemporánea. Sin embargo, estos personajes reconocibles son configurados con el odio más ramplón, el autor hace gala de un mal gusto, aberrante por momentos, cuando lo ideal hubiese sido que los ridiculice por medio del humor, la ironía y el doble sentido, no apelando al rencor producto del chismecillo de esquina, ese rencor que socaba la verosimilitud del ambiente en que se mueve Garcilaso, rencor que nos distrae de los evidentes logros de la novela, logros que nos entregan a un García Miranda recargado, alejado de las sinuosidades y alegorías de sus dos primeras publicaciones, tan recargado que nos hace atractiva una historia compleja que en otras manos sería un asegurado fiasco. 
No hay duda de que a la novela le hizo falta una revisión final del autor, pero ello no la desmerece en ningún sentido. Como bien señalé, se trata de una novela que pudo ser buena, que se lee con mucho placer. Ahora, mientras la leía, me resultaba imposible no enlazarla con posibles novelas que la hayan nutrido. La búsqueda fue ardua pero gustosa, García Miranda fundió muchos registros, sea el registro histórico, metaliterario y vitalista, además, los guiños a autores resultan eclécticos y lo hace sin pedantería intelectual ni libresca, tal y como le corresponden a los narradores de oficio. Si tuviéramos que hermanar El hombre de Pompeya, buscaría rasgos, intenciones y fuentes en El club Dumas de Arturo Pérez-Reverte y en Poderes secretos de Miguel Gutiérrez. 

