sábado, diciembre 27, 2014



viernes, diciembre 26, 2014

212


Hace una semana Yesenia y yo fuimos a una exposición de pintura y escultura en un local de Camaná.
Más de una vez he estado en ese local, ubicado en el sótano de un edificio, en donde se han realizado conciertos, presentaciones de libros y festivales de poesía. En Savarín Arte Total siempre tienen lugar este tipo de manifestaciones artísticas, además, no allí eres presa de miradas acusatorias si cometes el pecado de ir con una chela en lata en la mano.
En la exposición En tu nombre tenemos una serie de pinturas y esculturas hechas por los presos que formaron parte de Sendero Luminoso. No sabía de qué iba la expo, pero ni bien vi la escultura de Elena Iparraguirre, me di cuenta de qué iba, cosa que en lugar de molestarme e indignarme, encendió aún más mi curiosidad.
Recorríamos la exposición cuando una joven, quizá de no más de veinte años y muy bajita, nos preguntó si deseábamos una visita guiada. Le dijimos que sí y con ella estuvimos recorriendo y hablando de cada una de las pinturas y esculturas.
No había nada de malo en la exposición. No hay gente más alejada de mi pensamiento político e ideológico que todo aquel que simpatice con Sendero, pero ello no me impedía poder apreciar el arte que sus presos han forjado en tantos años de encierro. Claro, había que hacer un esfuerzo mayor al habitual, encontrar pues el arte en esas pinturas y esculturas, arte que brilaba por su ausencia, sobre todo en las pinturas y esculturas de Elena Iparraguirre. Sin embargo, en algunas pinturas y esculturas sí podía ver una sensibilidad, una propuesta artística no libre del pensamiento que la motivaba.
Nos gustaron varias pinturas. Muchas estaban a la venta y las que nos interesaban ya se habían vendido. Cuando nos preguntaron si queríamos participar de una rifa en la que se sortearían algunas pinturas, aceptamos y compramos varios tickets. Mientras la chica llenaba nuestros datos, sentimos la mirada de algunas personas, seguramente familiares de los presos, pero no nos hicimos problemas, porque no hacíamos nada malo. Por un momento pensé que nos podían confundir con un par de agentes infiltrados del Servicio de Inteligencia. Para paranoicos los filosenderistas son campeones.
Me detuve a ver los títulos de los libros disponibles en una mesita de exposición, algunos de ellos estaban a la venta, pero otros no, como el de Maritza Garrido Lecca, en cuyo libro nos brindaba técnicas de relajación y métodos contra el estrés. Nada del otro mundo.
Salimos de la exposición.
Horas después pensé en lo necesaria que es la libertad de expresión. Hasta los senderistas tienen derecho a expresarse, no importa si sus ideas sintonicen o no con las de uno. Bien sabemos que la valoración artística es otra cosa, otra dimensión en la que solo sobreviven y destacan los elegidos. Y en la exposición En tu nombre solo sobrevivían un par, no más.
Quien esto escribe no vio en ningún momento una apología a Sendero Luminoso. Obvio, había en las pinturas y esculturas un evidente espíritu rojo, como lo puede haber en toda manifestación artística de la zurda, la derecha y la zurda-derecha. No había pues un llamado a nada, ni a las armas, ni a manifestarse, ni a la lucha revolucionaria.
Hace unas horas me acordé de que hoy viernes es lo de la rifa, entonces me pongo a buscar alguna información, algo tan sencillo como la hora en la que se haría. Buscaba y cruzaba información, cuando encuentro este video en donde Daniel Urresti se agarra a picotazos con el abogado de Abimael Guzmán, a metro y medio de Savarín Arte Total. Pulsé play.
Bueno, no hay que ser un virtuoso del pensamiento para poner en evidencia la matonería de Urresti, que le ha hecho un involuntario gran favor a una exposición de la que nadie estaba hablando porque no había mucho que hablar de ella en cuanto a propuesta artística, a no ser por el detalle de que eran pinturas y esculturas de senderistas en cárcel, detalle del que tampoco nadie hablaba.
Ver a Urresti me hace pensar en una verdad ahora implícita: la guerra contra Sendero está muy bien ganada en las armas. No hay que cuestionar esa verdad. Pero lo que han olvidado militares como Urresti, es que la guerra en el discurso no está del todo desarrollada. El discurso de Sendero es endeble, tiene grietas que no se aprovechan. No se aprovechan esas grietas por ignorancia, porque se cree que la ley del caballazo es la que va a imperar. Hay que tener cuidado con la ley del caballazo, que no sirve de nada en cuestiones de discursos, la ley del caballazo hace ver como “pobrecitos” a los que no lo son.
Yo, si tuviera el cargo de Urresti, voy a la exposición, callado nomás, sin tanta alharaca y compro mi rifa si es que me interesa alguna pintura. Y me quito riéndome.
Solo espero no encontrar un contingente policial cuando vaya a ganarme mi pintura, porque voy a la fija, a ganarme la pintura que quiero pegar en la pared de mi habitación. Pero si encuentro un contingente policial, contingente que bien podría ser más útil en la lucha contra la delincuencia, por ejemplo, no tendré la más mínima duda de que Urresti se habrá coronado de esforzado promotor cultural.


