sábado, enero 29, 2011

Comienzo de 1Q84

La próxima semana Tusquets publica la traducción de la esperada nueva novela de Haruki Murakami, 1Q84.
Sin duda, estamos ante uno de los más grandes novelistas contemporáneos. Como muchos de ustedes, no dejo de recomendar sus novelas, en especial TOKYO BLUES y CRÓNICA DE PÁJARO QUE DA CUERDA AL MUNDO.
Hace unos días, una persona que acababa de quedar obnubilada con TB, me llamó al cel para decirme que a Murakami le deben otorgar el Nobel de Literatura. “No seas graciosa”, le dije. Lo que pasa es que hay cinco escritores que se lo merecen antes que él. Y estoy seguro de que mi fugaz comentario no le gustó. No me sorprendería, la prosa del japonés es tan adictiva, tan sugerente, tan digna de un Thomas Mann pop, que terminas siendo ante todo un hincha acérrimo.
En El Cultural.es puede leerse aquí una entrevista a Murakami y aquí el comienzo de esta novela que más de uno en Lima leerá con ansias, cuando llegue.


AOMAME No se deje engañar por las apariencias La radio del taxi retransmitía un programa de música clásica por FM. Sonaba la Sinfonietta de Janácek. En medio de un atasco, no podía decirse que fuera lo más apropiado para escuchar. El taxista no parecía prestar demasiada atención a la música. Aquel hombre de mediana edad simplemente observaba con la boca cerrada la interminable fila de coches que se extendía ante él, como un pescador veterano que, erguido en la proa, lee la aciaga línea de convergencia de las corrientes marinas. Aomame, bien recostada en el asiento trasero, escuchaba la música con los ojos entornados. [...]
Aomame había tomado el taxi cerca de Kinuta y, en Yoga, se habían metido en la Ruta 3 de la autopista metropolitana. Al principio, el vehículo circulaba con soltura; pero, antes de llegar a Sangenjaya, de repente se formó un atascó, y poco después casi no podían ni moverse. En el carril contrario, el tráfico circulaba con normalidad. Su carril era el único que sufría un atasco calamitoso. Normalmente, las tres de la tarde pasadas no solía ser la franja horaria en la que aquel carril de la Ruta 3 se atascaba. Por eso le había indicado al conductor que tomara la metropolitana.
-El precio no va a aumentar porque estemos en la metropolitana -le dijo el conductor, mirando por el espejo-. Así que no hace falta que se preocupe por el dinero. Sin embargo, señorita, supongo que le supondría un problema llegar tarde a la cita, ¿no?
-Claro que sí, pero antes me ha dicho que no se podía hacer nada, ¿verdad?
El conductor miró de soslayo la cara de Aomame por el espejo retrovisor. Llevaba unas gafas de sol de tono claro. Debido a la luz, no podía atisbarse su semblante.
-Oiga, no es que no haya absolutamente ningún modo. Existe un recurso de emergencia un poco forzado, pero podría ir hasta Shinjuku en tren.
-¿Un recurso de emergencia?
-No precisamente a la vista de todo el mundo.
Aomame, sin decir nada y con los ojos entrecerrados, esperó a que el señor hablara.
-Mire, ahí hay un espacio al que podría arrimar el coche -explicó el conductor, señalando hacia delante-. Donde está el panel grande de Esso.
Aomame fijó la vista y vio un espacio de estacionamiento en caso de accidente a la izquierda del segundo carril. Como en la metropolitana no hay arcenes, en ciertos sitios habían habilitado lugares de evacuación para emergencias. Tenían una cabina amarilla con un telé fono de emergencia desde el cual se podía contactar con la administración de autopistas. En aquel momento no había allí ningún coche parado. En el tejado del edificio que separaba aquel carril del carril contrario había un enorme panel publicitario de la compañía petrolera Esso. Consistía en un sonriente tigre que tenía en la mano la manguera de un surtidor de gasolina.
-El asunto es que ahí hay unas escaleras para bajar al nivel del suelo. En caso de incendio o de un gran terremoto, el conductor puede abandonar el coche y descender por ahí. Normalmente, la utilizan los obreros de mantenimiento de carreteras. Tras bajar por esas escaleras, hay una estación de la red Tokyu cerca. Si coge un tren, llegará enseguida a Shinjuku.
-No sabía que hubiera escaleras de emergencia en la metropolitana.
-Por lo general, nadie lo sabe.
TENGO
Una idea un tanto diferente
El primer recuerdo de Tengo era de cuando tenía un año y medio. Su madre se había quitado la blusa, había desanudado el lazo de la combinación blanca y daba el pecho a un hombre que no era su padre.
Un bebé yacía en una cuna; probablemente fuera Tengo. Él se veía a sí mismo en tercera persona. Aunque quizá fuera su hermano gemelo... No, no lo era. Aquél debía de ser el propio Tengo, con un año y medio de edad. Lo sabía por intuición. El bebé estaba dormido, con los ojos cerrados, y podía oírse débilmente cómo respiraba. Para Tengo, aquél era el primer recuerdo de su vida. Aquella escena de apenas diez segundos había quedado grabada con nitidez en las paredes de su mente. No había antes ni después. El recuerdo estaba completamente solo, aislado, como un pináculo en una ciudad anegada por una gran riada, cuya cabeza asoma por encima de la superficie turbia del agua. Cada vez que se le presentaba la oportunidad, Tengo preguntaba a las personas que lo rodeaban qué edad tenían en el primer recuerdo de sus vidas. La mayoría, cuatro o cinco años. Como muy pronto, tres años. Nadie solía recordar cosas de una edad más temprana. Era como si un niño debiera tener al menos tres años para poder presenciar y comprender, con cierta lógica, las situaciones que ocurrían a su alrededor.
En fases previas, todo se reflejaba como un caos incomprensible. El mundo era cenagoso como una papilla diluida, carecía de armazón y resultaba elusivo. Se escapaba por la ventana sin llegar a constituir un recuerdo en el cerebro.
Por supuesto, un lactante de un año y medio de edad no puede juzgar qué significa el hecho de que un hombre que no es su padre chupe los pezones de su madre. Eso es evidente. Por lo tanto, si aquel recuerdo de Tengo fuera verdadero, la escena se le habría quedado grabada en la retina tal y como la vio, sin ser enjuiciada. Igual que una cámara que graba mecánicamente los cuerpos en la cinta de celuloide, amalgamando luz y sombra. Y a medida que la mente se desarrolla van analizándose paulatinamente las imágenes reservadas y fijadas y se les da un sentido. Pero ¿podría haber sucedido aquello en la realidad? ¿Es posible que tal imagen se almacene en el cerebro de un lactante? [...]

"Atormento a mis personajes"

En Revista Ñ encuentro una más que interesante entrevista de Horacio Bilbao al extraordinario narrador irlandés John Connolly. “Atormento a mis personajes.”
Imagino que para algunos puristas de la literatura, Connolly debería ser considerado un autor menor, esa parece ser la maldición de los que venden mucho.
Los que quieran leerlo, pueden encontrar –con un poco de paciencia- en las librerías limeñas su novela TODO LO QUE MUERE.