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Publicado en Lee por Gusto


155

Me paso los domingos durmiendo, literalmente echado, sea en mi cama o en el sillón. 
Leo y veo películas en el cable. 
Se supone que este domingo sería normal. 
Cerca de las diez de la mañana, recibo una llamada en el celular. Contesté la llamada, con cierta duda porque no tenía reconocido el número, aunque muchas horas después di con que se trataba de un número de teléfono público. Como nunca antes he odiado tanto el celular, pero la culpa fue mía. En primer lugar, no desactivé la alarma y hoy sonó insistentemente y a duras pena hice que dejara de sonar, pero me olvidé apagarlo. De paso aproveché en recoger los periódicos, en prepararme una jarra con agua y en llenar el termo con café. 
Volví al sobre, deseando solamente dormir. 
Pero los anhelos quedaron en eso, en deseos fugaces. 
No tuve opción, contesté la llamada a la vez que me puteaba por haber sido tan huevón de no apagarlo. 
Contesto y escucho un respiro pesado. Al tercer “Aló, buenos días”, puedo identificar una voz que se me hace conocida, como si ubicara el timbre de voz del pata que me pide que le dé el encuentro en media hora en el paradero Apolo de la Av. México. 
En mucho tiempo no sabía nada de El Tigre. 
La última vez que supe de él fue hace cinco años, en una madrugada que llegaba a casa medio borracho y algo sazonado. Había estado en Barranco bebiendo con unos poetas extranjeros que habían llegado para un festival literario, al menos eso era lo que recordaba de esos poetas argentinos, uruguayos y chilenos que gritaban en pos de la revolución y contra la globalización capitalista. Como no tenía para pagar la carrera completa del taxi, el taxista me dejó en el cruce de México con Huánuco, intersección fría, pero peligrosa, poblada de putas adolescentes y cafichos con verduguillo dentro de la casaca. Yo, como si las huevas, pese a la borrachera y la sazón, caminaba, sin altanería, ni forzada mirada de malo, solo con respeto para que me respeten, mirando a los ojos pero sin barrer, como manda el manual, manual que El Tigre me enseñó a respetar desde los diez años. Al llegar a Aviación una camioneta se detuvo frente a mí. De la ventana trasera El Tigre me llamó, se le veía contento. Hasta ese entonces no lo veía desde hacía unos meses y me preguntó si tenía tiempo para ir con él y su gente a comer a un restaurante de San Borja. Como no tenía nada que hacer en las próximas horas, me subí a la camioneta, en donde El Tigre comenzó a contarme de lo que había estado haciendo en los últimos meses. 
Entré a la ducha y me desperecé. 
Salí a su encuentro. Algo me decía que sacara algo de dinero, sentía que aún le debía muchas cosas, cosas que él no pensaba cobrarme, pero de todas maneras pasé por un Agente del barrio. 
Una de las cosas que recuerdo de él es su puntualidad para los encuentros. Siempre a tiempo, ni un minuto más, ni un minuto menos. Esa misma minuciosidad también la percibía en sus negocios. 
Faltaban cinco minutos para la media hora y ya me encontraba en el lugar indicado. Prendí un cigarrillo hasta que llegara. No me fijaba en los taxis ni en los micros, solo aguardaba la aparición de una camioneta, porque El Tigre siempre aparecía en camioneta, porque El Tigre siempre, desde que lo conozco, ha tenido una fijación con las camionetas. 
Veo la hora en la pantalla del cel. 
Ni una señal de la llegada de una camioneta. 
No pienso en nada, ni siquiera en lo que él quiere hablar conmigo luego de años. 
Cuando El Tigre hace su aparición, no lo hace desde una camioneta, sino de un destartalado Tico amarillo, de esos que carecen de placas, de esos que seguramente acaban de ser robados para ser vendidos en partes en San Jacinto. El tajo que cruza el rostro del conductor refuerza mis sospechas. El Tigre baja sin antes darle unas palmadas en el hombro al pata que conduce el Tico amarillo destartalado. 
El Tigre no parecía El Tigre. 
Se me acercó, disimulando el rengueo. Y me abrazó muy fuerte. 
Había salido el sol y llevaba una casaca marrón de cuero, que la tenía cerrada hasta la barbilla. El anhelo de su respiración lo notaba no en su nariz ni en su boca, sino en su pecho, como si estuviera conteniendo una mezcla de sensaciones. 
No era necesario preguntarle qué había pasado, indefectiblemente algo le había pasado. 
Si me había llamado era porque necesitaba de mi ayuda. Era el tiempo de corresponderle toda la ayuda que en algún tiempo me brindó, de olvidarme de su eterna frase que venía sintiendo desde hace más de quince años, “G, eres el tipo más resguardado de Lima, cualquier cosa, hermano, cualquier cojudez, me llamas o me buscas donde ya sabes”. Frase que siempre supuse como una fanfarronada, pero que tampoco tomaba a la ligera porque sabía lo que El Tigre era capaz de hacer con tal de proteger y cuidar, primero a los suyos, y luego a sus amigos que consideraba como si fuera su familia. 
Me pidió que lo ayude. 
Me llevé la mano al bolsillo trasero del jean para sacar la billetera. Pero me hizo una seña, puesto que dinero no era lo que necesitaba. No me llamó para pedirme dinero. 
Sin duda, algo muy jodido le tuvo que pasar en las últimas horas. Tan jodido que ha tenido que pegarme una llamada, a mí, a alguien que no conoce sus códigos. 
Me alcanzó un papelito con varios números e hice las llamadas. En realidad, hice cuatro llamadas. Llamé a su mujer, a su madre y a su hijo mayor que tiene mi edad. Pues bien, en la cuarta llamada, un sujeto de voz ronca, como si sufriera de un cáncer en la garganta, me dijo que estuvieron toda la madrugada tratando de ubicar al Tigre y me preguntó dónde estábamos para recogerlo de una vez. El Tigre me hizo una seña, que lo recogieran en una hora en el local de Doña Lucha, “en una hora”. 
Una hora me pareció demasiado tiempo para alguien que sin duda ocultaba posiblemente una herida en el pecho. En sus ojos se patentizaba el sentimiento de la venganza inmediata. Ahora, lo que siempre he admirado de él es su capacidad para saber administrar sus odios. Lo que él hace no lo puede hacer cualquiera, para hacer lo que hace se requiere de un cierto estado mental, de una armonía cerebral. La posible herida, el dolor que le causaba, era lo de menos. 
Imagino que lo que buscaba de mí era mi tiempo, el tiempo para despejar su mente. 
Me preguntó si quería desayunar. Le mentí diciéndole que ya había desayunado pero que igual lo podía acompañar. 
Se le antojaba pan con chicharrón. 
Le propuse ir a La Rocca, en Santa Catalina. 
Me puse en la esquina para parar un taxi, mientras discutía la carrera con un pata que conducía un Station Wagon blanco, me percaté de que los policías de la comisaría de Apolo saludaban al Tigre. Uno de ellos, quizá el de mayor rango se le acercó y lo abrazó de la misma manera que El Tigre a mí. “No pasa nada. No pasa nada. Otro día quedamos”, le dijo al policía mientras caminaba hacia el Station Wagon. 
Llegamos a La Rocca. 
El Tigre pidió tres panes gigantes con chicharrón, más una Coca Cola helada. Por mi parte, pedí jugo de granadilla con mandarina y un café del día. 
En el curso de media hora hablamos de todo. En realidad, yo le hablé de todo lo que estaba haciendo. El Tigre asentía y de cuando en cuando me preguntaba si “estaba pasando algo”, pregunta que nunca ha dejado de hacerme cada vez que nos encontramos, a lo que le respondía negativamente, porque no está pasando nada, absolutamente nada. 
Cuando estaba por terminar su tercer pan gigante con chicharrón, El Tigre se desconcentró. Ingresaron a La Rocca un par de mujeres, cuyos portentosos culos bien formados en gimnasios resaltaban gracias a las licras que usaban. El Tigre se quedó mirando a la más alta, a la del cabello azabache. 
La llamaba con la mirada. Puso su pan gigante con chicharrón en el platito. 
La miraba con deseo, tal deseo que al cabo de medio minuto obtuvo su recompensa. La mujer alta de cabello azabache se dio cuenta de que alguien la miraba con deseo luciferino, como si percibiera el aroma del sexo salvaje cerca. Ella, como apreciando la decoración setentera de La Rocca, cruzó miradas con El Tigre. 
Bastaron dos segundos para pactar un encuentro en la misma Rocca, el siguiente domingo y a la misma hora, pero ahora con el detalle de que esta vez ella vendría sola y él en otras condiciones, obviamente, sin esa huevada que le hacía tener cerrada la casaca hasta la barbilla, y en pleno sol. Las mujeres se retiraron del café. Y El Tigre volvió a lo que quedaba de su pan gigante con chicharrón. 
Pagué la cuenta y nos retiramos del lugar. 
El Tigre tomaría un taxi rumbo al local de Doña Lucha. Le di veinte soles para el taxi y le compré en la farmacia de la esquina una botella grande alcohol y una bolsa, también grande, de algodón. 
Se despidió con el abrazo más fuerte que haya sentido de todos los abrazos que me ha dado desde que nos conocemos. 
Antes de tomar un taxi de regreso a casa, caminé un par de cuadras, pensando y fumando. 

domingo, octubre 12, 2014