211

Me levanté tarde y seguía con sueño. No sé cuántos sueños profundos he tenido a lo largo del día. Si en caso me hubiera llegado la hora, creo que habría muerto feliz, porque he comido muy bien, demasiado bien, y eso que no suelo comer más de la cuenta en estos días festivos. 
Entre cada despertada, despertada que era insuficiente para levantarme y hacer lo que la gente normal hace, aprovechaba en leer y releer algunos libros para luego entregarme al sueño. Cerca de las cinco de la tarde, saqué a pasear a Lucas, un pequeño perro que no le tiene miedo a nada, según he podido constatar cada vez que he tenido la oportunidad de sacarlo a pasear. Mientras Lucas y yo recorríamos el barrio, recorrido que hizo que tensara más la correa, hecho que me sorprendía puesto que pese a su pequeñez el perro tenía una fuerza que sobrepasaba a la media de la fuerza de otros perros de su tamaño, me ponía a pensar en el recuento literario que empecé a escribir ayer y que, contra mi pronóstico, me está saliendo más largo de lo que pensaba. Tampoco dejó de extrañarme la sensación de contrariedad. Hasta minutos antes de abrir el archivo en Word en donde escribiría, tenía la más absoluta convicción de no hacer un recuento literario, algo que muy bien podría tomarse como una injusticia, tratándose pues de un año muy generoso para la narrativa peruana. Hemos tenido no solo títulos interesantes, sino de los buenos, de esos que candidatean en quedarse en la memoria del lector de turno. 
Lucas se fijó en una perra. 
Lucas se emocionó. 
Lucas movía la cola como nunca antes lo había hecho. 
La experiencia me ha enseñado a no combatir la arrechura de los animales. Suficiente experiencia tengo con los que me hizo Nesho, mi gato, hace muchos años. Atentar contra su furia hormonal bien me costó unas cicatrices en el brazo derecho. En base a esa experiencia, decidí que Lucas haga con la perra lo que venga en gana. Así es que dejé de tensar la correa y dejé que el perro disfrute de su arrechura y ayudarlo con mi pensada indiferencia en la consumación que anhelaba. 
La perra era demasiado grande para el enano Lucas. Sabiendo del riesgo que corría al sacarle la correa, me arriesgué a hacerlo. Le saqué la correa. Debía estar atento, porque Lucas es nervioso y se pone a correr, sin escuchar la voz fuerte de quien lo llama. 
Prendí un cigarro y compré de milagro una botella de agua mineral sin gas. Comprar la botella fue un milagro, la compré en la única tienda abierta de todo el barrio, quizá en la única tienda abierta en todo el distrito. Lamenté no haber traído conmigo algún libro que leer, quizá el de Carla Cordua, o el de Michon que estoy repicando, o el novelón Los hijos del orden de Urteaga Cabrera. Como sea, tuve que inventarme alguna actividad inmediata. Si Lucas se ponía nervioso, quería que no fuera por mi causa, que no se sintiera observado en su acto de seducción y conquista al paso.