Tratándose de un irlandés, católico, y de un referente de la novela negra con componentes sobrenaturales, es extraño que a John Connolly lo sorprenda la cerveza argentina. Incluso a sabiendas de que su inspector Charlie Parker es casi un bebedor empedernido. “Es un monstruo”, dijo sobre el envase de litro que acostumbramos a destapar acá. Y agregó que en adelante sólo beberá vino en Buenos Aires. Vino, acompañando toda la carne posible. Afable y reflexivo, habló con Ñ sobre sus novelas de misterio, que son un éxito de ventas. Y dijo que prefiere llamarlas así “porque me amplía el panorama y puedo incluir los temas sobrenaturales”.
En relación a la inclusión de lo sobrenatural, ¿cuál es el límite para ser creíble? Es una pregunta de un millón de dólares. Depende del lector. Algunos encontrarán que en mis libros lo sobrenatural hace sombra, pero para otros cualquier pizca de condimento sobrenatural es demasiado. Soy muy consciente de no sobrecargar los libros. El padre Ronald Knoxs, en los comienzos del siglo XX, formuló las siete leyes de la literatura policial. Una de ellas era no a los fantasmas. Los fantasmas no pueden cometer crímenes. Pero también decía que no podía haber chinos. Esas reglas no son aplicables hoy, pero entonces las raíces de la novela negra, sus normas, estaban basadas en el racionalismo. Lo sobrenatural era todo lo que un policial no era. En cambio, yo lo veo como si fuera otra faceta de la novela negra.
¿Qué dice cuando lo comparan con Stephen King? Es inevitable. Los dos escribimos sobre Maine y hemos convertido ese lugar en un mito. Hay poco de lo sobrenatural en lo mío y mucho en lo de él, pero sospecho que él influyó en mi escritura. Creo que está subestimado por el género al que se dedica, y porque es muy prolífico. Parece que mientras más produces menos valor tiene tu trabajo.
¿Le preocupa el prestigio que la crítica les otorga a los autores de policiales? Es una vieja discusión, no sólo referida a los autores de novela negra sino a cualquier literatura popular. Los autores populares siempre han querido que la crítica los reconozca y los más literarios han querido tener las ventas de los populares. Y eso es incompatible. Pero los autores de novela negra hemos ganado mucha consideración, ya no vivimos en un ghetto. Estamos en un lugar muy afortunado, así que es hora de no quejarse más.
Como autores prolíficos, generadores de series, sagas, necesariamente repiten estructuras narrativas y personajes, ¿cómo maneja esa situación para no aburrir al lector? Lo curioso es que los lectores no quieren ser sorprendidos. A la larga buscan lo mismo, contado de manera diferente. Tal vez el impulso del escritor sea distinto al del lector. Mi solución es hacer que cada libro sea bien diferente del anterior, estructural o temáticamente. Y la otra forma es crear una historia general y de fondo, que subyace a todas estas novelas. Pueden leer la quinta novela y disfrutarla, pero si han leído las otras cuatro tendrán un panorama general mucho más rico.
Ese panorama es la vida de Charlie Parker. Una vida muy cruel, ya que perdió a sus padres, a su mujer y a su hija… Yo he sido muy cruel con él. Yo soy su dios.
¿Cree realmente que alguien puede salir airoso de semejantes catástrofes? El lector espera que salga. Parker ha sido dañado pero no está muerto. Los lectores pretenden que el personaje de la novela sea más fuerte de lo que ellos serían. Física, emocional e intelectualmente. No es Superman, tiene fragilidades que destruirían a otro ser humano, y lo equilibro con cualidades que le permiten sobreponerse a las calamidades. Parker es muy humano y lleva dentro la fuerza que muchos desearíamos tener. Y esa fuerza viene de estas terribles circunstancias. Hay algo interesante en el sufrimiento, que no está en la felicidad. Los autores de novela negra somos culpables de atormentar a nuestros personajes centrales. Hay algo de sadismo en eso.
Pero es un sadismo que usted balancea con su mirada espiritual de la vida… Espero que en mis novelas Parker vaya hacia la redención. Esto sucede mucho en la novela negra, particularmente en las escritas por autores católicos. Los conceptos de redención, perdón o salvación están siempre presentes.
Además de Parker, hay dos personajes intrigantes, Theo y Angel, ambos violentos y homosexuales.
Excepto en Japón.
¿Perdón? Sí, en Japón les quitaron todas las referencias a que fueran homosexuales. Los convirtieron en dos muy buenos amigos que viven juntos.
¿Cómo sucedió? La traducción lo modificó por nuestras diferencias culturales. Y no hay ningún tipo de control sobre esto, no hay manera de saberlo hasta que sucede. Es muy curioso.
Parece no molestarle, ¿cómo hizo frente a esta situación? Ya era demasiado tarde cuando me enteré de que esos personajes ya no son gays. Pero es una buena pregunta, porque una buena traducción no se hace de manera directa. El acto de traducir es creativo, y los mejores traductores tienden a hacerlo, son escritores muy raros, sin esos egos enormes, hay que tener muy poco ego para utilizar tus dones y beneficiar a otro.
Desde el primer libro de la serie, “Todas las cosas muertas”, hasta el último recibido aquí, los niveles de violencia explícita han ido decreciendo, ¿por qué? Cuando escribí Todas las cosas muertas , quise que los lectores entendieran cómo un hombre puede ser dañado tanto. Así que el prólogo es demasiado violento. Hubo lectores que no pudieron superarlo, que no pasaron de allí. Hoy sería mucho más sutil. Es muy fácil usar la violencia como motor para que las novelas marchen. Me preocupo entonces por mantener al lector interesado en el argumento y busco que, cuando la violencia aparece, sea un shock. Pero si hay menos violencia es porque espero estar convirtiéndome en un mejor escritor. Sin embargo, muchos de mis lectores dicen que Todas las cosas muertas es mi mejor libro. Entonces debería pensar que malgasté mis últimos diez años.
¿Cuál es su mejor libro? Yo creo que El libro de las cosas perdidas es mi mejor libro, porque es una novela muy personal. Dentro de la novela negra, creo que Los atormentados es un buen libro, allí me planteo un desafío: tocar el tema del abuso infantil sin que haya un solo caso de abuso infantil en sus páginas. Y el otro es Los amantes , pues hay en esta novela un truco, y todo lo que sucede en el libro ya sucedió en el comienzo del libro. Y gran parte de él son personas contándose las cosas que han sucedido.
¿Hay algo personal en el personaje de Wallace, el periodista que se volvió insensible de tanto practicar su oficio? En el caso de Wallace tengo muchos conocidos que han pasado por esa situación. Y en muchos universos paralelos tal vez yo sea él. Se hace las preguntas que a veces yo me hago. Por ejemplo, si debiera incluir o no elementos sobrenaturales en sus libros. Ese personaje es muy importante, porque es la primera persona que ve y sabe lo que Parker ve.
Ya hay dos libros más sobre la serie Parker, ¿que puede decirnos de “The Whispers”? No es un libro que contribuya a la mitología personal de Parker. En realidad, Los amantes trataba tanto de él, que en este libro lo volví casi un personaje periférico. Este es un libro sobre los efectos de la posguerra. Y el libro que estoy escribiendo ahora, después de terminar un cuento para niños, es un libro que se destaca por su no violencia. Es muy íntimo, está ubicado en una comunidad muy aislada, sobre un hombre que cuando era adolescente mató a una chica con un amigo. Y todo el efecto posterior de ese acto. La historia está guiada por una pregunta: ¿Qué es lo peor que has hecho?

Jonathan Franzen - FREEDOM

viernes, enero 28, 2011

Taller de cine: DE BOGDANOVICH A SCORSESE. LA GENERACIÓN QUE REVOLUCIONÓ HOLLYWOOD

Tomado de aquí

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DE BOGDANOVICH A SCORSESE. LA GENERACIÓN QUE REVOLUCIONÓ HOLLYWOOD

Por LENY FERNÁNDEZ
(Crítica y redactora principal de la revista godard!)

En tiempos hostiles debido a la guerra de Vietnam, y a la profunda crisis económica y social que atravesaba un EE.UU convulsionado, además, por escándalos políticos (Watergate), surgieron cineastas que apostaron por expresar el sentir de su desencantada sociedad, así como una modernidad cinematográfica que atrajo a un nuevo público a las salas. Martín Scorsese, con Calles peligrosas, o Francis Ford Coppola, con La conversación -por poner unos ejemplos-, apelaron a un nuevo realismo, enérgico y desengañado frente al “sueño americano”, alejado por completo del glamour que caracterizó al Hollywood de antaño. A partir de la película seleccionada, como de sus principales referentes cinematográficos y culturales, el curso se propone brindar una aproximación a esa generación de directores que, hacia finales de los años sesenta, marcó un antes y un después en la Historia del cine estadounidense y mundial.
Las sesiones (6 en total) se llevarán a cabo los martes, de 6.30 a 9.30 p.m., empezando el 08 de febrero. El taller está dirigido a público en general. Vacantes limitadas.
1era sesión: Peter Bogdanovich y La última película (1971)
2da sesión: Brian De Palma y Hermanas diabólicas (1973)
3era sesión: Francis Ford Coppola y La conversación (1974)
4ta sesión: Martín Scorsese y Taxi Driver (1976)
5ta sesión: Paul Schrader y Blue collar (1978)
6ta sesión: Woody Allen y Manhattan (1979)

Para informes y matrículas, comunicarse al 999-555-262 o al e-mail: cursos.godard@gmail.com

Blog de Sebastián Pimentel: Días de una cámara

Recomiendo a los lectores el blog Días de una cámara, del conocido crítico de cine Sebastián Pimentel.
Como saben, Pimentel es también uno de los directores de la revista Godard! y autor del libro IMAGEN Y MUNDO. Sobre esta publicación le hice una entrevista hace un tiempo, si gustan la pueden ver aquí.
Reviso sus posts y paso a reproducir el texto sobre una obra maestra de Ingmar Bergman, TRAS EL ENSAYO.