miércoles, diciembre 24, 2014



martes, diciembre 23, 2014

210


Abro la librería y la vuelvo a cerrar. Necesito tomar un poco de aire, ver los buses del corredor azul me deprimen. Mientras venía al centro veía las largas colas y los buses llenos. Si tuviera que convocar a una marcha, haría una contra esos buses pintados, que no son más que latigazos emocionales contra los ciudadanos que menos tienen.
Camino a la Plaza San Martín, quiero ver qué ha quedado de la marcha de ayer. Una amiga, que vive cerca de la plaza, me dijo que durmió feliz, oliendo a bomba lacrimógena, con el ruido de los petardos. Y le parece bien dormir así de vez en cuando, “los jóvenes no deben callar cuando se les viola sus derechos, menos cuando se les dice cómo es que deben protestar”, me dijo en un mail.
Mientras llego a la plaza, el aroma a maravilla verde cala en mis huesos. También los suaves olores del licor. Pienso en amigos y conocidos que seguramente marcharon ayer. Pienso también en las fotos que subirán a sus respectivas cuentas de Facebook. Y está bien que eso pase, me digo, porque si algo le faltaba a esta nueva juventud, que no vivió la dictadura de Fujimori, era un desahuevamiento colectivo en supuestas épocas de prosperidad.
Prendo un pucho y me quedo mirando la plaza. La recorro, camino muy despacio. Parezco un inspector a la búsqueda de pruebas que confirmen el delito. Y en mi fugaz búsqueda encuentro muchas pruebas, que me ponen contento, porque no solo hubo indignación, sino también un ánimo festivo que justifica y legitima estas movilizaciones.
Decido regresar a la librería, para abrirla sin abrir. Me doy cuenta de que tengo el celular apagado. Lo prendo. Tengo algunas llamadas perdidas, un par de mensajes, tres mensajes de voz. Estoy a nada de responder las llamadas y los mensajes. Pero no. No quiero alterar la tranquilidad de la mañana de cielo gris, que es lo que más me gusta, lo que me consuela de la insoportable humedad del centro.
Craso error.
Empiezo a recibir llamadas y no sé si contestar porque desde que cambié de número solo he grabado los números de gente muy cercana a mí. Uno de esos números es insistente. La memoria del cel me indica que ha llamado más de diecisiete veces. Entonces respondo.
Se trata de Joseph, un buen amigo pintor.
Joseph me pregunta si haré mi recuento literario del año.
Y es verdad, todo el mundo está haciendo su recuento literario, un año literario que podríamos calificar de positivo, tal y como indiqué en algún post anterior. Sin embargo, quiero tomarme un tiempo, procesar bien la impresión, no caer en involuntarias injusticias valorativas, ni en excesos. Quiero enfriar el entusiasmo que me generan los buenos libros que han publicado mis amigos. Alejarme en el discurso del posible amiguismo. Bueno, esto es lo que pienso en principio, quizá en algunas horas me raye y decida no hacer recuento literario alguno y me dedique solo a seguir leyendo y, por supuesto, comentando libros cuando las ganas me lo permitan.



209


Ayer en la tarde caminaba por la Bolsa de Valores, el sol lo sentía en el rostro y me encontraba medio atontado, ido, distraído, desconectado, detalles que me hacen vulnerables. Solo debía comprar mi antídoto: una botella de agua mineral San Antonio, sin gas.
Compré mi botella. En lugar de regresar a la librería por el camino habitual, lo hice por Carabaya. A medida que avanzaba me topaba con un creciente número de policías, más sus respectivos juguetes: portatropas, patrulleros, camionetas y cientos de motos.
La presencia de los efectivos del orden no era gratuita. Miraba sus rostros y uno no podía pensar en otra cosa que no fuera el cuidado. Cómo no tenerlo, si horas antes el ministro Urresti había advertido a razón de la marcha juvenil contra la nueva ley laboral, la injerencia solapada de simpatizantes de Sendero.
No me sorprende. No debería sorprender estas clases de jugarretas de un sujeto, sospechoso de asesinato, colocado como ministro del Interior por otro sujeto, sospechoso también de asesinato y que se las da de presidente. Jugarretas de sucios, por decir algo. La jugada era cantada: meter toda la alerta de peligro posible para así reaccionar como esperaban reaccionar, llevar a toda costa otro gol de Urresti.
Uno no puede dejar de preguntarse lo tácito: ¿acaso no tenemos problemas de seguridad ciudadana mayores a los que estar alertas en una manifestación juvenil? Para perseguir a ambulantes, a jóvenes que en su derecho protestan, sobran los efectivos. Pero para cuidar las empresas de construcción chantajeadas por mafias, para resguardar a los ciudadanos de la delincuencia común, para detener a los personajes incómodos para el gobierno, para eso, que en realidad importa, el despliegue policial es nulo, de risa, de hueveo disfrazado de eficiencia.
Hasta los mismos policías se aburrían. Se sabían tontos útiles. Como son subalternos, no pueden cuestionar el mandato de Urresti, hay que obedecer nomás, seguir para adelante, cuidar a estos chibolos que se las quieren dar de rebeldes ahora que están de vacaciones.
En mucho tiempo no veía una manifestación como la de hace unas horas. Miles de jóvenes. Hay que protestar y ambas opciones para hacerlo ahora son válidas: o por tus convicciones o por tus bolsillos.