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Luego de Fanny y Alexander (1982), Bergman solo hará largometrajes para la televisión, la mayoría de los cuales comparten motivos como los del teatro, el cine primitivo, la representación y el fracaso de la misma, o los fantasmas y ajustes de cuentas que preceden a un último suspiro. La mayoría de estas cintas usan un par de escenarios -siempre interiores- y giran en torno a duelos recriminatorios entre dos personajes. En este caso, de trata de un viejo director (Erland Josephson) y su actriz (Lena Olin), la joven hija de un antiguo amor (Ingrid Thulin).
El tono melancólico está menguado por una comunicación violenta, y eléctrica, que recorre las tablas donde el dramaturgo piensa, recuerda, y discute. La voz en off interrumpe los diálogos en curso, y muestra la otra cara -la interior- del hombre, en un juego que revela al personaje a través de sus discursos diferidos, sus opacidades -el rostro también es máscara, centro de observación que obstaculiza algo que no se puede decir, mostrar- o fracturas que hay entre lo que contiene y libera. El director reflexiona con amargura, y resiste ante los embates de la actriz. Pero los momentos más intensos se los lleva el enfrentamiento con la madre de la joven, quien irrumpe como un fantasma que seduce, se derrumba, explota con ataques de histeria. Ella pretende sacar al artista de su indiferencia a través de chantajes, manipulaciones, y esfuerzos tan desesperados como inútiles. En el fondo, las dos mujeres son la misma, y el hombre sigue siendo la figura dominante que parece permanecer como espectador, como demiurgo de la representación, pero signado por una profunda amargura y decepción.
Bergman vuelve con agresividad sobre materias que disecciona con destreza: el tormento de las relaciones familiares o conyugales que regresan como deudas inevitables o enigmas fatales, por un lado; y, por el otro, la cadena ontológica que empieza en los roles sociales, continúa en la representación de los mismos -extraña sublimación y disolución de papeles que logra la puesta en escena o la teatralización cotidiana-, y termina en el enmudecimiento, en el límite de un rostro que lleva hacia la mudez, a la expresión discursiva o interior. Tras el ensayo es una obra maestra de gran intensidad y complejidad, hecha en un solo escenario y en un solo acto. (Versión modificada del texto publicado en Godard! Nº 14, diciembre 2007)

jueves, enero 27, 2011

La Gran (Inmensa) Novela Judeoamericana

En Radar Libros doy con un texto de Rodrigo Fresán, La Gran (Inmensa) Novela Judeoamericana, a razón de la novela THE INSTRUCTIONS de Adam Levin.
No es, como podría pensarse, una reseña. Fresán lo advierte, aún no acaba esta novela de más de 1000 páginas.
Recomendable.

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Lo que sigue no es exactamente una reseña y me pregunto si es lícito escribir sobre un libro del que apenas se ha leído un 10 por ciento de su contenido. Me atrevo a afirmar que la respuesta es sí si el libro en cuestión supera las 1000 páginas y difícilmente se termine de leerlo pronto. Porque The Instructions –la idea posmodernista de una novela decimonónica– es uno de esos libros que exigen a quien lo sostiene irse a vivir ahí adentro. Y muy atrás han quedado los tiempos en los que quien firma estas líneas podía darse el lujo de meterse en un libro de otro full time. Porque ya ni siquiera se dispone de tiempo para meterse a fondo en el propio libro, me temo. Aunque moriremos intentándolo.
EL CONTUNDENTE OBJETO DEL DESEO
Por lo que cabe pensar de dónde ha sacado Adam Levin –autor de The Instructions, título franzeniano para algo que, por fortuna, nada tiene que ver con Franzen– para poder encarar semejante empresa. Y por “semejante empresa” me refiero al desafío de debutar –luego de haber publicado unos cuantos relatos en revistas de prestigio y haberse alzado con un puñado de galardones de esos que llaman la atención de todo joven agente literario y de todo aún más joven editor– con una novela que se propone no sólo fagocitar buena parte de lo que se entiende como Canon Literario Judío Made in USA (a saber, Isaac Bashevis Singer, Henry Roth, Saul Bellow, Bernard Malamud, Philip Roth) para enseguida ascender a lo más alto y aplastar a más o menos recién llegados al asunto como David Bezmozgis, Nathan Englander y, más lateralmente, Michael Chabon y Jonathan Lethem. Y cómo conseguirlo. Fácil de decir pero difícil de hacer. Una pista: seis palabras. Tres para el título y tres para el autor. Es sencillo. Una ayuda: pensar tamaño + saga familiar + héroe disfuncional. Y sí: La broma infinita y David Foster Wallace y vieron que no era difícil.
EL OTRO FANTASMA
Y si bien David Foster Wallace es el fantasma que flota –en lo formal, en su mecánica, en sus notas al pie, en su obsesión microscópica hasta por el más mínimo y absurdo y decisivo detalle– tal vez quien más lo marque en lo argumental sea el fantasma hebreo que -–sin haber hecho de lo judaico su razón de ser o de no ser– acaso sea el más influyente de todos: Jerome David Salinger como “Holy Ghost” y ADN indiscutible en otros dos libros a los que tanto marcó El guardián entre el centeno. A saber: El octavo samurai de Helen DeWitt y el Oscar Wao de Junto Díaz.
Porque –atención– de esto es de lo que trata The Instructions: de cuatro días en la vida de un psicótico y políglota y musculoso estudiante de diez años de nombre Gurion ben-Judah Maccabee quien, además de considerarse un guerrero y un académico, tal vez sea, también, nada más y nada menos que el mesías que el pueblo judío lleva esperando casi un par de milenios. Gurion ben-Judah Maccabee –habitante de los suburbios de Chicago y quien ya fuera expulsado de varios establecimientos educativos por problemas de conducta y ahora aterrizado en el instituto para alumnos problemáticos Aptakisic Junior High alias “La Jaula” bajo el control del tiránico australiano Mr. Victor Botha– comprende que está llamado a hacer (o a deshacer) grandes cosas cuando conoce a su musa, la bella y gentilmente goyische y pelirroja Eliza June Watermark, y un puñado de compañeritos apostólicos decide seguirlo en la prédica que (no llegué aún, está claro) será conocido como los fatídicos eventos à la Columbine del 17 de noviembre o La Guerra Guriónica mientras el teen-idol de nombre Boystar decide que “La Jaula” es el sitio perfecto para rodar su nuevo videoclip. Y, ah, me olvidaba: el padre de Gurion es un abogado judío encargado de la defensa de un neonazi y su abnegada madre es una ex agente del Mossad. Y, sí, lo de más arriba. De entrada –y puede considerarse que aún estoy allí, mirando hacia el fondo insondable de la novela– un inequívoco perfume al Hapworth 16, 1924. Aquel largo informe epistolar con el que Salinger (y el pequeño genio Seymour Glass) se despidieron de nosotros para –de no haber noticias y parece no haberlas– por los siglos de los siglos y, sí, en un momento, alguien increpa a Gurion con un “Mira a Holden Caulfield, no querrías acabar como él, ¿verdad?”.
Yo creo que sí.
CAIN Y ABEL
Y está claro que Adam Levin es el sabor del momento y que sabe cómo llamar la atención ya desde esos apellidos pynchonianos de sus personajes y su forma de deslizar ideas claramente bellowiana y su por momentos ritmo de stand-up comedy sobre la NADA estilo Jerry Seinfeld y el modo en que es inteligentemente blasfemo como Roth quien, me entero, hasta tiene un cameo en The Instructions. Levin quiere todo y se nota y eso no cae muy bien. Caso a destacar ha sido la fulminante reseña que el suplemento de The New York Times dedicó a The Instructions. Y yo pensaba que los editores del suplemento de libros de tan prestigioso periódico cuidaban un poco más el detalle y no dejaban pasar comportamientos semejantes; pero lo cierto es que alguien de la redacción tuvo la buena-mala idea de encomendarle la reseña a un tal Joshua Cohen. Y sépanlo: Cohen supo ser alguna vez el sabor del momento, ha publicado varios libros en editoriales respetables pero pequeñas y un par de meses antes de la salida del monstruo de Levin publicó su propia Gran Novela Judeoamericana titulada Witz y versando –distópica y entrópicamente– sobre los sufrimientos del último y mesiánico niño judío sobreviviente a una plaga que sólo ataca a los judíos. En Time, Cohen definió humildemente a lo suyo como “la última novela judía de todos los tiempos”.
Y, sí, Witz tiene apenas 800 páginas y es un poco atractivo paperback de la Dalkey Archive mientras que Levin no sólo la tiene más grande sino que su hardback –tres portadas de colores diferentes, a mí me tocó la de fondo blanco con incrustaciones doradas– sale en la mucho más cool y exquisita McSweeney’s comandada por el gran entrepreneur David Eggers. Así que Cohen arranca rezumando bilis con un “¿Quién mejor para reseñar una novela judía de mil páginas que salió en otoño que el autor de una novela judía de 800 páginas que salió en primavera?”. Y añade: “Dentro de este espíritu considérense a nuestros libros como la novela judía que nunca empezarás a leer y la novela judía que nunca terminarás de leer”. Y a continuación -–eso no se hace– habla bien de Witz y muy pero muy mal de The Instructions.
EN RESUMEN
Mucho más equilibrado es lo que hace Douglas Wolk, autor del muy recomendable Reading Comics y crítico de Bookforum –esa más que atendible versión cool de The New York Revie of Books– cuando señala la compulsión de Levin por valerse de todo recurso: documento en doble traducción (The Instructions, se supone, es algo así como la auto-biblia de Gurion traducido del inglés al hebreo y otra vez al inglés y analizado en plan Pálido fuego), los inserts de e-mails, el análisis de canciones de los Fugees, juegos tipográficos, aforística que recuerda a Vonnegut, relatos dentro de la novela, guiños a Harry Potter y a Animal House y a Animal Farm, etc. Como si Levin pensara que esta es su única oportunidad y que tiene que jugársela al todo o nada. Y, teniendo en cuenta el panorama editorial, tal vez no esté tan errado y haya preferido primero gritar fuerte y marcar su territorio en el patio de recreo para, una vez reconocido, dedicarse a susurrar. Wolk concluye que dentro de The Instructions seguramente hay una muy buena novela de unas trescientos páginas pero concede que, también, funciona como inmejorable e irresistible propaganda para el resto de la carrera de Levin. El mañana –o las próximas horas– le pertenecen a Levin, mal que le pese al pesado de Cohen.
THE END
Por la reseña de Wolk, me entero –¿llegaré algún día allí?– que The Instructions concluye con una coda donde se admite la imposibilidad de cerrar todas las puertas que se abrieron y atar todos los cables sueltos.
En las últimas líneas de The Instructions –imposible resistir la tentación de espiarlas– se lee: “Habrá más daños, soy el final de los judíos, y el Templo jamás descenderá desde los cielos. Daño, daño, daño, fin”.
Volvemos a hablarlo quién sabe cuándo.
P.S.: ¿Para cuándo el tan mentado documental sobre Salinger? ¿Para cuándo los supuestos numerosos inéditos de Salinger? ¿Para cuándo el retorno de nuestro verdadero y único Mesías, eh?