lunes, diciembre 22, 2014



sábado, diciembre 20, 2014

208


Me gusta que los más jóvenes que uno no se dejen meter la mano y salgan a protestar, tal y como lo hicieron horas atrás miles de jóvenes en contra de esa idiotez de la nueva ley laboral. Ver manifestaciones como esta me hace pensar en que no tenemos los jóvenes que parece que tenemos, sino que aún existe la capacidad de crítica que nos permita salir a las calles y expresar desazón e indignación.
Los miraba marchar y protestar desde la cómoda mesa de un café. Leía sin leer, anotando algunas impresiones al vuelo de un artículo que se me estaba pasando y del que me di cuenta que debía avanzar, ponerme al día antes de quedar mal con quienes confiaron en mí. Por eso decidí abandonar algunas horas la librería, sin esperar que vería la manifestación tan cerca, acto que me recordó a las manifestaciones de entre siglos contra la dictadura de Fujimori.
No pude presenciar lo que me hubiese gustado presenciar, pero con lo visto, antes, durante y después, tengo una idea clara de lo que es este gobierno y su congreso, la mierda absoluta, la corrupción en su estado más putrefacto. Bien harían todos aquellos que apoyaron a este gobierno en quedarse callados de por vida, si es que algo de decencia tienen ante la muestra de su evidente incoherencia.
Terminé de armar el boceto del artículo. Me sentía tranquilo. No es que escriba bajo el mandato de un mapa. En realidad, estos bocetos son una suerte de guía de la infidelidad, puedo escribir ideas y posibles comienzos, creyendo que en estos quedaría muy bien resguardado de las trampas de la improvisación, improvisación que solo disfruto en el jazz, pero que al momento de escribir, bajo esa seguridad de tener el camino de lo que teclearé, me permito ir por temas y estilos que no tenía pensados.
Claro, algún jodido me dirá que no digo nada nuevo. Obvio, rareza, no estoy diciendo nada nuevo, pero siempre es bueno volver a los caminos que dictan los maestros, darlos a conocer a los potenciales interesados en la escritura, decirles que escribir tiene que ser un acto serio, festivo también, pero ante todo serio.

jueves, diciembre 18, 2014



miércoles, diciembre 17, 2014

207


 

A las ocho y media de la noche de ayer, me encontraba en el parque del triple cruce: Quilca-Wilson-Rufino Torrico.
Prendí un pucho, el primero en cinco horas.
No sabía cuál de las siete opciones elegir para ir a casa. Pensaba en los dos textos que debo entregar en las próximas horas, como la reseña de un libro de Mailer. Pensaba en cómo abordar la reseña, en cómo calibrar mi verdad emocional, en no desbordarme como me desbordo cada vez que comento un libro que me ha gustado mucho.
Caminando en dirección a Quilca, me encuentro con un joven editor, que tres minutos antes había estado en Selecta para dejar el último libro de su sello. No me había encontrado y estaba dirigiéndose a su casa.
Nos saludamos y le pregunté si tenía tiempo, porque no demandaría mucho tiempo que vayamos a Selecta y de esta manera dejarme los cinco ejemplares de su último libro editado.
Regresamos a la librería y nos quedamos conversando un rato.
Es cierto que en las últimas semanas, le he dedicado más de un párrafo ácido a no pocos de los editores peruanos, llamándoles iletrados, carteristas solapas, amantes de la foto histórica, en fin. Pienso en los calificativos y cada vez más estoy seguro de mis palabras, no me arrepiento de lo que digo porque se merecen ese trato, un trato suave, hasta amable, si vemos el asunto en frío.
Sin embargo, así como existen esa clase de editores, también los hay en la otra orilla, que quieren ganar el reconocimiento, cuestión totalmente lícita, pero ganarlo en buena lid, lejos del carterismo solapa, por ejemplo, práctica que en los últimos meses se está volviendo una costumbres entre los que practican el lustrabotismo y el llamado decentismo estratégico.
Presto atención a las palabras del joven editor, analizo sus proyectos y puedo decir que va por buen camino, aunque el camino será difícil; también analizo su catálogo, que poco a poco y a paso firme lo viene reforzando. No lo pienso mucho, converso con un editor que lee y eso me hace sentir bien. Sé que el reconocimiento que merece su sello llegará, no sé si tarde o temprano, pero cuando llegue, cuando la gente se dé cuenta de las cosas que hace, el reconocimiento tendrá el aura de la legitimidad y la credibilidad. Esto no es poca cosa, señores.