El racismo en las familias peruanas

En el colectivo LaMula.Pe encuentro un post, El racismo en las familias peruanas, de Wilfredo Ardito sobre la primera novela de Karina Pacheco, LA VOLUNDTAD DEL MOLLE.
Como toda buena novela, su alcance va más allá de lo literario.

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Si alguna vez fuiste a una fiesta infantil con torta y gelatinas, si alguna vez te dijeron “Te parece” cuando sospechabas que había en tu familia sobrinos, primos o hermanos preferidos o si quieres saber cómo afecta el racismo la vida cotidiana de los peruanos, encontrarás que La Voluntad del Molle, de Karina Pacheco Medrano, es una novela fascinante.
La trama se centra en dos jóvenes cusqueñas de clase media, cuyos padres han fallecido. A través de unas cartas, ellas descubren que en los años setenta, su madre tuvo un enamorado, pero que los padres de ella truncaron brutalmente la relación: el joven era hijo de una campesina, demasiado cholo para ser aceptable. Lo hicieron meter preso injustamente y luego entregaron a su propio nieto a unos campesinos de Chumbivilcas.
Las dos hermanas empiezan a evocar fiestas infantiles, Primeras Comuniones, peleas entre primitos y otros episodios en que sus abuelos y otros parientes y amigos aparecen tratando como pequeños príncipes a los primos de piel más blanca y con distancia a los más oscuros. Nueras y yernos son también tratados de acuerdo a su color de piel.
La novela explora la paradoja, tan peruana, que una misma persona pueda ser tierna y engreidora con sus seres queridos, pero cruel e inhumana con una empleada del hogar o un campesino.
La Voluntad del Molle hace que en cada lector afloren los recuerdos sobre cómo se vivió el racismo en su propia familia:
-Cuando íbamos al Cusco, terminaba peleando con mi hermano más blanco -me confiesa el amigo que me prestó el libro -porque mis abuelos lo engreían tanto, que me hacían sentir envidia y cólera hacia él.
-Mi hermana más blanca era la única que podía decir que una comida no le gustaba. Sabía que a ella siempre mi mamá le podía preparar algo especial –me dice una amiga.
-Era tal la preferencia hacia mi hermano más blanco que sólo me quedaba ser inteligente –declara un futuro abogado.
En todas estas situaciones, es imposible aplicar el argumento frecuente de “no es discriminación racial, sino social”, porque las diferencias se producen dentro del más íntimo entorno familiar. Mientras leía la novela, me ponía a pensar en cuántos peruanos hemos tenido tías o abuelos racistas, así como en cuántos casos nuestros papás quisieron protegernos del racismo o a veces ellos mismos sucumbían a éste, de manera inconsciente. Me pongo a pensar que habrá sido muy difícil de enfrentar un problema que antes ni siquiera se podía nombrar.
La Voluntad del Molle presenta al Cusco como una ciudad profundamente jerarquizada por motivos raciales. Hasta los niños saben que pueden maltratar a un compañero de clases si viene del campo, habla mal el castellano o no vive con sus padres, también una causa de maltrato muy frecuente.
La protagonista observa, además, que muchos cusqueños de rasgos andinos se alegran de contar con un “apellido hispánico al que aferrarse para sobrevivir en el Perú”. En la antigua capital del imperio incaico, todos los personajes parecieran empeñados en ser menos indios. “Mis patas cusqueños se jactaban de tener frente más amplia, porque los indios casi no tienen frente”, concuerda un amigo.
Por eso, cuando la narradora logra encontrar a la familia del primer enamorado de su madre, aparece una dolorosa incomunicación: ella es incapaz de hablar quechua, pese a que ha escuchado ese idioma toda su vida. Muchos cusqueños (o huamanguinos o huaracinos) de clase media viven así, aislados de personas que tienen muy cerca, como si inconscientemente ellos o sus padres hubieran decidido que no valía la pena comunicarse con seres inferiores.
Hacia los últimos capítulos, la novela se hace más débil, porque la autora deja de basarse en el mundo que conoce, para imaginar una serie de crímenes poco realistas, con la entrada en escena algo forzada de Sendero Luminoso y la represión estatal. Puede resultar algo fatalista que varios personajes discriminados se hayan convertido en senderistas… pero al mismo tiempo, deberíamos pensar en cuánto sufrimiento pudo existir detrás de muchos senderistas para que cometieran crímenes tan atroces.
Otra limitación de la novela son algunos pasajes que dejan el estilo literario para volverse casi una reflexión sociológica, como un texto de Nelson Manrique o una RP. Sin embargo, se trata de debilidades menores frente a la profundidad con que Karina Pacheco aborda el racismo, un tema que para muchos literatos peruanos ha sido tabú. Inclusive en las novelas indigenistas, los abusos de los gamonales parecen un problema económico o social, que podría superarse mediante la Reforma Agraria, el desarrollo económico y el impulso a la educación rural.
La Voluntad del Molle muestra cómo el racismo subsiste pese a los cambios sociales y se manifiesta en la vida cotidiana, hasta en el más rutinario lonche con la abuelita…
¿Qué sucedería si más gente se atreviera a dar un testimonio similar?

Palabra habitada. (Recortes de la obra de Óscar Pita Grandi, Paisaje habitado)

PAISAJE HABITADO, de Óscar Pita Grandi, es una de las novelas más interesantes publicadas el año pasado. La ambición del autor en esta su primera creatura queda pues patentizada.
Sobre la novela, encuentro en el blog Verdeopinión un post sobre ella. Palabra habitada. (Recortes de la obra de Óscar Pita Grandi, Paisaje habitado)

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La carátula: «Casi temía que se hundiese ahí, en esa puerta desmayada, hasta desaparecer de pies a cabeza» (página 263).
Desde el inicio de esta maravillosa novela ya se perfila el culto a la palabra, a la musicalidad y a la construcción de retazos poéticos. La urgencia del autor es hacia el lenguaje, la historia parece utilitaria para llevar al lector, pero la fuerza está en las frases, en los detalles, en la armonía.
Dottore, el protagonista, no tiene nombre, se lo llama así por ser abogado, lo lleva a un contexto jerárquico dentro de Ausonia, un componente de la sociedad que justamente busca con desenfreno el significado de las cosas que lo rodean, que lo limitan. Este personaje es también parte de un paisaje habitado, cumple una función, es una pieza, busca una verdad que le es escurridiza y que al final de la obra sorprende el engranaje de los elementos colocados desde el principio. Es un paisaje habitado también el pasado, los antiguos moradores donde creció Ausonia y donde radica el argumento.
Ausonia, que parece extraída de Italia de los años 30, es escurridiza cronológicamente, a pesar que luego la novela sí la sitúa, incluso con fechas, parece enclavada en un lugar al que no pertenece, es una mezcla de tranvías y laptops.
La primera escena, las aves estrellándose en la ventana de Dottore, es similar a Salir a robar caballos (Out stealing horses) de Per Peterson, donde Trond, viejo ya, está echado en su cama y este constante golpe de las aves lo hacen aventurarse hacia el mundo exterior, en cambio, en Paisaje habitado, este suicidio de las aves parece encerrarlo más a Dottore, avisarle de lo hostil de lo exterior, de la violencia, y lo hacen refugiarse en su mirador desde donde puede, sin necesidad de echarse al peligro, observar lo que ocurre. «Me plantaba un momento al pie del ventanal» (página 44).
Hay una pulcritud por el lenguaje que emplea Dottore, una necesidad de dar personalidad a las cosas, tiene una entrega con las objetos, por la soledad que cree padecer y porque llamándolas por el nombre que tienen les devuelve el reconocimiento de la compañía. «Sobre ellas reposaban decoradas servilletas de lino en el mismo tono de la cenefa del mantel,… un vistoso quinqué...».
«Me repetía mientras nos mirábamos como dos buques oxidados» (página 82). A veces las imágenes son tan pulidas que no concretan la urgencia de la historia.
El gran tema de este libro es la soledad. «Había comprobado que la soledad, más que tiempo y velocidad, era espacio» (página 15). El protagonista está en constante e íntima relación con las cosas, porque en su soledad son estas las que cobran un significado contundente ya que el carece de aproximaciones hacia las demás personas, es en realidad un personaje que tiene miedo al contacto, al compromiso, sólo busca lo verdadero y hermoso, sin embargo es consciente de su ominosa dureza. «Mi pequeña selva ha sido liberada» (página 364). Casi al final, Dottore descubre que son los espacios los que lo van dominando, el tiempo y la vida son solo prolongaciones de esta verdad. Los espacios, trastornados por las construcciones son los que le dan estabilidad, pero al mismo tiempo lo cercan lo deforman, son un espejo de su situación. «Si las puertas eran ventanas torturadas (estiradas en un potro inmisericorde, o enterradas al olvido hasta la cintura, por ejemplo) y las ventas eran puertas paralíticas (a las que les había amputado las extremidades inferiores por diversión y no por enfermedad o accidente, por ejemplo), entonces ‘tanto las puertas como las ventanas son esclavas de ruindades, de perniciosas prácticas de arquitectura, de salvajes parcelaciones’»
(página 182).
«Creemos que la soledad nos traerá libertad, soltura, incluso juventud, y por ese camino dirigimos nuestros pasos con una inocencia bastante absurda para un hombre adulto, que ni qué decir para uno viejo, Dottore… Pero una noche recapacitamos en que no hay nadie con quien compartir las satisfacciones. Nadie con quien ensañarse por nuestras torpezas» (página 90).
«Mi vida había sido educada par eso: trazar en secreto y soledad los senderos por donde suele marcharse la gente, y esperar porque alguien regresara a contarme las aventuras que yo me evité vivir. La soledad es un vacío poblado de recuerdos. Ningún recuerdo es vacío. Ninguna soledad se está sola en el recuerdo A fin de cuentas saber mentir es una manera de acercarse a la verdad» (página 348).
Así como en los personajes de Henry James que creen que merecen algo mejor pero que no saben qué es y que confían en el destino para cambiar el curso de su vida, Dottore parece confiar o al menos encontrar un espacio donde su vida podría tener otro significado, o al menos uno, «¿Cuál habría sido el curso de mi vida si no hubiese entrado al salón por mi café? ¿Y si antes el viento no hubiese arrebatado el diario de mi mesa? ¿Y si antes no sme hubiera antojado acomodarme el sombrero?» (página 28). Aquí muestra lo aleatorio del encuentro con Nebbia. Nebbia y el amigo íntimo de Dottore, Tomasso, son personajes que siempre lo acompañan, le ayudan, nunca lo contradicen, aliados.
Otro tema que se toca es el del amor, pero el amor a través de un proceso cognitivo. «Tenía la sensación que el amor era una prueba de resistencia» (página 32). «¿Hasta cuándo se puede amar sin renunciar a la propia felicidad? (página 35). «Ahora sé que el amor es un pequeño territorio estacionario. Una exquisita geografía que no admite certezas, atravesada muy de prisa infinidad de veces y sin reparos, mientras se es joven. Y al arribo del estío, al agotársenos belleza y vitalidad, aquel territorio se torna, inabarcable, seductor e imposible de alcanzar. Como una inquietante pesadilla, surge entonces la fealdad, arrojándonos al centro de la nada, a esperar porque un recuerdo se apiade y nos recoja» (página 48). «He confundido los límites del amor, justamente por conocerlos» (página 117). Existe solo una mención de pertenencia hacia Nebbia, a quien siempre dibuja como una criatura libre casi como una espectro «Las manos de mi mujer» (página 187). Sobre su pequeña hija, Dottore la percibe casi como un ser de luz.
La pérdida está también incluida en la novela, sobre todo la pérdida de la lucidez, ante la vida, pero como un constante crecimiento de los espacios que van recordándole lo rotundo que puede ser la soledad. «Cuando se pierde el deseo del placer, se pierde todo. Por eso, algunos viejos creen enloquecer de tedio cuando en el fondo aquella enajenación no es otra cosa que el agotamiento de la fuerza que nos empuja en busca del placer» (página 57). La ruina es la memoria.
Una negación a la arquitectura y a la construcción porque demanda espacio y por lo tanto empequeñece, hay también un desprecio de Dottore por el pragmatismo que inducen las ciencias, la ingeniería, la medicina. «Lo cierto es irse. Quedarse es ya una mentira, la construcción, paredes que parcelan el espacio sin anularlo» (página 130). El personaje no llega a relacionarse con su entorno más cercano, ni con el tiempo que también rechaza.
Hay alusiones literarias diversas, por ejemplo, esta: lanzó mierda con el ventilador, que era también una de los títulos que Bolaño usaría en vez de Nocturno en Chile, que no fue aceptada por su editor, una novela también sobre la búsqueda.
«Desde entonces me he aficionado a coleccionar amaneceres. Sumaba días, semanas, y después los borraba, los perdía, todos» (páginas 350). Parece que la búsqueda ha terminado y al mismo tiempo es el inicio, antes del muro, antes de Ausonia, esperando por el Telón.
«A fin de cuentas saber mentir es una manera de acercarse a la verdad» (página 323).

miércoles, enero 26, 2011

lunes, enero 24, 2011

La amistad y los libros

Días atrás estuve recorriendo librerías y en algunas de ellas vi la edición de bolsillo de EL OLVIDO QUE SEREMOS de Héctor Abad Faciolince.
Se trata de un libro que recomiendo cada vez que puedo. Desde su publicación, en el 2006, creo, ha tenido la mejor propaganda: la del boca a boca.
Considero que es un texto que todo aquel que se respete como lector debe leer. Y como sé que hay algunos amigos míos que aún muestran indefendibles reparos para acercarse a él, consigno entonces el artículo La amistad y los libros, de Mario Vargas Llosa. Publicado hace casi un año en El País.


Me pasó hace algunos años con Javier Cercas y ahora me acaba de pasar de nuevo con Héctor Abad Faciolince. Cuando leí la extraordinaria novela de aquél, Soldados de Salamina, no sólo me quedó en el cuerpo -bueno, en el espíritu- ese sentimiento de felicidad y gratitud que nos depara siempre la lectura de un hermoso libro, sino, además, una necesidad urgente de conocerlo, estrecharle la mano y agradecérselo en persona. Gracias a Juan Cruz, uno de cuyos méritos es estar inevitablemente donde se lo necesita, no mucho después, en una extraña noche en que Madrid parecía haber quedado desierta y como esperando la aniquilación nuclear, conocí a Cercas, en un restaurante lleno de fantasmas. De inmediato descubrí que la persona era tan magnífica como el escritor y que siempre seríamos amigos.
Me ocurre muy rara vez sentir esa urgencia por conocer personalmente a los autores de los libros que me conmueven o maravillan. Me he llevado ya algunas tremendas decepciones al respecto y, de manera general, pienso que es preferible quedarse con la imagen ideal que uno se hace de los escritores que admira, antes que arriesgarse a cotejarla con la real. Salvo que uno tenga la aplastante sospecha de que vale la pena intentarlo.
Después de leer hace algún tiempo El olvido que seremos, la más apasionante experiencia de lector de mis últimos años, deseé ardientemente que los dioses o el azar me concedieran el privilegio de conocer a Héctor Abad Faciolince para poder decirle de viva voz lo mucho que le debía.
Es muy difícil tratar de sintetizar qué es El olvido que seremos sin traicionarlo, porque, como todas las obras maestras, es muchas cosas a la vez. Decir que se trata de una memoria desgarrada sobre la familia y el padre del autor -que fue asesinado por un sicario- es cierto, pero mezquino e infinitesimal, porque el libro es, también, una sobrecogedora inmersión en el infierno de la violencia política colombiana, en la vida y el alma de la ciudad de Medellín, en los ritos, pequeñeces, intimidades y grandezas de una familia, un testimonio delicado y sutil del amor filial, una historia verdadera que es asimismo una soberbia ficción por la manera como está escrita y construida, y uno de los más elocuentes alegatos que se hayan escrito en nuestro tiempo y en todos los tiempos contra el terror como instrumento de la acción política.
El libro es desgarrador pero no truculento, porque está escrito con una prosa que nunca se excede en la efusión del sentimiento, precisa, clara, inteligente, culta, que manipula con destreza sin fallas el ánimo del lector, ocultándole ciertos datos, distrayéndolo, a fin de excitar su curiosidad y expectativa, obligándolo de este modo a participar en la tarea creativa, mano a mano con el autor.
Los cráteres del libro son dos muertes -la de la hermana y la del padre-, una por enfermedad y otra por obra del salvajismo político, y en la descripción de ambas hay más silencios que elocuciones, un pudor elegante que curiosamente multiplica la tristeza y el espanto con que vive ambas tragedias el encandilado lector.
Contra lo que podría parecer por lo que llevo dicho El olvido que seremos no es un libro que desmoralice a pesar de la presencia devastadora que tienen en sus páginas el sufrimiento, la nostalgia y la muerte. Por el contrario, como ocurre siempre con las obras de arte logradas, es un libro cuya belleza formal, la calidad de la expresión, la lucidez de las reflexiones, la gracia y finura con que está retratada esa familia tan entrañable y cálida que uno quisiera fuera la suya propia, hacen de él un libro que levanta el ánimo, muestra que aún de las más viles y crueles experiencias, la sensibilidad y la imaginación de un creador generoso e inspirado pueden valerse para defender la vida y mostrar que hay en ella, pese a todo, además de dolor y frustración, también goce, amor, ideales, sentimientos elevados, ternura, piedad, fraternidad y carcajadas.
Los dioses o el azar fueron benevolentes conmigo y organizaron las cosas de manera que en el reciente festival literario del Hay, de Cartagena, y, por supuesto, gracias a la intermediación del ubicuo Juan Cruz, conociera en persona a Héctor Abad Faciolince.
Naturalmente, la persona estaba a la altura de lo que escribía. Era culto, simpático, generoso y conversar con él resultó casi tan entretenido y enriquecedor como leerlo. A los diez minutos de estar charlando con él en el Club de Pesca de Cartagena, bajo una luna llena de carta postal, algunas siluetas de roedores merodeando por el embarcadero y frente a un suculento arroz con coco, supe que sería un buen amigo y compañero para siempre, y que hasta el fin de nuestros días tendríamos en la agenda el tema de Onetti, que a mí me gusta mucho y a él lo aburre. Espero tener tiempo y luces suficientes para persuadirlo de que relea textos como El infierno tan temido o La vida breve y descubra lo cerca que está el mundo de Onetti del suyo, por la autenticidad moral, la maestría técnica que ambos delatan y la impecable radiografía de América Latina que, sin proponérselo, han trazado ambos en sus ficciones.
En las tres horas y media que demora el vuelo de Cartagena a Lima leí el último libro de Héctor Abad Faciolince: Traiciones de la memoria. Son tres historias autobiográficas, acompañadas de fotografías de lugares, objetos y personas que ilustran y completan el relato. La primera, Un poema en el bolsillo, es de lejos la mejor y la más larga, y, en cierta forma, un complemento indispensable a El olvido que seremos. En el bolsillo del padre asesinado en Medellín, el joven Abad Faciolince encontró un poema manuscrito que comienza con el verso: "Ya somos el olvido que seremos". De entrada, le pareció de Borges. Confirmar la exacta identidad de su autor le costó una aventura de varios años, hecha de viajes, encuentros, rastreos bibliográficos, entrevistas, andar y desandar por pistas falsas, peripecia verdaderamente borgeana de erudición y juego, una pesquisa que se diría no vivida sino fantaseada por un escribidor "podrido de literatura", de buen humor, picardía y abundantes alardes de imaginación.
Esta averiguación parece al principio un empeño personal y privado, una manera más para el hijo destrozado por la muerte terrible del padre, de conservar viva y muy próxima su memoria, de testimoniarle su amor. Pero, poco a poco, a medida que la investigación va cotejando opiniones de profesores, críticos, escritores, amigos, y el narrador se encuentra vacilante y aturdido entre las versiones contradictorias, aquella búsqueda saca a la luz temas más permanentes: la identidad de la obra literaria, sobre todo, y la relación que existe, a la hora de juzgar la calidad artística de un texto, entre ésta y el nombre y el prestigio del autor. Respetables académicos y especialistas demuestran desdeñosos que el poema no es más que una burda imitación y, de pronto, una circunstancia inesperada, un súbito intruso, pone patas arriba todas las certezas que se creían alcanzadas, hasta que las pruebas llegan a ser rotundas e inequívocas: el poema es de Borges, en efecto. Pero su valencia literaria ha ido modificándose, elevándose o cayendo en originalidad e importancia, a medida que en la cacería aumentara o disminuyera la posibilidad de que Borges fuera su autor. El texto se lee con fascinación, sobre todo cuando se tiene la sensación de que, aunque todo lo que se cuenta sea cierto, aquello es, o más bien se ha vuelto, gracias a la magia con que está contado, una bella ficción.
Esta historia y las dos otras -la del joven escribidor medio muerto de hambre y tratando de sobrevivir en Turín y el ensayo sobre los "ex futuros"- tuvieron la virtud de hacerme olvidar durante tres horas y media que estaba a 10.000 metros de altura y volando a 800 kilómetros por hora, sobre los Andes y la Amazonía, sensación que siempre me llena de pavor y claustrofobia. Está visto que me pasaré el resto de la vida contrayendo deudas con este escribidor colombiano.

viernes, enero 21, 2011

Luis Jaime Cisneros (1921 - 2011)

Enorme pérdida para las letras y decencia peruanas. Luis Jaime Cisneros dejó de existir ayer.
De todas las referencias que han aparecido sobre su persona, me quedo con una entrevista que le hizo Ybrahim Luna en el 2009. Publicado en La República.

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Veinticinco años para Alberto Fujimori. ¿Cuál es su opinión respecto al veredicto que se dio?
-Vea, Usted. Yo tengo una opinión rara. Tengo una opinión bifronte. Tengo la impresión de que si el juicio ha sido, como se sostiene, ciertamente imparcial, pienso que me debo referir exclusivamente al proceso judicial en sí. Si me voy a referir a los periódicos, yo tendría que reconocer que no ha habido ningún periódico imparcial. Yo he asistido por televisión a muchas sesiones y, confrontadas con la información que al día siguiente ha dado la prensa, no puedo calificar esa información como imparcial. Respecto de los otros problemas, no puedo juzgarlos. He estado preocupado por otras cosas vinculadas con el terrorismo que han sido para mí mucho más importantes que éstas que miran solo al poder. Yo hago una diferencia muy grande en materia de política. A mí no me interesa la política desde la perspectiva del poder. Me interesa desde la perspectiva del gobierno. Por lo menos, eso es lo que nos enseñaron los griegos, eso es lo que yo he aprendido, y eso es, sobre todo, lo que yo he aprendido a defender, aquello en lo que creo. (...)
En ese caso, ¿el poder del gobierno de Fujimori fue el más nefasto?
-Fue nefasto para los peruanos. Fue nefasto porque cegó la visión del porvenir. Un gobierno no puede preocuparse de lo inmediato, si es que descuida que el inmediato es el antecedente inmediato del porvenir.
Hay gente que hace comparaciones entre Fujimori y Velasco...
-Yo creo que hay una diferencia extraordinaria. Yo creo que Velasco Alvarado tuvo la intención de hacer una revolución. Los propósitos de cada uno fueron distintos. Con todo lo poco afecto que yo puedo ser por los gobiernos militares tengo que reconocer que la intención del gobierno de Velasco, aparte de todo lo que hay de censura en su ascensión violenta al poder, está relacionada con un propósito de cambio fundamental, y en ese sentido también hay que reconocer que la revolución de Velasco se torció, tuvo una serie de vaivenes. Yo tengo que reconocer que una de las reformas más importantes que se promulgaron en esa época fue la reforma del sistema educativo, que duró muy poco porque la ideologizaron, la partidizaron y todo se fue al cacho. Pero no creo que se puedan comparar. Después de todo hay que tener en cuenta que Fujimori asume el poder como fruto de una elección y resulta traicionando a sus electores. No veo que ninguna comparación pueda favorecerlo a Fujimori.
Si el gobierno de Velasco se inició como un movimiento de izquierda, el de Fujimori ¿cómo se puede catalogar?
-No. Allí no creo que quepa pensar en ninguna ideología. No. Eso fue un malabarismo político.
La educación tiene solución
Cambiando de tema ¿La crisis de la educación peruana pasa por un tema de presupuesto?
-No. No. El tema del presupuesto es un tema que afecta ciertamente a la educación en la misma guía que afecta a la salud, en que afecta a una serie de aspectos de la vida nacional. La educación está en crisis, no solamente acá en el Perú, no solamente en América, en muchos países. En muchos países la vocación magisterial está en crisis. Aquí está en crisis porque el sistema de política educativa está en crisis. Vea, Usted, hemos tenido grandes Ministros de Educación, (...) me refiero a los más resaltantes. Cada vez que un Ministro de Educación ha puesto en relieve que él es conciente que se necesita un cambio en la política educativa ha fracasado. Ha fracasado ¿por qué? Porque un cambio en la política educativa supone quince años de trabajo. Ningún Ministro dura más de cinco.
¿Cuál fue el pecado de la congresista Hilaria Supa (cuestionada en el 2009 por su ortografía)?
-No. Yo creo que el pecado no ha sido de ella. Si no ha sido de quienes no reconocen todavía que somos un país pluricultural y plurilingüe. Y creen, con una suficiencia - que no tuvieron los españoles en el siglo XVI – que solamente la lengua española tiene vigencia.
Pero... ¿sigue siendo casi un pecado ser quechuahablante en este país?
-En este país todavía somos racistas, mi querido amigo. Hay varias maneras de serlo. Una, en que uno lo proclama abiertamente; y otra, que reduce a palabras su supuesta tolerancia, pero la va desconfirmando con sus actos.
¿Esto lo podemos catalogar como racismo?
-Sí. Sí.
Combatir el racismo es cuestión de educación, básicamente. ¿Escuela y familia?
-Si la escuela lo logra, la familia se contagia. Esto es fundamental.
Es el único contagio que deberíamos tener en este momento...
-Sí. Ése no necesita mascarilla.
Hablando de educación... ¿El Dr. Jaime Cisneros sigue practicando las máximas diarias de leer y escribir? ¿Cuántos años tiene?
-Voy a cumplir ochenta y nueve... (2009)
¿A los ochenta y nueve años sigue escribiendo y leyendo todos los días?
-Si todavía estoy vivo (Risas).
¿Algún trabajo pendiente?
-Estoy preparando tres libros. Estoy preparando. Estoy trabajando. No sé si aparecerán este año o más tarde. Un libro sobre psicopatología de lingüística, un libro sobre lengua y estilo, un libro sobre entonación, y un pequeño libro sobre Borges. Esas son las cuatro cosas que tengo en camino, y no tengo veinte años, de manera que tengo que apurarme.
El Quijote peruano
¿Le disgusta la comparación que hacen de Usted con el Quijote?
-Si es por la lectura, será porque leo día y noche; pero todavía no he encontrado mi Rocinante para montarme y predicar. No conozco, pero tampoco me disgusta. Una de mis primeras lecturas.
Usted escribió sobre el papel de los intelectuales y su actitud...¿Siguen los intelectuales recluyéndose en sus escritorios?
-Sí. Lo que he opinado es que son pocos los intelectuales que expresan ideas políticas, porque es lo que pasa con muchos países de América. La gente cree que para tener ideas políticas hay que tener ideas electorales y que tienen que estar relacionadas con un partido, lo que es una aberración. Si yo soy intelectual, soy una persona que se mueve en el mundo, tengo una obligación y es intervenir. No voy a hablar sobre economía porque no soy economista, pero sí creo que estoy obligado a intervenir y en cuestiones que se relacionen con educación, (...) el asunto del lenguaje, en asuntos de ética, asuntos de honradez o de corrupción, que son cosas que miran al hombre. Un intelectual que no se preocupa por hechos que afectan a la condición humana no es un intelectual cabal, pues. Solo es intelectual porque escribe y lee. Ocurre que hay que preocuparse por cosas que a uno le corresponden.
¿Cómo ve el papel de la prensa actual, respecto al retrato de la realidad peruana?
-Vea, Usted. A pesar de que yo pueda estar en desacuerdo con algunos aspectos de la prensa, creo que no me debo quejar totalmente de la prensa nuestra, porque hay un aspecto de la prensa que en los últimos quince años, que es el que corresponde a la prensa de investigación, ha servido para defender al país, hasta ha servido para vigilar el proceso democrático. Que hay periódicos que puedan ser calificados con cinco en vez de once, sí pues, eso pasa en todas partes del mundo. Creo que los aciertos en que viene incurriendo la prensa son más que los defectos, y para mí sería de mal gusto esmerarme en los defectos.
¿Este país tiene solución?
-Sí. Tiene solución, por una razón que para mí es fundamental, cada vez hay más gente joven. Y la gente joven, las nuevas generaciones tienen asco por la mentira. Eso es fundamental. Tienen asco por la mentira, y tienen fe en el porvenir y a salir adelante a pesar de los otros.
¿El humor es un salvavidas? A usted lo veo con mucho humor.
-Bueno el humor es la mejor vitamina. Mejor que la vitamina C.
Dr. Jaime Cisneros, ¿Usted le tiene miedo a la muerte?
-No. No le tengo miedo. Si no le tengo miedo a la vida, por qué le voy a tener miedo a la muerte.

CHRONIC CITY

Como ya lo sabrán, decidí administrar un blog minutos después de leer la novela LA FORTALEZA DE LA SOLEDAD de Jonathan Lethem.
He leído casi todos los libros de Lethem, por eso, estaré a la expectativa de la llegada a Lima de su última novela, CHRONIC CITY. Dicen que es lo mejor que ha escrito.

...

Chase Insteadman, un apuesto e inofensivo producto de la escena social de Manhattan lleva una vida ociosa gracias a las rentas que recibe de su breve carrera como actor infantil. Además, últimamente ha vuelto a la vida pública por una tragedia que los medios no se cansan de cubrir: su amor de la adolescencia y prometida, Janice Trumbull, está atrapada en la Estación Espacial Internacional, desde donde le envía arrebatadas cartas de amor. La vida de Chase cambia radicalmente cuando conoce a Perkus Tooth, un ermitaño virtual y enigmático que es adorado en los círculos más modernos por su arte callejero de vanguardia y sus caústicos comentarios. Su labia incendiaria y su voraz paranoia arrastran a Chase a un Manhattan completamente diferente, un Manhattan distópico y sesgado en el que la verdad es a gusto del consumidor.
Un árbol de marihuana ancestral y poderoso llamado Chronic, una espesa niebla gris que cubre Manhattan y un tigre mecánico que tiene aterrorizados a los habitantes de Nueva York son otros de los personajes de la nueva novela de Jonathan Lethem.
«La obra más ambiciosa de Jonathan Lethem hasta la fecha.» Kirkus Review
«Me recuerda a la archiconocida sentencia de Kafka: "Un libro tiene que ser el hacha con la que rompamos el mar helado que llevamos dentro." El libro de Lethem, cargado de una furia increíble, aspira a eso. Su mejor novela. » David Shields
«Un placer de la primera página a la última. » Gary Shteyngart

1
Conocí a Perkus Tooth en una oficina. No en una oficina donde él trabajara, aunque entonces yo estuviera equivocado al respecto. (Una situación nada insólita en mí.)
Fue en las oficinas centrales de Criterion Collection, en la calle Cincuenta y dos con la Tercera Avenida, una tarde entre semana a finales de verano. Yo había ido a grabar una serie de voces en off para una de las lujosas reediciones en DVD de Criterion, un film noir «perdido» de los años cincuenta titulado La ciudad es un laberinto. Mi papel consistía en interpretar la voz del director de dicha película, el difunto realizador emigrado Von Tropen Zollner. Leería varias declaraciones seleccionadas de las entrevistas y artículos de Zollner como parte del documental complementario que estaban preparando los genios conservadores de Criterion, una pareja a la que había conocido en una cena. Al involucrarme en el proyecto me habían suministrado una muestra de los materiales de investigación, que yo había revisado muy por encima, así como una versión provisional de su reconstrucción de la película para que dedujera a qué venía tanto entusiasmo. Era la primera vez que oía hablar de Zollner, de modo que no se trataba de un encargo que acometiera con pasión. Pero el entusiasmo de los cinéfilos es contagioso y la película me gustó. Yo ya no me consideraba un actor en activo. Ahora solo hacía cosas así, aprovecharme de los ecos de mi antigua y menguante fama en la gris mediana edad de un niño prodigio. Un favor excéntrico, en realidad. Y sentía curiosidad por conocer los entresijos del tinglado de Criterion. Era la primera semana de septiembre: el ambiente de vuelta al cole de la ciudad siempre me inspiraba a ocupar en algo mis ociosas manos. En esa época, con Janice lejos, vivía demasiado en la superficie de las cosas, fiestas, cotilleos, citas en las que era el alcahuete o el amigo del amigo. Los lugares de trabajo me fascinaban, las zonas donde el barniz de Manhattan dejaba paso al mundo práctico.
Grabé las palabras de Zollner en una sala insonorizada del ala técnica de las atestadas y desastradas oficinas de Criterion. En la habitación de enfrente de la sala, desde donde el técnico de sonido me daba pie a través de unos auriculares, había también un restaurador con la vista clavada en una pantalla que iba moviendo un cursor con el ratón, borrando diligentemente arañazos y manchas, un fotograma digital tras otro, de los cuerpos desnudos de unos hippies retozando en el barro. Me dijeron que estaba restaurando Soy curioso (Amarillo). Después pasó a recogerme la productora que me había contratado, Susan Eldred. Había conocido a Susan y su colega en una cena, eran gente amigable y abierta, apasionada por las minucias cinematográficas, que me despertaron un afecto instantáneo. Susan me condujo a su despacho, una caverna con un mísero ventanuco y estanterías repletas de cintas de VHS: más películas suplicando el rescate de Criterion. Por lo visto, compartía el despacho. No con el colega de la fiesta, sino con otra persona. Se sentó debajo de las cargadas estanterías libreta en mano, con la mirada perdida. El despacho parecía demasiado pequeño para compartirlo. El glamour de la marca Criterion no casaba con las escenas de ahorro e improvisación que había atisbado entre bambalinas, pero ¿por qué tendría que hacerlo? En cuanto Susan me presentó a Perkus Tooth y me pidió que firmara un formulario, tuvo que salir a atender alguna consulta.

jueves, enero 20, 2011

Entre el cielo y ningún lugar

Sin dudar, yo le daría el Nobel de Literatura 2011 a John Ashbery. Y bien merecido.
Para todo amante de la buena poesía, es toda una celebración la aparición de un nuevo libro suyo, así demore meses de meses en llegar a las librerías de Lima.
EL JURAMENTO DE LA PISTA DE FRONTÓN apareció en 1962 y se publicó en España a fines del año pasado, por cuenta de la editorial Calambur. Sobre el libro escribe Antonio Ortega, Entre el cielo y ningún lugar.
Publicado en la última edición de Babelia.

...

La capacidad de John Ashbery (Rochester, 1927) para mantenerse un paso por delante durante más de medio siglo es impresionante. Como un Proteo contemporáneo, tiene una inagotable capacidad para reinventarse. Parafrasear sus poemas, identificar su sujeto, sus temas, establecer su entorno, es tarea ociosa: el poema existe por sí mismo, inimitable, dueño de su ser y su expresión. Una escritura tan metamórfica que los cambios de tono y de registro verbal hacen que los versos acaben en lugares diferentes a los de partida. Sorprenden sus prestidigitaciones de sintaxis y dicción; su oído para detectar las construcciones del lenguaje coloquial que distorsiona el significado; su ironía, la frescura sutil de sus poemas. Solo "corriendo bajo los aros de / ecuaciones probables", es posible mostrar la inestabilidad e interdependencia de la identidad en la sociedad posmoderna, definir cómo pensamos y quiénes somos. Tratar de atar los meandros de su escritura acaba siendo un esfuerzo restrictivo.
El juramento de la pista de frontón, aparecido en 1962, muestra un mundo distinto al de Algunos árboles, su primer libro. Son poemas abstractos, fragmentarios y disyuntivos, muchos fruto del collage. El significado y la sintaxis expuestos a "condiciones extremas". Una ruptura poética revolucionaria: "No fuiste elegido presidente y sin embargo ganaste la carrera". Un libro clave, aquí están las bases de un nuevo lenguaje poético, indicativo del curso que luego tomará su obra. De difícil lectura e interpretación, su fecundidad crece con los años, sugiriendo nuevas lecturas, demostrando su naturaleza de texto canónico. Un libro de experimentación, pleno de meditaciones sobre la realidad diaria, lejos de lo establecido. Su profundidad nace de la superficie del vacío, de sonoridades abstractas, de la mezcla impura de dicción lírica y coloquial. Poemas nada figurativos que, como en los cuadros del expresionismo abstracto, semejan superficies con múltiples focos y desplazamientos. "Las palabras gotean de la herida", movidas por la inmediatez del acto creador. 'Saliendo de la estación de Atocha' ejemplifica esta disposición de palabras y silencios, la frescura del instante de la experiencia. Lo que allí tiene lugar podría haber pasado en cualquier otro sitio, como en 'Europa', donde nada es concreto y definitivo: el poema es una "bola de construcción", "un barrido continuo de la superficie". Es el ensamblaje y la borradura de la pincelada verbal: "soy como alambre / cuando el lienzo debe extenderse / hacia nueva basura". Consecuencia del extravío de la existencia, el lugar del poema podría ser tanto un espacio interior como exterior, el resultado de un equilibrio precario y fugaz: "hasta que la verdad pueda ser explicada / Nada puede existir".
Estamos 'En el campo de juego de la vida', evasiva y múltiple. Un rompecabezas sin las piezas necesarias para alcanzar la imagen y el instante precisos. El poema es su proceso de construcción. Así 'Idaho', el poema que cerrando el libro semeja "pequeñas manufacturas", la suma de lo que allí está y de lo que no está. Al lector le cumple la pregunta sobre su significado, leer "para arreglar / para sentir / el tallo del aire". Acaso llegar a saber que 'Un silbido sonó estridente'. Un laboratorio poético que Julio Mas ha traducido con esmerada brillantez, ofreciendo una inteligente introducción que, junto con las notas, una entrevista al propio Ashbery y la excelente lectura epilogal de Jordi Doce, ofician de inmejorable guía de lectura. Una edición magistral para un libro que, "en algún sitio entre el cielo y ningún lugar", sigue siendo ferozmente asombroso.